Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

Festivales integrales

Domingo 04 de agosto de 2013
SEGUIR
LA NACION
0

Festivales integrales / Intérprete: Taka Kigawa / Programa: Obra para piano de Elliott Carter / Sala: Centro de Experimentación del Teatro Colón / Nuestra opinión: excelente

Una de las mejores definiciones de la obra de Elliott Carter la dio Daniel Barenboim cuando habló de su "concentración permanente e inquebrantable en la sustancia musical". La idea alude, por un lado, a la coherencia de esa obra, una de las aventuras más extraordinarias del modernismo musical; por el otro, al modo en que el compositor estadounidense cavó más y más profundamente en una misma poética: con típico pragmatismo norteamericano, él tomó lo que le servía de aquí y de allá, pero se mantuvo valientemente ajeno a cualquier moda. Carter vivió casi 104 años (murió en 2012) y, aunque su obra pianística parece limitada en comparación con semejante longevidad, ofrece una especie de instantánea de su itinerario, que se desplegó de la mejor manera en la inolvidable integral que el japonés Taka Kigawa presentó en el CETC.

Pensemos en la temprana y bellísima Sonata (1945), en la que, por debajo de cierta superficie telúrica que hace pensar en Aaron Copland y en el impulso hímnico de Charles Ives, se insinúa ya la extrema complejidad del Carter posterior, el de 90+ (1994), o el de Intermittences (2005), que Elena Bashkirova había tocado ya en Buenos Aires en 2008. Pero las enormes demandas técnicas resultan en Carter una función de la expresividad. El tiempo es el parámetro por excelencia de esta música. Carter reinventa la polifonía y lo hace de una manera muy personal: cada voz tiene su propio ritmo, como personajes de una misma novela que, sin embargo, nunca se encuentran; esto depara un pulso inestable de muy ardua realización, como sucede en "Matribute", el tercer número de Tri-Tribute (2007-08). Hay que hablar casi de un contrapunto del gesto y la textura, que parece por momentos sustituir al contraste temático. Como sabía Charles Rosen, intérprete ideal del compositor, esta música depende tanto, o más, del color y de las dinámicas que de la nota. Kigawa es un virtuoso descomunal y su lectura fue ejemplar de punta a punta. Entre las demandas de la música de Carter, está la de una interpretación sensible, decisiva para que se transparente su sentido. Kigawa no ocultó las múltiples capas de cada pieza bajo una apariencia compacta; por el contrario, las puso al desnudo y, al hacerlo, obligó también al oyente a trabajar casi tanto como él.

Night Fantasies (1980) es probablemente la obra maestra de Carter para piano; a propósito de ella, el compositor habló de las miniaturas de la Kreisleriana, de Robert Schumann, y algo de ellas queda en su forma fragmentada, en sus repentinos cambios de carácter. La versión de Kigawa fue intensa y poética a la vez, con un aire casi de encantamiento romántico. Su virtuosismo volvió a ser aquí pasmoso, pero fue siempre un virtuosismo muy sobrio, cuyo gesto exacto se subordina con modestia a aquello que toca. La prueba de esta humildad estuvo en el final. Mientras lo aplaudían, Kigawa, de pie en el escenario, abrió una de las partituras y señaló, con veneración, el nombre de Carter en la primera página.

Te puede interesar

Enviá tu comentario

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.
Las más leídas