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La Presidenta, ¿es o se hace?

Opinión

¿La Presidenta piensa en serio que ganó las elecciones y que algunos periodistas y medios hostiles le están contando al público otra película? ¿Ella está representando un papel o de verdad cree en lo que dice? Un dirigente muy cercano a Sergio Massa me explicó: "No te confundas. Ella no ignora la realidad. Sólo le está hablando a la tropa, para que no se produzca un desbande generalizado". Le pregunté si no era contraproducente negar lo que es obvio. Me respondió que mucho peor sería una fuga masiva de intendentes y gobernadores desde el FPV hacia el Frente Renovador.

Me quedé tranquilo con esa explicación "política" hasta que Cristina Fernández empezó a usar sus cuentas de Facebook y de Twitter para responder al Grupo Clarín y al periodista Jorge Lanata. Eso es algo que el ex presidente Néstor Kirchner nunca hubiera hecho. Lo sé porque, apenas salió publicado El D ueño, me mandó a decir por uno de sus hombres de confianza que jamás hablaría sobre el libro en público. "No voy a cometer el error de reaccionar. No voy a hacer nada que te haga vender un solo ejemplar más", fue el mensaje que me envió para que me quedara claro lo disgustado que estaba. ¿Por qué Cristina Fernández violó una ley sagrada de la política y de la comunicación, y suscribió un comunicado oficial en el que calificaba de mentira e intento de golpe de Estado la investigación de Periodismo para t odos sobre su visita de 13 horas a las islas Seychelles? ¿Por qué envió a uno de sus voceros menos eficientes, Oscar Parrilli, a insultar a Lanata y calificarlo de sicario y asesino mediático, entre otras enormidades? No hay que ser un experto en opinión pública para entender que no hay peor negocio para un político que enfrentar a un medio o a un periodista considerado creíble y con una alta imagen positiva. Y menos con semejante apoyo editorial detrás. Tampoco se necesitan demasiadas luces para comprender que el impacto de la victoria de Massa sobre Martín Insaurralde no terminó al día siguiente de las PASO, sino que se profundizará la derrota, a menos que Ella envíe una señal de que escuchó la demanda de quienes no votaron al oficialismo.

No comparto la hipótesis del desequilibrio emocional provocado por el duelo de una paliza electoral que no terminó de asimilar. La Presidenta ejerce su cargo a fondo y en pleno uso de sus facultades mentales. Es evidente que sabe bien lo que dice y lo que hace. ¿Pudo haber cedido a un impulso, sentir y gritar que nadie había salido a defenderla de una acusación personal y ordenarle a Parrilli que se dignara a poner la cara por Ella? Esto me parece más verosímil. Y, en todo caso, formaría parte de la cadena de errores personales que viene cometiendo desde que ganó, en octubre de 2011, con el 54% de los votos. No es necesario detallarlos otra vez. Sí es apropiado recordar que la estrategia de la última campaña fue un fiasco. Desde la elección de un candidato poco conocido hasta la filtración de la noticia del robo a la casa de Massa, pasando por la insoportable propaganda engañosa de los programas oficiales y paraoficiales. Tampoco tiene mucha lógica la teoría del "intento de golpe de Estado institucional" por el hecho de que la oposición reclame la presidencia de la Cámara de Diputados, si gana con mucha diferencia en octubre. Es indudable que Parrilli no pudo haber abierto la boca sin la autorización de Cristina. Pero, ¿Juliana Di Tullio, jefa de bloque de los diputados del FPV, consultó a la jefa del Estado antes de revolear semejante elucubración? Alguien debería recordarle a Cristina Fernández que el argumento del intento de golpe no sirvió para convencer ni a propios ni extraños. Más bien, puso en evidencia la debilidad y la desesperación de dos dirigentes cuyo ciclo empezaba a terminar, con pena pero sin gloria.

Una tercera posibilidad, entre la supuesta actuación y la aparente torpeza, es que la Presidenta suponga que, si la teoría del enemigo necesario de Ernesto Laclau viene funcionando desde 2003, no habría por qué comportarse de otra manera, aunque los resultados indiquen lo contrario. A Kirchner y a Ella la fabricación de un contendiente real o imaginario les permitió ganar todas las elecciones, excepto la de junio de 2009 y la del pasado 19 de agosto. Poner a las "corporaciones" y a "los grupos concentrados" del lado de los malos y erigirse como los defensores de los más débiles y de los más desposeídos parecía una estrategia imbatible. Mientras la economía y el consumo funcionaran más o menos bien, el relato soportaría casi todo, incluso las mentiras del Indec, las "prepoteadas" de Moreno y el no hacerse cargo del problema de la inseguridad. ¿Qué fue lo que hizo que Cristina perdiera casi la mitad de los votos? ¿El cepo cambiario, los hechos de violencia, las denuncias de corrupción o la aparición de un ex kirchnerista que, sin ser un estadista, dijo las tres o cuatro cosas que tenía que decir en el momento oportuno y en el lugar exacto?

Cuanto antes encuentre la Presidenta las respuestas, más rápido volverá sobre su eje. Pero la decisión de recalentar el ambiente político es un lujo que ni siquiera Ella se debería permitir. El peronismo puede perdonar cualquier cosa, menos un jefe de Estado que no se muestre dispuesto a terminar su mandato. Hasta los gobernadores y los intendentes que pusieron la cara frente a la derrota en Tecnópolis están murmurando, preocupados. Uno de ellos me dijo que espera el momento apropiado para decirle a la Presidenta, de la mejor manera posible, las cosas que no se atrevió a plantearle en los últimos dos años. "El problema es que todavía no me atendió el teléfono", aclaró. Quizás en esa confesión se encuentre el verdadero motivo del comportamiento de Cristina Fernández. Su ensimismamiento, su incapacidad de escuchar, su sentimiento de superioridad moral y su egocentrismo. No es una patología ni un diagnóstico médico. Son características personales y, en Ella, se notan a simple vista.

El gobernador Daniel Scioli las sufrió en carne propia más de una vez y, en especial, durante el último año. Que ahora aparezca como el más leal de los cristinistas y advierta sobre un presunto intento de desestabilización confunde a propios y extraños. ¿Lo piensa de verdad o también está abriendo el paraguas para evitar una enorme fuga de votos? En todo caso, si su intención sincera es aportar tranquilidad y concordia a un microclima de mucha tensión, el efecto que producen sus alertas va en la dirección contraria.

© LA NACION.

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