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La película que se hizo Cristina

Jorge Fernández Díaz

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LA NACION
Domingo 28 de julio de 2013

Noventa y cuatro segundos, 53 planos épicos y una música sentimental picoteada por el aplauso de la multitud revelan inadvertidamente el despecho de una mujer. La micropelícula que con levísimas variaciones muestra la epopeya de Cristina Kirchner y relega a un pequeño flash a sus propios candidatos resulta una valiosa pieza de estudio. Demuestra, en principio, que el dinero del poder estatal compra los mejores publicistas: el aviso del Gobierno es espectacular, mientras que la mayoría de las propagandas de sus competidores lo único que transmiten es la modestia, cuando no el bochorno. Es como enfrentar a Spielberg con un video escolar. Y como si algunos de esos videos estuvieran llenos de bromas escatológicas.

La historia que el Frente para la Victoria cuenta allí con gran belleza cinematográfica no pasaría de un folletín emocional si no fuera por la impronta de su guión. Se adivina en ese rubro la mano personal de la Presidenta, que es cinéfila y experta en relato. Ella jamás delega esta tarea y sus deseos son órdenes. Se trata, por lo tanto, de una película de autor y debe analizarse como un manifiesto.

La idea central gira en torno a elegir entre dos formas de ver la vida. Es una lástima, porque la vida está tan llena de matices y es tan diversa que reducir todo a Caín y Abel conduce a una cierta pobreza intelectual. Un signo de esta época. Ya sabemos, sin embargo, que la técnica del populismo es simplificadora y ordenancista: estás conmigo, con el pueblo y la patria; o sos un enemigo despreciable del país y de las mayorías.

La frase "en la vida hay que elegir, y este gobierno eligió" con la que se inicia el panegírico parece destinada en primer lugar a la propia tropa: nada de comprar a candidatos que muestren ambigüedad. Massa es malo, malo. Massa no elige una vereda, quiere caminar por el centro de la calle. Y se sabe que esa figura debe ser derrotada cueste lo que cueste, porque disputa el gran bastión del peronismo, va primera en las encuestas y plantea una idea conciliadora. La división clarifica; la unión mezcla y confunde. No es el único destinatario, claro está, de esta superproducción hollywoodense. Hay mensajes para otros peronistas disidentes (el peronismo soy yo), para la centroizquierda (yo soy la verdadera izquierda nacional) y para otras fuerzas independientes (la única independencia es la que garantiza mi política). No voten por esas ideas, sino por alguien que cuando debió optar lo hizo siempre a favor de los buenos. El kirchnerismo es desarrollista, socialista, nacionalista, demócrata y revolucionario: todos los colectivos lo dejan bien.

Luego Cristina sigue mostrando astutamente sus elecciones: eligió igualar posibilidades (netbooks en las escuelas), a los que más necesitan (una mujer inaugura llorando su propia casa) y la memoria al olvido (nietos recuperados). El barco empieza encallar en ese preciso momento. Cuando se jacta de "elegir el trabajo y la producción", justo cuando crece el desempleo, desaparecieron las inversiones y el peso dejó de ser competitivo. De inmediato se vanagloria de haber elegido que "nos respeten" poniendo como ejemplo la recuperación de la Fragata Libertad, que fue incautada por su negligencia, salvada por un pelo y recibida con una fiesta costosísima en Mar del Plata. Al kirchnerismo le encanta celebrar sus errores.

Después el aviso presidencial alardea del "desendeudamiento". Más allá de que alude a una medida ya un tanto añeja, oculta que diez años más tarde el Estado tiene una deuda pública aproximada a los 200.000 millones de dólares. Ciento veinte mil de ellos han sido contraídos con la Anses y el Banco Central, lo cual implica una explosión en el riesgo de las jubilaciones futuras y una devaluación creciente del peso. Multimillonario dinero incautado de cajas estatales para pagar gasto corriente y para que la burocracia viva por encima de sus posibilidades.

Entre otros pavoneos, se destaca la consigna "eligió cuidar lo nuestro", que va acompañada de un paisaje natural. Tal vez se trate de la ley de tierras o sugiera el cuidado de la naturaleza. Si se tratara de un simple faroleo ecológico no cabría más que recordar algunos vocablos incómodos: glaciares, bosques, Riachuelo, megaminería, sojización.

Cristina Kirchner reivindica también la unión, pero con algunos líderes latinoamericanos. Es significativo el privilegiado lugar que le asigna a Dilma Rousseff, y el segundo plano con el que condena a los demás. Es como si Cristina prefiriera que la identificaran con la dirigente del PT, una mujer moderna que cree en las reglas republicanas, y no con el chavismo, que las desprecia. La imagen del abrazo con Dilma esconde que la relación entre ambas presidentas está cargada de fastidio y desconfianzas; pasa por su peor momento.

Pero los dos puntos más altos de esta narración preelectoral se encuentran en la afirmación de que el Gobierno ha elegido recuperar (YPF y Aerolíneas Argentinas) y favorecer la libertad de expresión. En el primer rubro se ufana de una renacionalización que nunca existió y cuyo traspié más notorio acaba de entronizar a Chevron, una corporación multinacional a quien la Argentina le acaba de entregar el petróleo con ventajas insólitas. Aerolíneas tiene un déficit operativo de 3000 millones de pesos anuales, es uno de los mayores fracasos gestionarios del kirchnerismo y esa derrota otorga argumentos a quienes querrán privatizarla. En cuanto a la libertad de expresión: este Gobierno ha elegido a los medios y a los periodistas como blancos móviles; los combate y difama como nunca, propicia el odio contra ellos y los obliga con su tergiversación sistemática de cifras y hechos a transformarse en refutadores seriales. Insoportables aguafiestas de una puesta teatral.

El final del aviso es apoteótico. Las palabras más grandes aparecen allí: vida, porvenir, patria. Se muestra a la Presidenta junto con embarazadas y bebes como si hubiera promovido el amor, el sexo y la procreación. Tal vez se trate de la ley de fertilización asistida, que casi toda la oposición votó. Como sea, admitamos que en campaña los niños siempre "pagan".

En esos epílogos Cristina elige otra escena propia: aquella vez que se asomó a un balcón interno de la Casa Rosada para ser ovacionada por La Cámpora; supuesta prueba de que hubo una opción por los jóvenes. En el diccionario cristinista, "juventud" significa: personas que te gritan "genia" y te prometen subordinación y valor.

Los forenses suelen decir que el cadáver habla. Las publicidades electorales también lo hacen. Se lee en aquella última falacia endogámica y en todo este guión el ocaso del kirchnerismo como proyecto colectivo: los candidatos reales son ínfimos y buscan minimizarse, y la líder se agiganta hasta ocuparlo todo. El movimiento nacional y popular se confirma así como un proyecto unipersonal. Cristina ha sido la primera mujer en ser dos veces elegida Presidenta de la Nación y en la intimidad se compara lógicamente con Perón y con Eva. Desde semejante promontorio, cualquier otra ambición individual produce perplejidad e indignación. ¿Cómo tienen el tupé de cuestionarme y no reconocer mi superioridad? Ese estupor, esa bronca tremenda se parece mucho al despecho, que a veces parece una política de Estado. La definición de esa palabra lo dice todo: "Malquerencia nacida en el ánimo por desengaños sufridos en la consecución de los deseos y en los pequeños empeños de la vanidad". Nunca subestimes el ego herido de una mujer.

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