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Nuevo capítulo en Irán

Opinión

El clérigo Hassan Rouhani, de 64 años, es el nuevo presidente de Irán . Al asumir, después de imponerse en primera vuelta en las elecciones del 14 de junio pasado, ratificó su perfil, más bien moderado. De alguna manera, ese es el estilo opuesto al de su predecesor, Mahmoud Ahmadinejad, el prepotente socio estratégico de Hugo Chávez que gobernara a Irán a lo largo de ocho años. Su accionar estuvo caracterizado siempre por una actitud y un discurso agresivo y, por momentos, hasta avasallante, sino insultante. Y por una profunda fobia anti-israelí, que derivó en amenazas y en ruidosos portazos a las posibilidades de la paz.

Mejorar la economía es la urgencia que reclama la gente. Y Rouhani lo admite y promete ordenarla. Lo que no será fácil, desde que lo que sucede es consecuencia directa de las sanciones económicas occidentales por el permanente incumplimiento iraní de las normas internacionales que debieran transparentar su peligroso programa nuclear.

La Cámara Baja del Congreso de los Estados Unidos acaba de profundizarlas, de modo de transformarlas, en los hechos, en un embargo total de las ventas de petróleo crudo iraní al exterior.

Sin divisas, Irán ha estructurado un "cepo cambiario" que no sólo lo aísla -aún más- del mundo sino que genera incómodas escaseces, siendo particularmente duro para la población que sufre privaciones graves en materia de alimentos y medicamentos. Hace pocos días, hasta la manteca había desaparecido de Irán. Además, hubo que prohibir las exportaciones de pistacho, para evitar que los precios domésticos de ese producto resultaran inalcanzables para una población adicta a consumirlo, particularmente en las fiestas y celebraciones. Ni siquiera hay recursos para que la selección nacional de fútbol pueda viajar al exterior.

Sin divisas, Irán ha estructurado un "cepo cambiario" que no sólo lo aísla -aún más- del mundo sino que genera incómodas escaseces

Para peor, Rouhani acaba de confirmar al mundo que la inflación iraní, que está desbocada, es ya del 42% anual. La marcha de la economía es lenta y, en algunos capítulos, está casi detenida. Como si ello fuera poco, el gobierno iraní se atrasa en el pago de los salarios y demora la distribución del subsidio de trece dólares mensuales que paga a algo así como 60 millones de ciudadanos.

La consecuencia es natural: un ambiente de descontento, desconfianza y desazón. Más aún, de desesperanza en algunos y de irritación en otros. Por esto la necesidad de priorizar la mejora de un nivel de vida que se ha deteriorado enormemente y ayudar a la gente a escapar de la pobreza, que ha aumentado significativamente.

 
Un clérigo iraní ejerce su derecho al voto en las elecciones presidenciales iraníes en Teherán el pasado viernes 14 de junio. Foto: EFE 
 
Lo que, a su vez, supone salir del aislamiento y negociar con la comunidad internacional el levantamiento de, por lo menos, algunas de las sanciones (a las que Rouhani calificó de "brutales") ofreciendo a cambio buena conducta en materia de desarrollo nuclear y seguridades de que los programas en curso se trasparenten y de que no derivarán en un Irán con fanatismo y armas nucleares.

Además supone tratar de encontrar una solución a la gravísima crisis siria, que ha comenzado a desangrar también a Irán, insinuándose como un conflicto cada vez más peligroso por sus características facciosas. Y -por cierto- dejar de exportar el terror, especialmente a través de Hezbollah.

Lo que debe hacerse no es poco. Ni es fácil. Por esto el líder supremo, el Ayatollah Ali Khamenei, acaba de hacer notar su escepticismo acerca de las posibilidades que Rouhani atribuye al diálogo. Pero no se ha negado al mismo. Presumiblemente porque advierte el profundo descontento de su pueblo.

En materia de política exterior los primeros comentarios de Rouhani acerca de Israel han sido por lo menos decepcionantes.

Es cierto, desde hace años los líderes iraníes se han referido despectivamente respecto de Israel, calificándola -en su retórica- de "tumor canceroso". Que, además, según ellos, "debiera eliminarse de las páginas del tiempo". Esto es bastante más que "negacionismo" histórico. Es una actitud belicosa. Es la justificación de la exportación constante del terror y la violencia a través de Hezbollah o de Hamas, o de sus propias organizaciones armadas. Es asimismo la excusa por los esfuerzos por sostener -a toda costa- al régimen de los Assad, en Siria. Y es, también, la última ratio del peligroso programa nuclear iraní, que ha seguido avanzando, cual profecía fatídica.

