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Mecanismos de relojería

Con el título de Espejo retrovisor, Juan Villoro reunió en una amplia antología los cuentos y crónicas, algunos ya publicados y varios inéditos, que considera más personales

Viernes 19 de julio de 2013
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PARA LA NACION
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En el breve prólogo a su Nueva antología personal publicada en 1967, próximo a cumplir setenta años, Jorge Luis Borges afirmaba: "Nadie puede compilar una antología que sea mucho más que un museo de sus ‘simpatías y diferencias’". E incluía dos textos que, si bien le disgustaban, sabía que el lector esperaba. En 1983, diez meses antes de morir, Julio Cortázar seleccionó veinticinco relatos para que fueran publicados en Cuba por Casa de las Américas. Su criterio fue elegir los cuentos que no habían sido incluidos en la edición antologada por Antón Arrufat en 1964 y reeditada en1969, y por supuesto, escoger los que él consideraba mejores, aunque no explicitara sus razones. Su intención, con toda seguridad, era ceder los derechos al pueblo cubano. Operación comercial, autocelebración o gesto político, lo cierto es que la propuesta de organizar una antología personal entraña en el escritor una lucha íntima para que el libro sea algo más que un "museo" de sus preferencias.

Juan Villoro, a los cincuenta y siete y con una obra consolidada aunque todavía en continuo proceso productivo –que abarca géneros tan diversos como la novela, el cuento, el ensayo, el diario de viajes, la crónica, el artículo periodístico y literatura infantil–, reúne en Espejo retrovisor algunos de sus cuentos y crónicas escritos a lo largo de treinta años. A diferencia de sus maestros Cortázar y Borges, su criterio selectivo no se asienta en la idea de la simpatía, del superlativo o del gusto del público. No son los "mejores" textos sino los más próximos a su memoria, "los que, por razones insondables, y acaso solo válidas para estos días, regresan a mi mente con mayor intensidad". Los cuentos están ordenados en sentido inverso al que se sigue habitualmente: primero los más recientes –incluidos dos relatos inéditos en libros–, luego los más antiguos. Así sugieren la idea de "que toda lógica es retrospectiva". Las crónicas, sin embargo, siguen un orden aleatorio y también agregan dos textos nuevos: "Mi padre, el cartaginés", que aborda la relación que el filósofo Luis Villoro ha tenido con el indigenismo y con Chiapas; y "Arenas de Japón", para otro de crónicas misceláneas.

La intensidad de la prosa de Villoro conmueve. Su escritura es vehemente, verborrágica. En sus cuentos, los hechos se suceden a lo largo de un tiempo extendido que abarca años, y van convocando innumerables circunstancias cuya causalidad es, en principio, aditiva. Como una conversación, se diría, aunque la estructura responde a un perfecto mecanismo de relojería. Los relatos son pequeños mundos que refieren muchas cosas a la vez.

En la introducción, el escritor mexicano afirma: "Uno espera que todo lo que ha escrito sea relevante". Este deseo resulta ilustrativo para pensar sus textos en general. Hay un efecto de saturación que parece provenir de esa necesidad de que todo lo escrito sea relevante, que todo adquiera la misma importancia. Nada pretende ser secundario. Es tan significativo el detalle como el núcleo, la acción y su comentario.

""La intensidad de la prosa de Villoro conmueve. Su escritura es vehemente, verborrágica""

Los protagonistas de Villoro suelen ser perdedores que atesoran dudas y rencores, y cargan con una culpa que se vuelve vital a lo largo del tiempo. Siempre hay un hecho que precipita o propicia la anagnórisis, a partir de lo cual cambia la vida irremediablemente, para mal o para bien. En el cuento "Confianza", acceder al deseo urgente en una cita casual e inusual puede derivar en una catástrofe: es lo siniestro que irrumpe en lo cotidiano. El boxeador de "Campeón ligero" vive con la convicción de que ha cometido un crimen y por eso elige una actividad que lo libera de esa mochila recibiendo golpes. "Corrección" narra la tensa y desigual relación de dos viejos compañeros de un taller literario: un escritor siempre futuro y otro consagrado que deviene un singular corrector de estilo. En "Los culpables", con la escenografía de los dos lados de la frontera entre México y Estados Unidos como otra protagonista, dos hermanos convencidos de que sin culpa no hay historia escriben un guión cinematográfico que es el pretexto para una confesión. En "Forward » Kioto", con escenas salidas de la obra fotográfica de Graciela Iturbide, se narra la progresión de una relación amorosa junto al reconocimiento de los lazos que unen al protagonista con un amigo de toda la vida. En "Coyote", un joven de la ciudad se pierde en el desierto en busca de peyote. En el desopilante "Mariachi", un mariachi psicoanalizado, a quien todo parece ocurrirle a su pesar, harto de su éxito, se vuelve artista porno sin dejar de ser héroe nacional. "Pegaso de neón" y "Espejo retrovisor" hablan de amores pasados que intentan recuperarse, a medias, de un modo inesperado y sorprendente.

En los textos reunidos bajo la categoría de "crónicas" hay, también, reportajes, reseñas y ensayos. El elemento autobiográfico es central y ordenador. Villoro escribe a partir de una experiencia personal que a veces se vuelve un efectivo simulacro discursivo. Importan su voz y su mirada, que intentan evidenciar un mundo bastante conflictivo, por momentos delirante, como transmite "Rushdie en Tequila". El conjunto exhibe sus temas recurrentes: "Chiapas, el padre, el fútbol, el rock, los viajes, el contexto en que se lee a otros, lo que hacen los escritores cuando no escriben". Una entrevista a Mick Jagger, una reseña sobre el diario de Andy Warhol, la experiencia del terremoto de 2010 en Chile o de una reunión en la selva zapatista son algunos de los hitos que estos escritos excepcionales abordan con una vasta erudición, agilidad y una gran cuota de humor.

Espejo retrovisorJuan VilloroSeix Barral312 páginas$ 186

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