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Empresarios & cía

Apuros de un poder que no es eterno

Opinión

Por   | LA NACION

 
 

Dicen que la casa no se ve ni desde el agua ni desde la tierra. Que está edificada sobre un mar de coral milenario y que sus materiales de construcción la vuelven única en el mundo: caoba, bankirai, pino de Oregón y coralina, trabajados por unos 40 obreros trasladados especialmente desde la isla de Bali, Indonesia. Julio Iglesias no pudo haber puesto mejor empeño para la residencia que, desde 2001, tiene en el barrio Los Corales Resort & Club de Punta Cana, República Dominicana.

Una casa de ensueño en la que Daniel Scioli, gobernador de la provincia de Buenos Aires, pasó cinco días de descanso la semana pasada, inmediatamente después de la derrota bonaerense del kirchnerismo en las elecciones primarias. El viaje al paraíso en la Tierra del autor de "Soy un truhán, soy un señor" se hizo en silencio, a bordo del avión Gulfstream G3 del empresario Gerardo Werthein, y tenía prevista una semana de duración.

Que el piloto haya sido Luis Tantessio, uno de los comandantes del famoso Lear Jet de Ricardo Jaime, es una desafortunada e inocente coincidencia. Bastante menos relevante que las urgencias partidarias que obligaron a acortar a cinco días la escapada del gobernador. "Me olvidé de vivir", apuntaría aquí el dueño de casa y amigo del gobernador. La política tiene estas cosas. Desde aquel golpe en las internas, el Gobierno viene tomando conciencia de que, pese al fervor de dirigentes como Diana Conti o Carlos Kunkel, ciertas cuestiones de poder no son eternas y requerirán otra campaña extenuante, sin remansos caribeños, para sostenerse.

Scioli nunca es inocente. Y aprovechó la última reunión del Consejo de las Américas, anteayer, para aludir a un tema tabú de la militancia: el fin del mandato de Cristina Kirchner. "Este gobierno tiene que terminar lo mejor posible", soltó.

La presunción de que no habrá reelección parece abarcar a todos. Gustavo Lipovich, jefe del Organismo Regulador del Sistema Nacional de Aeropuertos (Orsna), deslizó en privado en estos días, en medio de la controversia por la resolución que le quita el hangar de Aeroparque al grupo LAN, que la oportunidad del avance se debía a tiempos políticos. Tanto él como su jefe de conducción, Axel Kicillof, y Mariano Recalde, presidente de Aerolíneas Argentinas, saben que cualquier decisión podría ser más difícil de acatar con otro revés electoral en octubre. Y que, más allá en el tiempo, la clásica búsqueda de culpables dentro del peronismo empezará por ellos, la nueva generación nunca asimilada del todo en el movimiento.

Algunos pasajes del encuentro de la Presidenta con empresarios, desarrollado el miércoles pasado en Río Gallegos, confirman esta noción. Fue una jornada larga que mostró a una Cristina auténtica. Hacía calor en el recinto y proliferaron, por ejemplo, las órdenes y contraórdenes de abrir y cerrar la ventana al personal de ceremonial. Hubo ironías como la lanzada a Héctor Méndez, presidente de la Unión Industrial Argentina (UIA), a quien la jefa del Estado le preguntó qué tenía que hacer el Gobierno para no perder votos. El líder fabril, que venía de pronosticar que si no cambiaba se expondría a una derrota peor, dijo haber sido malinterpretado por los medios. Y dio así pie a Eduardo Eurnekian, que propuso no involucrar a todos como emisores de críticas.

Entonces, un tema en apariencia insignificante a la política doméstica desencadenó lo más sugestivo. Cristina se había adentrado en un fallo que la Organización Mundial de Comercio (OMC) tiene pendiente sobre las declaraciones juradas anticipadas de importaciones (DJAI) y que podría dictarse en 2015. La extensión de la charla, y acaso el salteo del almuerzo, traicionaban la atención de unos cuantos. Incluso de la Presidenta, que confundió a la OMC con "la OIT" (por la Organización Internacional del Trabajo) y les insufló a las DJAI un dejo anglosajón: "diyei", pronunció siempre. Allí, al referirse a esa próxima sentencia, agregó: "Veremos cómo defiende a la industria el próximo gobierno".

¿Se terminaba el sueño de Cristina inmortal? A los hombres de negocios no los sorprendió; lo tomaron con la misma naturalidad que otra frase presidencial contemporizadora y definitiva: "En el final de mi mandato, a estas alturas, que soy abuela, no me van a hacer pelear con nadie". ¿Tendrá nomás razón Alberto Rodríguez Saá, peronista de pensamiento lateral, que viene pronosticando que la Argentina cambiará positivamente con la llegada al mundo de Néstor Iván? ¿O se trata de una sobreactuación?

Las elecciones de octubre darán la respuesta final. Hasta ahora, pese a los apuros de La Cámpora, la táctica electoral más adecuada parece la aplicada ya en las presidenciales de 2011: irritar espanta votos. Pero será la Presidenta quien defina los alcances. ¿La pondrá en práctica, por caso, en su cuenta de Twitter? No siempre es ella la que tuitea; suele escribir manuscritos que pasa a sus secretarios. Anteayer, a las 18.36, en el mismo instante en que encabezaba en el Palacio San Martín un extenso acto por la clausura de sesiones de la Conferencia General para la Proscripción de las Armas Nucleares en América latina y el Caribe (Opanal), escribió: "[EN VIVO] Cierre de Opanal, con la participación de delegados de 33 países, por primera vez en la Argentina".

Tal vez esta pretendida tranquilidad en gestos y discurso pueda explicar la decisión de excluir a Guillermo Moreno, el hombre que maneja la economía, del encuentro de Río Gallegos. "Si venía Moreno era un quilombo", se sinceró uno de los asistentes. El monopolio de los encargos presidenciales lo tuvo Kicillof, probablemente quien confeccionó el paper con las comparaciones de una decena de ítems entre la Argentina, Australia y Canadá que le insumieron casi media hora de exposición a la Presidenta.

Moreno parece haber entendido el juego. Algo que no lo exime de comentarios punzantes hacia el viceministro de Economía, a quien en el fondo jamás respetó. La semana pasada, durante un encuentro con empresarios, ordenó que le entregaran a Kicillof la información de cada compañía. "Si no se lo dan a él, dénselo al custodio", reforzó. ¿Al custodio?, se extrañaron los ejecutivos. Moreno hablaba en realidad de Emmanuel Agis, subsecretario de Política Económica. "Sí, bueno, no sé si es el custodio -aclaró-. Ese alto que tiene siempre atrás. De economía no entiende, así que debe ser el custodio."

Un peronista experimentado huele perfectamente cuándo sobrevienen los momentos de debilidad y, más aún, quiénes serán las primeras víctimas.

© LA NACION.

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