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Aprender a nadar entre la libertad y el riesgo

Sábado 17 de agosto de 2013
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PARA LA NACION
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L os chicos y chicas nacidos en el comienzo de este siglo son autónomos, se mueven entre pares y organizan su mundo a través de la tecnología, terreno que conocen como la plaza que habitan y en el que suelen constituirse, más de una vez, en tutores de los adultos.

Ellos viven en un mundo que los desafía con su incertidumbre, y aprenden a nadar entre la libertad y el riesgo. Muchas veces, hay que decir que su autonomía parece confundirse con algo parecido a la orfandad, cuando terminan por formularse preguntas entre pares y decidiendo las respuestas en fórmulas que son propias del ensayo y el error...

Tienen consciencia de que viven en una sociedad en la que la norma es el cambio y no la estabilidad. Y saben de sus derechos, aunque no están seguros de que los adultos estén en condiciones de garantizarlos.

Entre pares, estos chicos se transmiten estrategias que ellos mismos han generado para enfrentar los riesgos de salir a la calle o a los mundos virtuales.

Distribuyen su atención en múltiples tareas y suelen aburrirse rápido, mucho más si lo que el otro les ofrece no está a la altura de los nuevos descubrimientos, de los que suelen estar suficientemente informados.

El mundo no aparece como un lugar muy seguro y ellos saben de las injusticias que lo atraviesan; por eso se animan a expresar los cambios que desearían para hacerlo un lugar mejor. Las movilizaciones y la agitación política no les resultan ajenas, pero, en general, todavía no tienen las herramientas para hacer un análisis propio. No lo olvidemos: son chicos.

Por otra parte, advierten la confusión, los esfuerzos y las dificultades de los adultos en llevar adelante sus vidas, es decir, nuestra vulnerabilidad. De ahí que cierta firmeza en nuestras respuestas a veces les resulte contradictoria. Más de un padre estará de acuerdo: no dejan de señalarlo y pendulan entre la negociación y la desconexión. Pero también agradecen y disfrutan de adultos que, sin ponerse en un plano de horizontalidad, los inviten a compartir decisiones, juegos y actividades. Necesitan de adultos que los reconozcan, que los escuchen, pero que puedan poner distancia, sin confundir sus roles. Y sobre todo, necesitan que los ayudemos a construir perspectivas en un mundo que habitan sobrecargados de información, de consumo y de puro presente.

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