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Kirchnerismo en fuga: el lado débil del modelo

Enfoques

La performance electoral de Sergio Massa en las elecciones primarias cristaliza un proceso de alejamientos y expulsiones de dirigentes y aliados del kirchnerismo, que regresan al ruedo como antagonistas y, por primera vez, amenazan con derrotarlo en octubre; las contradicciones de un movimiento que se piensa hegemónico, pero alienta la deserción

Por   | Para LA NACION

Primero fue un sector del campo; luego, el vicepresidente Julio Cobos; más tarde, funcionarios y sindicalistas que hasta entonces habían formado parte del corazón cristinista: Martín Lousteau, Alberto Fernández, Sergio Massa, Hugo Moyano y parte del sindicalismo. Cuando inició su segundo mandato, en 2011, Cristina Fernández pensó que, con el 54 por ciento de los votos -una elección que el Gobierno interpretó como plebiscitaria- estaba en condiciones de gobernar sola, quitándose de encima el aparato del Partido Justicialista (PJ), sólo recostada en los grupos juveniles y un puñado de leales. Pero el PJ resistió. Y en las PASO de hace una semana no sólo demostró que logró sobrevivir, sino que ahora un sector de ese peronismo que la Presidenta veía como parte del pasado, amenaza con derrotar al kirchnerismo en las urnas de octubre.

Pero, ¿por qué un movimiento con ambiciones hegemónicas produjo tantas exclusiones definitivas y termina expulsando aliados, que luego se vuelven "enemigos"? ¿Es Cristina más radical que Néstor Kirchner -o menos negociadora, como interpretan muchos-, y por eso el cristinismo se descascara más acelerada y violentamente que el kirchnerismo?

¿Marca el resultado de las PASO el fin del ciclo K, como anuncia la oposición (o como sostiene Moyano, que esta semana vaticinó que, cuando los jefes territoriales empiecen a sentir el "olor a cala", habrá una fuga masiva), o sólo estamos ante el inicio de la batalla sucesoria dentro de un peronismo sin reglas, cuyo final sigue abierto, e incierto?

La derrota de Martín Insaurralde en la provincia de Buenos Aires, y del Frente para la Victoria en varias provincias, provocó un cimbronazo entre los gobernadores e intendentes del conurbano y una cadena de reacciones: la Presidenta y La Cámpora redoblaron la apuesta y reafirmaron el rumbo del modelo, aunque Cristina los zamarreó para que salgan a buscar votos "casa por casa" (el título del documento poselectoral del camporismo es elocuente: " Ni un paso atrás "); un sector importante de los intendentes aliados se enojó, y otro ensayó la autocrítica: se responsabilizaron por la falta de trabajo en los territorios y hasta se autorreprocharon no haber sido, ellos mismos, candidatos testimoniales. Quedó claro que el relato no alcanzó para atar las lealtades. La última semana se aceleró, además, la fuga de jefes bonaerenses al bando massista.

Tal vez el más efectivo como vocero del malestar de los intendentes fue Mario Ishii, quién hace días públicamente cruzó a La Cámpora y puso en blanco sobre negro la larga pulseada que mantiene el aparato del PJ con la joven guardia: "No tuvimos conducción, estrategia ni organización, porque el problema fue darle el manejo de la campaña a La Cámpora. Está claro que esos pibes nunca hicieron una elección".

En reserva, un operador de la Presidenta en el territorio bonaerense comparte el diagnóstico del intendente de José C Paz: "Si estuviera en el lugar de ella, volvería a recostarme en el PJ". Es el mismo operador que, en 2011, cuando Cristina ganó por el 54%, evaluando cuánto había influido el voto joven, argumentaba que ella ya no necesitaba a nadie, ni a grandes, ni a chicos, mucho menos a los viejos barones del conurbano. Hoy, sin embargo, la derrota parece haberlo hecho cambiar de opinión.

"El problema entre el pluralismo y la hegemonía siempre fue un dilema a resolver dentro del kirchnerismo, que encaró con mucho optimismo la refundación del sistema. Asumió que había que hacer lo que hizo Perón, y no lo que había hecho Menem. Para los Kirchner, el verdadero peronismo es el que no transige, porque son más clásicamente peronistas de lo que ellos creen. Pedirles que abran el juego es como haber esperado que Perón hubiera sido pluralista o que hubiera dejado que lo sucedieran (Atilio) Bramuglia o (Domingo) Mercante. Eso es incompatible con la idea de refundar la Argentina", acerca el sociólogo e historiador Marcos Novaro, que actualmente dirige el Programa de Historia Política en el Instituto de Investigaciones Gino Germani.

