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Shylock está globalizado

Espectáculos

"Shylock" ("El mercader de Venecia"), de Shakespeare, en adaptación de Robert Sturua y Patricia Zangaro. Intérpretes: Roberto Carnaghi, Horacio Peña, Carlos Kaspar, Néstor Sánchez, Alejo García Pintos, Horacio Roca, Juan Palomino, Ingrid Pelicori, Rita Terranova, Zuny Lemos, David Masik, Tony Lestingi, Ignacio Rodríguez de Anca, Rocco De Grazia, Fernando Migueles, Claudio Da Passano, Jean-Pierre Reguerraz, Marifé Perales, Ana Yovino, Tony Lestingi y Elsa Berenguer. Música: Giya Kancheli. Iluminación: Robert Sturua y Georgi Alexi Meskhishvili. Escenografía y vestuario: Georgi Meskhishvili. Dirección: Robert Sturua. Duración: 150 minutos. En el Teatro San Martín.
Nuestra opinión: muy bueno.

Pobre Shylock, confiar en que la Justicia iba a responder satisfactoriamente a su demanda. Dentro de la sociedad veneciana padece su condición de judío y usurero y, por este motivo, en su reclamo judicial la balanza se va a inclinar en su contra, sin considerar que es una víctima del prejuicio.

Aunque esta pieza de Shakespeare es considerada antisemita, es válido destacar que no se trata de exponer los prejuicios raciales del autor inglés, sino de señalar una realidad que también subyacía en la época isabelina: la persecución de los judíos.

Hábil fue la mano del dramaturgo al fijar como antagonista de Shylock a Antonio, un gentilhombre veneciano y cristiano, dueño de una empresa naviera.

En estos personajes Shakespeare no ahorra pudor al delinear al judío con un trazo grueso, ahorrando tinta en el caso del gentil Antonio. El enfrentamiento, más que por diferencias religiosas, apunta a un objetivo espurio: Shylock es un usurero y Antonio, que lo desprecia por esta condición, presta su dinero sin interés. Este es el primer enfrentamiento.

Pero la trama lleva a una situación donde, si bien se exalta la condición judía de Shylock, también se expone la hipocresía y la necesidad de cubrir las apariencias de una aristocracia que se entretiene en gastar más de lo que tiene, pero necesita disimularlo.

Bassanio pretende a Porcia, una rica heredera, y para conquistarla necesita un dinero que ya ha dilapidado. Recurre a su amigo Antonio, quien, a su vez, tiene todo su capital invertido en una carga marítima. Pero, para cumplir con esta amistad y haciendo a un costado el desprecio, y los aparentes principios, que siente por el judío, no tiene empacho en pedirle un préstamo.

Esta es la oportunidad que encuentra Shylock para vengarse de tanta afrenta e insultos de la aristocracia veneciana. Digamos que es casi un resarcimiento histórico que no se llega a concretar. Después de todo, las leyes de los Estados modernos fueron y son dictadas por gentiles.

En busca de la actualidad

Seguramente, lejos estaba Shakespeare de imaginar que el georgiano Robert Sturua iba a tomar su texto para referirse a la situación mundial actual. En realidad, el director pretende hablar, con un matiz de denuncia, de la intolerancia, de los odios, de las luchas racistas, de las maniobras de la Justicia (no en vano Porcia es un juez "trucho"), de los enfrentamientos por el poder que en estos momentos están ensangrentando los campos de la Europa oriental y otros.

Desde su condición de georgiano, es testigo de estas luchas intestinas y fratricidas que encuentran un elocuente referente en "El mercader de Venecia".

Y vuelca esta mirada contemporánea en una puesta que cuenta con el recurso espacial de unificar en el gran escenario de la Martín Coronado todos los ámbitos que exige la pieza.

No son reproducciones históricas sino que sale a relucir toda la moderna tecnología: computadoras, televisores,impresoras, al servicio de Shylock, marco más que adecuado para señalar la actualidad. Con estos apuntes ya está indicada la época que luego se ve refrendada por la modificación de características exteriores de los personajes secundarios. Sirvan como ilustración los pretendientes de Porcia que ya no son venecianos sino árabes y militares en busca de la tan preciada herencia. La mirada cinematográfica del realizador georgiano se vuelca en la escenografía de fondo, articulada con varias arcadas que establecen distintos niveles de profundidad.

El espacio adquiere dimensiones monumentalistas, a las que se suman los símbolos, sorprendentes y disparadores, como son las grandes figuras que representan animales vacunos y porcinos de oro, quizá con reminiscencias bíblicas o como apuntes económicos.

El vestuario también mantiene un diseño contemporáneo y se produce un interesante contraste entre estos personajes que se ven cotidianos con una estructura lingüística que mantiene el lenguaje shakespeariano. Porque queda expuesto que se trata del texto original, probablemente desbrozado en algunas de sus partes.

No es lo único que se permite Sturua, también hay una interpolación de secuencias que permite, por ejemplo, que algunos personajes ajenos a la acción sean espectadores del juego de Porcia, de la misma manera que otros de diferentes instancias alternen simultáneamente en una escena. Demuestra una vez más la convencionalidad del teatro, recurso que se extiende a la música, que se presenta en distintos géneros.

El punto de sostén se encuentra en la interpretación, donde sobresale el protagonismo de Roberto Carnaghi, sólido y mesurado en su Shylock; Claudio Da Passano, que desde el criado Lanzarote compone un excelente bufón, que con su constante presencia en escena sugiere el matiz irónico de la mirada del director. También se luce Jean Pierre Reguerraz al recrear acertadamente tres personajes; Horacio Roca, con un Bassanio enriquecido por matices, algo que Horacio Peña, con una composición demasiado insistente en lo melancólico, no sabe explotar en Antonio.

Del resto del elenco, si bien no hay grandes lucimientos, mantiene la homgeneidad de correcto desempeño. .

Susana Freire
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