Desde hace años los líderes iraníes se han referido despectivamente respecto de Israel, calificándola -en su retórica- de "tumor canceroso"

Rouhani llamó a Israel "una herida abierta". Lo hizo en un discurso pronunciado durante la ceremonia de conmemoración del "Día de Al-Quds", la denominación (en árabe) de la ciudad santa de Jerusalén.

Rouhani (ante una multitud convocada -y transportada- al efecto) sostuvo:"En nuestra región una herida ha permanecido abierta por años en el cuerpo del mundo islámico, a la sombra de la tierra santa de Palestina y de la querida Quds. Este día es, de hecho, un recordatorio de que el pueblo musulmán no olvidará sus derechos históricos y continuará oponiéndose a la agresión y a la tiranía".

La festividad, recordemos, se celebra desde 1979, cuando fuera establecida por el propio Ayatollah Ruhollah Khomeini, el padre de la teocracia iraní. Tiene lugar el último viernes de Ramadán y evoca el reclamo musulmán sobre Jerusalén, la tercera ciudad santa para el Islam. Además de Meca y Medina.

En un escenario donde la hipérbole es una agotadora constante, sus palabras fueron reproducidas por los medios locales con diferencias importantes, desde que se cambiaron por: "El régimen sionista es una herida que debe ser removida". No obstante, a lo largo del día ellas fueron rectificadas para terminar ajustándose mejor a la verdad.

Cuando el proceso de paz de Medio Oriente acaba de reiniciarse después de un paréntesis de más de tres años, los dichos de Rouhani (aunque apunten presumiblemente al consumo doméstico) son inoportunos. Y muestran que quien manda en Irán es -siempre y en definitiva- el Ayatollah Ali Khamenei. Los demás dirigentes simplemente se alinean con él. Rigurosamente.

Por esto la inmediata condena -a través de la Cancillería iraní- que siguió a la reanudación del proceso de paz en Medio Oriente, cuyo éxito (esto es, la paz duradera) supondría una dura derrota para Irán. De la que Rouhani parece haber tomado alguna temprana distancia al pronunciarse a favor de la paz en la región.

Como cabía esperar, la respuesta israelí a los dichos de Rouhani fue inmediata. Casi instantánea. Y punzante. El primer ministro Benjamin Netanyahu sostuvo que "la verdadera cara de Rouhani ha aparecido antes de lo esperado". "Esto es lo que el hombre piensa y este es el plan del régimen iraní". A lo que agregó el comentario adicional de que Irán tiene "un programa nuclear que es una amenaza para Israel, Medio Oriente, así como para la paz y seguridad del mundo entero" y que "no debe permitirse que un país que amenaza con la destrucción del Estado de Israel, tenga armas de destrucción masiva".

Recordemos que, durante la campaña electoral de su país, Rouhani había asumido el rol de una "paloma", repitiendo que su objetivo central en materia de política exterior es el de "disminuir las tensiones" en la región que fueran alimentadas -sin descanso- por su predecesor, Mahmoud Ahmadinejad.

Sus palabras comentadas tienen el efecto contrario. Aunque no sean demasiado sorprendentes en función de la historia de Rouhani, que es un clérigo del riñón del líder de la teocracia iraní, absolutamente alineado con el régimen religioso que tiene el poder en Irán, del cual forma parte. Un hombre del sistema. Por eso, ellas llaman a no hacerse demasiadas ilusiones de cambio y alimentan el escepticismo de algunos.

Es un buen negociador y goza ciertamente de la confianza de su liderazgo, cuya cuota de perversidad conoce desde adentro

No obstante, existan posibilidades de que un hombre acostumbrado a navegar en un sistema político inusualmente tortuoso, pueda -de pronto- abrir un diálogo directo de "normalización" con la comunidad internacional y hasta con los Estados Unidos. Por algo Rouhani ha sido -durante 16 años- el secretario del Consejo Nacional de Seguridad de su país. Es un buen negociador y goza ciertamente de la confianza de su liderazgo, cuya cuota de perversidad conoce desde adentro.

Lo cierto es que las palabras de Rouhani, por inoportunas que fueren, suenan algo más moderadas que las declaraciones finales del presidente saliente, Mahmoud Ahmadinejad, quien -al despedirse, en medio de una caída brutal de popularidad, desde que se lo culpa del caos en el que su populismo ha dejado a la economía iraní- señaló que: "sobre nuestra región flota una tormenta devastadora, que ya sopla y que terminará con Israel, país que no tiene lugar en nuestra parte del mundo".

Un nuevo capítulo en la historia de la relación de la teocracia iraní con el resto del mundo acaba de abrirse. Los primeros movimientos concretos de Rouhani sugerirán cuan distinto de los más recientes puede ser. En este sentido, la conformación de un gabinete con tecnócratas reformistas es toda una señal. Por lo demás, su apelación al diálogo -sincera o no- no debiera caer en saco roto..

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