"No creo que Cristina sea más expulsiva que Néstor, en todo caso es más explícita. Diría que, por el contrario, fue más eficaz en la incorporación electoral para el armado de una coalición supramayoritaria. Lo demostró en 2011, cuando interpretó su triunfo como el punto máximo de su hegemonía -"enfrente mío no hay nadie"-. No era la revolución nacional, pero se le parecía bastante. Avanzó en la disolución de los partidos y en la de todos los mediadores tradicionales -medios, sindicatos, partidos, grupos de interés- y pensó que los sectores excluidos no sobrevivirían. Se equivocó y las primarias lo demostraron: aquellos sectores que creía muertos o en el pasado, no lo estaban tanto".

Para Novaro, la derrota de Cristina se debió, en parte, a la resistencia que ofreció un peronismo que nunca terminó de convertirse al kirchnerismo. Y también es el resultado de que "se acabó la plata".

Un modelo vertical

Para el sociólogo Gerardo Aboy Carlés, en cambio, el estilo de Cristina sí es más expulsivo que el de su marido. "El primer kirchnerismo fue cuidadoso en el armado de una coalición política que tejió entramados territoriales, con el mundo del trabajo, actores políticos, empresarios y organizaciones sociales, que lo convirtieron en una fuerza formidable. Todo ello fue relegado en los últimos años por un modelo vertical e imperial que expulsó aliados y confió su destino a una invocación juvenilista de escasa representatividad social".

Está convencido de que las primarias son un síntoma de la descomposición de la alianza política que permitió al kirchnerismo una década de gobierno. "Este movimiento político que aunó a amplios sectores perdedores y beneficiarios de la década del 90 -dice-, que ganaron las calles en los albores del siglo, construyendo un discurso épico de ruptura con el pasado que reparaba a unos y redimía a otros, se recortó sobre límites más amplios que los del peronismo tradicional al que mayormente disciplinaría bajo su conducción en los años siguientes".

Las historias políticas de tres intendentes del conurbano, que ahora se alinean con Massa -"el que se quedó con la red de pescar", según la socióloga Liliana de Riz- parecen darle la razón a Aboy Carlés.

Carlos Selva, el intendente de Mercedes, era un kirchnerista de la primera hora hasta que a la Presidenta se le ocurrió intervenir en su territorio apostando por uno de sus hijos políticos, el camporista y mercedino Wado de Pedro. A De Pedro no se le ocurrió mejor idea que poner a competir con Selva a su primo hermano quien, a pesar de todos los recursos que le bajó el Estado, perdió. Enfurecido, Selva se refugió en el massismo. José Eseverri, de Olavarría, se había sumado al kirchnerismo como radical K, seducido por Kirchner con la transversalidad, pero terminó con el tigrense. Y finalmente, la pulseada con La Cámpora colmó la paciencia del caudillo de Hurlingham, Luis Acuña, cuando desplazaron a su hijo Martín de la Anses local para poner a un chico de la agrupación de Máximo Kirchner.

"No sólo se han perdido distritos impensados como La Rioja, San Juan y Santa Cruz -avanza Aboy Carlés-. En la estratégica provincia de Buenos Aires, donde el desafío interno del peronismo ha sido fundamental, el oficialismo se ubica tres puntos por detrás que en su derrota de 2009 y más de 27 puntos por debajo que en las legislativas de hace dos años. Un dato mayor emerge de las elecciones en el principal distrito del país y contrasta fuertemente con las lecturas que se hacen desde el oficialismo: la mayor caída relativa del FPV se concentra en el conurbano bonaerense y es aún mayor en el segundo cordón que en el primero. Las PASO demostraron que el desafío al oficialismo no se circunscribe a la defección de sectores medios imprescindibles para cualquier triunfo electoral, sino que habita claramente en las zonas más postergadas".

Liliana de Riz no ve una paradoja entre una vocación hegemónica y la expulsión. Lo explica: "La expulsión es el síntoma de la debilidad de esa hegemonía para sostenerse y, por lo tanto, una consecuencia necesaria que acaece en algún momento, y se trata ante todo de un cisma para reordenar el mapa peronista sobre nuevos soles cuando uno comienza a apagarse. Todo gobierno omnipotente crea su oposición dentro de sí mismo, por eso el peronismo es gobierno y es oposición al mismo tiempo. Ahora, cuando se avecinan fines de ciclo, la economía se disloca y los pilares de la continuidad de los "modelos" se quiebran -y además se carece de reglas sucesorias-, las batallas se libran dentro del gobierno.

