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Tres palabras que las campañas omiten

Opinión

No hay peor momento que las campañas electorales para hablar de consensos o pactos de gobernabilidad. Los acuerdos entre distintas fuerzas suelen trazarse después de las elecciones o en situaciones de empate institucional. En consecuencia nos enfrentamos, en la Argentina, a una campaña exasperada, desde las primarias de agosto hasta las legislativas de octubre. Golpes bajos, descalificaciones, groserías en las redes sociales. Y lobos con piel de cordero a montones.

En medio de este escenario descalabrado, nos permitimos imaginar, a pesar de todo, como simples ciudadanos cansados de tanta negatividad, y sin ocultar nuestro lugar de (moderados) opositores, una utópica concertación o compromiso de los que piensen distinto, pero que sepan encontrar algunos pocos, poquísimos puntos en los que piensen igual, o casi igual. Y esa esperanza contra toda esperanza se condensa en tres palabras: ley, tiempo, excelencia.

Convengamos que, en materia de ley, nadie puede tirar la primera piedra. Se la ha infringido con generosidad, y muy pocos se han arrepentido de hacerlo. También el ciudadano de a pie, a falta de modelos virtuosos y confiables, ha colaborado con esta fractura.

El compromiso con la ley es sencillo en la forma y arduo en su cumplimiento. Soñamos no más con que nuestros dirigentes estrechen la mano de los adversarios y admitan que la Constitución es intocable (salvo la obtención de las mayorías parlamentarias suficientes para reformarla), que nos hemos ganado el derecho a vivir en una república que tiene división de poderes, que las legítimas conquistas sociales y la preservación de los derechos humanos no pueden retacearse, y que los impuestos deben pagarse y no ser evadidos.

También forma parte del respeto a la ley la lucha implacable e intransigente contra la corrupción, porque esta última, además de merecer la más enérgica condena moral, envilece cualquier política económica y termina multiplicando el número de pobres. Y por último, porque la ley ofrece muchas aristas, debería manifestarse la voluntad de acatarla, de inclinarse ante ella en nuestro micromundo, en la vida cotidiana, porque esa conducta mejora la convivencia, mantiene limpias las ciudades y los campos, e impide que las enseñanzas de nuestros padres sean letra muerta. Juramentarnos a favor de la ley no garantiza nada, pero hace un poco menos tóxico el aire que respiramos.

La segunda palabra que surge en este cándido requerimiento a nuestros dirigentes es: tiempo. Quizá resulte más comprensible si la completamos con términos como "continuidad" y "largo plazo". No se puede vivir en una constante refundación, en una dimensión atemporal que abomina del pasado y malversa el futuro.

Claro que el progreso exige sacrificios. Baste con señalar los típicos ejemplos de la segunda posguerra, encarnados por Alemania y Japón, y la colaboración de sus respectivas clases políticas. Y en nuestro continente, de inestable historia, se suele mencionar al Palacio Itamaraty, la cancillería brasileña, como un modelo de continuidad de la política exterior, fuese en gobiernos civiles o militares.

¿Por qué no imaginar a nuestros dirigentes suscribiendo compromisos de mediano y largo plazo acerca de obras de infraestructura que requieren la tarea útil de más de una generación, de emprendimientos de alto valor estratégico relativos, por ejemplo, al petróleo, a la energía, al transporte o a la protección de los recursos naturales y el medio ambiente? De tal forma, la promesa común repartiría los costos políticos entre ocasionales oficialistas y opositores, y el esfuerzo exigido a la población tendría sentido.

Respetar la ley. Trabajar con el tiempo, la continuidad y los largos plazos. Y queda la palabra "excelencia", una palabra que deberíamos pronunciar con unción, no en su acepción de vetusto tratamiento honorífico, sino como referencia permanente a los mejores logros argentinos en vidas solidarias, en creación artística, en trabajo científico. La excelencia no puede ser privilegio de pocos. Desde el Estado y la sociedad civil debemos fortalecer todos los ámbitos que la construyan, y en especial el sistema educativo.

Hablar de excelencia no es olvidarse de las necesidades primarias, sino admitir que los seres humanos requerimos asimismo "otra cosa". Expresemos orgullo por ser la patria del papa Francisco, de Máxima, de René Favaloro, de César Pelli, de Adolfo Pérez Esquivel, y también, por qué no, de deportistas como Messi, Ginóbili y las Leonas. Algo deberíamos revisar si escritores como Borges, Cortázar, Puig y Saer han elegido morir fuera del país. No olvidemos a escritoras que siguen trabajando aquí: Hebe Uhart, Angélica Gorodischer, Liliana Heker, y otras. Como viejo melómano agregaré a Ginastera, a Guastavino, a Piazzolla, a Troilo, a Atahualpa, a Martha Argerich, y a más jóvenes como Karin Lechner y Sergio Tiempo con sus pianos, y Sol Gabetta con su violonchelo.

Mucho cuidado: la excelencia no tiene color político, no depende del sumiso apoyo a tal o cual gobernante, no puede ser borrada por la mediocridad o el prejuicio. Aparte de fomentarla desde la escuela, tratemos de que no sea ninguneada por los medios, en especial los audiovisuales, tan apegados a la estupidez y las trifulcas del mundo del espectáculo. Transformemos a nuestras grandes novelas, a nuestras pequeñas epopeyas y mitos políticos, a nuestros próceres y padres fundadores en ficción televisiva de calidad, fuente de información y placer estético para todos los que la consuman.

Volvamos a la dura realidad. Mientras se monta la escenografía del proceso electoral, la convivencia naufraga entre aprietes a la Justicia, acusaciones cruzadas y la más absoluta incapacidad para darse la mano y dialogar sin recelos. El Gobierno es el principal responsable, aunque la oposición tampoco ha sido creativa en este campo. Mantengamos, de todos modos, la ingenua esperanza de que las elecciones que se avecinan no nos dividan aún más, sino que puedan iniciar, tambaleantes y todo, el camino del consenso. Con el Gobierno, si fuera posible, o por lo menos entre las fuerzas opositoras.

© LA NACION.

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