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Entre la genialidad y la estupidez

Opinión

Con ciertos cineastas nunca se sabe: sus películas rozan la perfección estética, imponen nuevas maneras de ver el mundo, o lo revisten de un sentido hasta entonces insospechado. Hay en ellas un gasto y un exceso, un aporte, la revelación de una mirada y la aparición de un entendimiento que modifica la vida de cada uno de los espectadores, e incluso a veces la historia del cine mismo. Pero después, y por eso nunca se sabe, uno los escucha hablar, o los lee en entrevistas y libros, y se pregunta cómo tanto talento puede venir adosado a tanta estupidez. No es que sus palabras resulten banales, es peor: desnudan un vacío donde uno suponía una inteligencia superior. Pasa, por ejemplo, con David Lynch. Años atrás una amiga, entonces casada con un filósofo muy conocido, cenó en su casa de Los Ángeles y refería la experiencia como una verdadera decepción. No le creí del todo hasta que se publicó Atrapa el pez dorado, un libro repleto de lugares comunes en el que Lynch habla de la importancia de la meditación trascendental y cómo esta práctica le fue de gran ayuda para hacer sus películas. "Los peces pequeños nadan en la superficie, pero los grandes se esconden mucho más abajo. Si logras expandir el contenedor en el que pescas -tu conciencia-, puedes pescar peces mayores", escribe. ¿Cómo puede alguien filmar películas como Terciopelo azul o Mulholland Drive, o series como Twin Peaks, y después publicar un libro así? Tiempo después leí un texto (tal vez una de las mejores aproximaciones al cine de Lynch jamás escritas, "David Lynch conserva la cabeza") en el que David Foster Wallace sentía algo similar, mientras cubría la filmación de Carretera perdida: "No es de extrañar que la reputación crítica de Lynch en la última década haya parecido un electrocardiograma: a veces es difícil saber si el director es un genio o un idiota".

Cómo tanto talento puede venir adosado a tanta estupidez

Pasa lo mismo con Quentin Tarantino, uno de los directores más influyentes y talentosos de las últimas décadas. ¿Lo escucharon hablar alguna vez? Es una especie de nerd atacado por un acceso de gesticulación, que habla una media lengua entre atropellado y tartamudo. Todo lo contrario a la fluidez y la naturalidad con que sus personajes despliegan esos diálogos que son una de sus marcas registradas. ¿Y Werner Herzog? Lo que nos hace dudar, en el caso del cineasta alemán, está dentro y fuera de sus películas. El director de Fitzcarraldo, Aguirre, la ira de Dios, Grizzly Man, El diamante blanco o Encuentros en el fin del mundo es un amante de las sentencias categóricas, tanto en conferencias públicas como en los guiones de sus ficciones y documentales. No es extraño que interrumpa el relato de sus filmes con súbitas apariciones de su voz en off, balbuceando un inglés de fuerte acento germánico, o que decida aparecer en cámara, conversando o incluso desafiando a los personajes de sus documentales. Y esas intromisiones no mejoran, casi siempre empobrecen el relato. ¿Qué o quién es Herzog, ese tipo criado en las montañas, amigo de Bruce Chatwin, enemigo íntimo de Klaus Kinski y mentor de Fassbinder, cuya vida está plagada de historias entre alucinadas y heroicas? ¿Puede ser tan ingenuo y petulante alguien que en 1974 unió las ciudades de Munich y París a pie solo para cumplir una promesa, y escribió libros tan impactantes como Por el camino del hielo o La conquista de lo inútil, uno de los favoritos de Peter Handke?

Con Herzog existe al menos una diferencia, y es que puede ser un gran entrevistado. Sirva como ejemplo un volumen que acaba de publicar en la Argentina El Cuenco de Plata y se llama Manual de supervivencia, en donde se reúnen dos ensayos sobre su obra y su personalidad y una larga entrevista con Hervé Aubron y Emmanuel Burdeau, datada en 2008. En estas páginas figuran una vez más las anécdotas inverosímiles de un hombre que parece haber vivido cien vidas (incluso cómo salvó de la muerte a Joaquin Phoenix y cómo fue baleado en vivo, mientras lo filmaban para una entrevista con la BBC) y las declaraciones rimbombantes y excesivas de siempre, que por momentos lo hacen parecer una caricatura de sí mismo: "Leo el corazón humano. Es lo que trataba de decirles. Es una parte importante de mi profesión. A leer el corazón humano no se aprende, sólo la experiencia lo puede enseñar. Hablo de experiencias muy elementales. ¿Qué significa estar preso? ¿Qué es tener hambre? ¿Qué es criar hijos? ¿Qué es la soledad en el desierto? ¿Qué significa estar enfrentado a un verdadero peligro? Experiencias básicas, lo más elemental que existe. Pero la mayoría de nosotros ignora esas experiencias".

Esas intromisiones no mejoran, casi siempre empobrecen el relato

Pero en Manual de supervivencia también aparece el Herzog que razona y habla desde un lugar pasional e intuitivo, y logra dar con verdades estéticas contundentes. Por ejemplo, cuando le preguntan por el estilo, y él responde: "El estilo no se fija en un rictus. Me burlo del estilo. La sustancia de mis filmes está en otra parte. Pero no hay que malinterpretar mis palabras: si nunca me preocupé por el estilo es porque el estilo, inevitablemente, se impone a través de mí. El estilo encuentra su camino sin que yo tenga que preocuparme por eso". O cuando lo interrogan sobre una definición a la que vuelve cada tanto, la de "verdad extática". Dice Herzog: "Detrás de las imágenes, detrás de la visión, detrás de la historia, detrás de la gramática de la narración y la gramática de la imagen, hay algo cuya experiencia el cine puede ofrecer en muy raras ocasiones, se toca entonces una verdad más profunda. No pasa muy a menudo, pasa en poesía. Aun cuando me haya alejado de él con los años, al leer a Rimbaud se siente instantáneamente que hemos rozado algo extático. Tocamos una verdad que está detrás de las cosas. Algo que no necesitamos analizar. Lo sabemos de inmediato. Y uno se siente inmediatamente iluminado".

Tal vez la mayor diferencia entre Lynch (cuyo imaginario e inspiración provienen de las artes plásticas), Tarantino (cuya mayor fuente de inspiración es el cine mismo) y Herzog, más allá de las taras de sus personalidades, radique en que el alemán no es lo que se dice un animal de cine, sino un buscador de aventuras, una suerte de último vitalista. Al margen de que parece ser el único de los tres que tiene una relación fluida y profunda con la palabra escrita y la lectura. O quizá todo sea más sencillo, y aplicable a cualquiera de los tres: que cierto grado de estupidez no es algo excluyente sino más bien necesario a la hora de alcanzar, a través de la creación, el umbral de la genialidad..

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