Crónica de un secuestro

Si hay un punto de coincidencia entre los analistas consultados es que la Presidenta ya no puede argumentar que el que gana gobierna y el que pierde espera su turno porque -quedó claro- ya no es la única dueña de los votos. Otra coincidencia es que en la pérdida de votos, sobre todo en la provincia de Buenos Aires, influyó el enojo de la gente por el déficit en la gestión, sobre todo en la de los servicios, fallas que en el conurbano se dejan ver más. Omar Argüello, sociólogo del Club Político Argentino, lo expresa con claridad: "No se trata tan sólo de que el relato no alcanza, sino de una profunda ineficiencia en el manejo de los servicios básicos, como es el funcionamiento de los trenes, entre otros; por negar la realidad de la inseguridad y la inflación y por creer que el voluntarismo puede resolver problemas de comercio interno".

El resultado de las primarias podría afectar la batalla sucesoria dentro de peronismo, un movimiento que, como el PRI mexicano, carece de reglas para ese trámite. Y aunque ningún ciclo puede darse por cerrado -ni por abierto-, es de preveer que la reiteración de una derrota del oficialismo en octubre acote, incluso, la influencia de Cristina en la nominación de un sucesor.

"Al peronismo lo ordena el poder y cuándo está en la oposición o no hay un líder claro, como sucede ahora en el FPV, se descascara", recuerda Lorena Moscovich, politóloga de la Universidad de San Andres, quien sostiene la hipótesis de que, entre los perdedores kirchneristas, hay algunos menos perdedores que otros.

"Es el caso de Scioli, que en mi opinión obtuvo una victoria silenciosa. El que ganó fue su estilo no confrontativo, no el de la Presidenta. ¿Y quién podría descartar hoy, a la luz de estos resultados, que Cristina no terminará apostando por Scioli, como su sucesor, aunque no le guste ni a ella ni a La Cámpora? Hoy hay una sensación de falta de control y un gobernador podría devolverle el control de las bases", afirma.

Moscovich apoya su hipótesis en dos impresiones: la estrategia del delfín (por Insaurralde) resultó riesgosa e insuficiente. Y algo peor: "Si Scioli se termina convirtiendo en un fugado más, y se alía con Massa, podrían conformar una dupla de centroderecha imbatible".

Si hay un estilo opuesto al de Scioli, ése es el de Cristina, que aún en las derrota, lejos de dulcificarse, redobla la apuesta y se radicaliza. "Eso tiene que ver con la lectura que hace de las razones por las cuáles voltearon a Perón. Lo que cree el kirchnerismo es que, porque Perón no se radicalizó y se entregó a los «poderes conservadores», lograron echarlo. Con Evita eso nunca hubiera pasado. Y entonces, si Perón arregla con la California por falta de petróleo, el kirchnerismo estatiza YPF. Si impulsa negociaciones con empresarios y sindicalistas, ellos echan a Moyano", dice Novaro.

De allí, también, que algunos investigadores sostienen que el kirchnerismo "secuestró" al peronismo durante esta década; lo "extorsionó", hasta el punto de impulsarlo a quemar las naves, en su radicalización. Esta es la idea que está detrás de Diana Conti y otros ultras, cuando retan a Scioli por ir a comer con Mirtha Legrand, dar notas a TN o no vociferar lo suficiente contra Clarín.

La imagen del "secuestro" encaja con las ansias de liberación que mostraron esta semana gobernadores e intendentes quienes, tras la derrota, tal vez se sientan ahora más habilitados a buscar autonomía y oxígeno. O, tal vez peor, a jugar a dos puntas, entre Cristina y Massa, como ya sucedió en 2009 entre De Narváez y Néstor Kirchner.

Moscovich vaticina que, si quiere sortear con éxito sus dos años en el poder, la Presidenta va a tener que integrar al PJ tradicional y, aún más, se va a tener que sentar a negociar, ofreciendo cargos, incluyendo gente y cediendo espacios. De lo contrario, seguirá perdiendo aliados. Y el sentido común le da la razón. Pero en la Argentina, ningún rumbo es previsible, y menos cuando se trata del cristinismo..

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