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Cambios, pero no de doctrina

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LA NACION
Martes 30 de julio de 2013
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Como sucedió durante el viaje a Brasil, y como viene haciéndolo desde hace cuatro meses, el papa que encabeza esta primavera de la Iglesia no avanza con cambios de fondo en la doctrina católica. Sin embargo, altera todos los esquemas previsibles y sorprende al mundo a cada paso.

"¿Quién soy yo para juzgar a un gay?", dijo ayer a los periodistas en el avión de regreso a Roma. Con un comentario lateral, casi espontáneo, cambió la mirada desde el Vaticano sobre uno de los temas más complejos y espinosos, que le ha dado a la Iglesia quizá los más fuertes dolores de cabeza en las últimas décadas. Francisco no rehuyó temas: no temió referirse, incluso, a las denuncias sobre un "lobby gay" . Dejó en claro que el problema es hacer lobby y no la tendencia u orientación sexual. Y explicó que nada impide que una persona gay pueda buscar al Señor y tener buena voluntad.

A la sorpresa de la comunidad homosexual , que no le perdona la campaña que emprendió hace tres años, cuando era arzobispo de Buenos Aires, para impedir la sanción de la ley del matrimonio igualitario, se sumarán, seguramente, reacciones en la propia Iglesia, renuente todavía a aceptar la prédica del Papa, que llama a evitar las exclusiones.

Algunos no olvidan los litros de pintura que se estamparon contra el frente de la Catedral porteña en los últimos años como signo de una batalla que puso en bandos enfrentados a las comunidades homosexuales y católicas.

Analistas internacionales de temas religiosos interpretaron la frase de Francisco como "un cambio de tono, pero no de sustancia".

El propio Papa aclaró que no hay un cambio en la posición de la Iglesia sobre el matrimonio gay. Explicó que no habló del tema en Brasil, como tampoco lo hizo acerca del aborto o la ordenación sacerdotal de mujeres, porque la Iglesia ya había expresado reiteradamente su postura, que la doctrina define en forma clara e inequívoca.

Lo que sí cree necesario afirmar, y por eso volvió sobre ello en su viaje a Río, es que la Iglesia vaya a la periferia y se ocupe de los que están alejados, de los que no suelen frecuentar la parroquia. Y en esa periferia social y cultural están incluidas las personas y comunidades homosexuales, a quienes también Francisco considera que la Iglesia debe contener y llevar el mensaje de evangelización, dando prioridad a la "cultura del encuentro".

El llamado del Pontífice a no demonizar a una persona por su orientación sexual llegó al cabo de un viaje en el que llamó reiteradamente a los cristianos a "tener el valor de ir contra la corriente".

Sostuvo que el mundo entrega fuertes contradicciones, ya que por un lado da predominio al relativismo y por el otro discrimina a quienes piensan distinto y a quienes son víctimas de la cultura del descarte.

En su mensaje a los voluntarios de las JMJ, antes de abordar el avión en el que habló sobre los gays, revalorizó la institución del matrimonio y rechazó que "esté pasado de moda". Algunos entienden, incluso, que una prueba de que el matrimonio no está fuera de moda es que sectores que históricamente lo rechazaron hoy reclaman el reconocimiento de esa institución para las uniones de personas del mismo sexo.

La posición de Francisco, aunque pueda confundir por el juego de palabras, es clara: la Iglesia se opone al matrimonio del mismo sexo, pero no está en contra de los gays. Las personas que defienden la unión homosexual y quienes practican esa orientación tienen todo el derecho de no ser discriminadas e, incluso, de ser evangelizadas, lo que implica participar de la catequesis parroquial, aunque luego de tantas batallas parezca una utopía.

Se trata de un camino similar al que siguió con los divorciados vueltos a casar. Si bien la Iglesia rechaza con firmeza el divorcio, en muchas parroquias se alienta la participación de las parejas, aunque más no sea a título individual, en las actividades pastorales.

Resuenan, en ese sentido, las palabras del cardenal Jorge Bergoglio, que en septiembre de 2012, seis meses antes de mudarse a Roma, retó a sacerdotes de su arquidiócesis que se negaban a bautizar a hijos extramatrimoniales. "En nuestra región eclesiástica hay presbíteros que no bautizan a los chicos de las madres solteras porque no fueron concebidos en la santidad del matrimonio. Éstos son los hipócritas de hoy. Los que clericalizaron a la Iglesia. Los que apartan al pueblo de Dios de la salvación. Y esa pobre chica que, pudiendo haber mandado a su hijo al remitente, tuvo la valentía de traerlo al mundo, va peregrinando de parroquia en parroquia para que se lo bauticen", recriminó, al explicar un fenómeno que les hace daño a la Iglesia y al mundo.

Con giros como el de ayer, Francisco mostró que ha desarrollado la capacidad de salir de potenciales conflictos políticos o ideológicos con frases en apariencia inocentes, pero que tienden a cambiar la forma y el estilo de enfrentar esos problemas.

Salvando las distancias, aplicó un criterio similar en el saludo a la presidenta Cristina Kirchner . Cuando todas las miradas estaban puestas en la intencionalidad del Gobierno de sacar provecho político del encuentro con una foto para su candidato Martín Insaurralde, el Papa eliminó cualquier foco de tensión con el desacartonado "¿cómo le va, abuela...?". Lo hizo con la misma naturalidad con la que horas después dijo: "¿Quién soy yo para juzgar a un gay?".

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