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Empresarios & Cía.

"Hay que empezar a decirle las cosas"

Opinión

Por   | LA NACION

Del lugar menos pensado de la tropa, cuando todo el kirchnerismo sobreactuaba todavía la euforia por haberse mantenido como "la primera fuerza nacional", salió una frase lapidaria y reveladora: "Hay que empezar a decirle les cosas". La soltó el vicepresidente Amado Boudou el lunes pasado entre íntimos, durante una conversación cuyo asunto preocupaba, en rigor y a esas alturas, a todo el gabinete nacional: cómo tomaría Cristina Kirchner la derrota en la provincia de Buenos Aires en las elecciones primarias.

Las consecuencias de una presidenta aislada y de mal humor inquietan no sólo al kirchnerismo , sino a empresarios cuya suerte depende de un rumbo económico a veces antojadizo. No sería la primera vez que el proyecto nacional y popular sale de una crisis hacia adelante, llevándose todo puesto: expropiando, recrudeciendo su relación con las empresas o señalando culpables a través de medios subsidiados.

Para peor, los confidentes de la jefa del Estado son cada vez menos. El último que trascendió, Diego Carbone, su jefe de custodia, tiene la virtud de la disciplina. Hace tiempo, durante los primeros años del kirchnerismo, mientras forcejeaba en la multitud para proteger a Cristina, Carbone le pegó sin querer un codazo a Néstor Kirchner, que quedó furioso y con el labio sangrante: "Le pegaste al Presidente, ¿estás loco?", se quejó. El custodio siguió aterrorizado un buen tiempo, hasta que la propia jefa lo describió ante su marido como uno de los tres que habían donado sangre en 2004, cuando Kirchner fue internado por una gastroduodenitis erosiva hemorrágica secundaria. "Vos me salvaste la vida", lo reconfortó después el líder, palmeándolo en la cara.

La otra prueba vino años después, cuando Juan "Tatú" Alarcón, uno de los secretarios de la Presidenta, pidió una licencia de tres semanas y Cristina puso en su lugar a Carbone. Cuando Alarcón volvió, y ante la posibilidad de quedar permanente allí, el custodio advirtió: "Doctora, si quiere, me quedo, pero sepa que con Tatú no nos llevamos". Cristina aceptó la sinceridad y lo regresó al antiguo cargo.

La efusividad de algunas lealtades empieza ahora a decrecer tras la derrota del domingo. Que Mario Ishii, candidato a senador provincial por el Frente para la Victoria y uno de los dirigentes más comprometidos con el proyecto, haya sido el primero en saltar el cerco discursivo es un hecho político. "Fue una cagada a palos tremenda en la provincia de Buenos Aires", dijo el ex intendente de José C. Paz.

Algunos son ya imposibles de detener. Un sindicalista ejemplificaba ayer con Alberto Fernández, que pasó de Scioli a Massa en semanas. "Este enviudó y fue al velorio con la novia", sonrió. La llamada que recibió esta semana Francisco de Narváez de un encumbrado funcionario de Cristina fue un intento de atenuar parte de la estampida: le pidió que no renunciara a la elección de octubre y le prometió apoyo de la Casa Rosada.

La otra parte de la faena es más elemental e inherente al kirchnerismo: buscar culpables. ¿Qué mejor presa que los empresarios, la mayoría de los cuales ha decidido apostar incluso económicamente por Massa? Hace meses, antes de ser candidato, el intendente de Tigre estimaba que su aventura presidencial requería de una estructura no menor a cien colaboradores y unos 100 millones de pesos. Es probable que la cifra no sea ahora inalcanzable.

La táctica del Gobierno para octubre se sustenta en estas presunciones y, al mismo tiempo, deja vislumbrar qué es lo que hará en adelante con la política económica.

Sus primeras insinuaciones no fueron sutiles. La convocatoria a empresarios, un remedo de lo que el kirchnerismo hizo tras la derrota de 2009 y le valió una recuperación, tiene además una inconsistencia simbólica. La Presidenta, que acaba de acusar al establishment de estar detrás de la candidatura de Massa, reunirá el miércoles a representantes de las cámaras empresariales en Santa Cruz, donde le adjudicará la construcción, operación y mantenimiento de dos centrales hidroeléctricas a Electroingeniería, una de las contratistas de mayor crecimiento en los últimos diez años.

Es la obra pública más grande del kirchnerismo: costará 4400 millones de dólares. Gerardo Ferreyra, uno de los dueños de la compañía cordobesa, fue militante y compañero de cárcel de Carlos Zannini en los 70 y suele hablar en Twitter de las corporaciones como si él integrara apenas un microemprendimiento cooperativo. "Qué estupidez la del establishment . Quieren cambiar el Gobierno, pese a que les va bien, sólo porque no es dócil. Con los dóciles, igual que con el FMI, nos fue mal", dijo el último 26 de julio. Su empresa tendrá además una prerrogativa infrecuente: recibirá en Pekín, donde tiene un socio, una parte de los pagos del Estado para proveedores. En dólares.

Toda alusión al establishment será siempre riesgosa para el kirchnerismo. Sencillamente porque ha sustentado parte de su poder en la relación con los poderosos: bancos, siderúrgicas, grupos mediáticos, petroleras, laboratorios y cadenas de supermercados. Es indudable que estos actores pueden haber empezado ahora a cambiar de ventanilla. Viscosidades del poder.

Otro dato sugestivo del último discurso de Cristina es su contenido. Acusó, por ejemplo, al banquero Jorge Brito como referente de los "titulares" o "directores técnicos" de esa lista de Massa a la que supone de "suplentes" y recordó que, a fines de 2011, parte de estos grupos económicos le habían iniciado una corrida cambiaria. En forma y en contenido, esta retórica lleva una firma inequívoca: Guillermo Moreno, pionero en vapulear a ejecutivos de cargo menor porque, explica, él prefiere hablar "con dueños".

Este triunfo cultural del secretario de Comercio podría desmentir versiones de funcionarios del Palacio de Hacienda que afirman que ya existe acuerdo para su salida en septiembre. Las ganas traicionan: hay mucho malestar con Moreno en esa área. Más honesta pareció Débora Giorgi el jueves en el Banco Nación ante 500 empresarios pyme. "Si alguno necesita un insumo o una máquina, este ministerio está abierto: vengan, que yo hablo con el secretario de Comercio", tranquilizó. Hay que reconocerle al kirchnerismo esa batalla contra los organigramas: ¿qué mejor que una ministra para convencer a un secretario?

Esa misma tarde, la Secretaría de Comercio volvía a difundir un comunicado emitido el lunes, horas después de la elección, con un llamado a la población titulado: "Se sugiere reducir el consumo de zapallitos". El blanqueo de capitales, su último desvelo, sigue lejos de despegar, y la inflación volvió a acelerarse en julio.

Pero sería un error juzgar a Moreno con criterios de sector privado. Es decir, por resultados. Su acierto fue otro: haberse convertido en el jefe de contenidos de un modelo sustentado en palabras. Cuanto más tambalea el modelo, más lo necesita la Presidenta.

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