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Una apología del mejor editor literario argentino

Opinión

Algunas columnas atrás fuimos algo injustos (pero sólo un poco) al hablar de la ceguera de los editores argentinos, esas figuras que disponen el menú de lo que usted y yo leemos, en materia de novedades literarias, todos los meses en la Argentina. Porque lo cierto es que hay todavía unas cuantas personas cuya vista goza, por fortuna, de buena salud. Mencionarlos a todos sería garantía de sumar nuevas (¡más aún!) enemistades, porque de seguro nos olvidaríamos de varios. Así que hablaremos apenas de uno, cuyo nombre probablemente no les suene demasiado, pero a quien debemos muchas de las mejores novelas que pudimos leer en los últimos años. Desde hace por lo menos dos décadas, Luis Chitarroni (Buenos Aires, 1958) viene influyendo discreta pero sostenidamente en el campo literario argentino, desde los tiempos en que era miembro de la revista Babel (que dirigían Martín Caparrós y Jorge Dorio, y en cuyas filas militaban Charlie Feiling, Guillermo Saavedra, Marcelo Cohen, Alan Pauls, Daniel Guebel y Sergio Bizzio, entre otros) y editor en la antigua editorial Sudamericana. Hoy, Chitarroni trabaja para el pequeño sello La Bestia Equilátera, cuya dimensión física es inversamente proporcional a la calidad del catálogo que viene construyendo desde el otoño de 2006.

Rara especie dentro del campo cultural, ya no quedan editores de su talento en los grandes sellos, rendidos casi por completo a los mandatos de la rentabilidad urgente

Lector infatigable de la obra de Vladimir Nabokov, por quien profesa una admiración sin límites, Chitarroni es uno de los mayores especialistas en literatura inglesa que existan de este lado del mapa. Y no solo eso. Tiene la asombrosa capacidad de rescatar del olvido, y poner en circulación, a autores cuyas obras logran un infrecuente equilibrio: son inteligentes, sofisticadas y a la vez extremadamente divertidas. A él le debemos la existencia en castellano de los libros de Alfred Hayes ( Los enamorados ), L.J. Davis ( Una vida plena ), Elliott Chaze ( Mi ángel tiene alas negras ), Julian Maclaren-Ross ( Noches en Fitzrovia ), Muriel Spark ( Robinson ), H.C. Lewis ( El caballero que cayó al mar ) o V.S. Pritchett ( Amor ciego ). Es muy difícil que una novela o un libro de cuentos que haya pasado por sus manos y llegue a las librerías defraude la expectativa del lector. Rara especie dentro del campo cultural, ya no quedan editores de su talento en los grandes sellos, rendidos casi por completo a los mandatos de la rentabilidad urgente.

¿Cómo decide qué publicar y qué no, sabiendo que los márgenes de error en una editorial independiente no son lo que se dice precisamente amplios? Lo explica él mismo en una nota aparecida tiempo atrás: "No somos frívolos, no somos snobs y no somos exquisitos (alguien dirá mientras bosteza: 'si lo niegan con tanta furia, algo de cierto habrá en la imputación'). Tiene que ver con el grado de legibilidad y de recepción que, juzgamos, el libro debe reunir en un 'mercado' que, como dije antes, ha sido manipulado por el marketing, las mentiras y las falsas promesas". Nadie debe haber aprendido a desconfiar de los premios y de las menciones literarias más que él, pero existe cierto grado de justicia poética en el hecho de que haya sido elegido, en el 2012, como el mejor editor del año por la Feria del Libro de Buenos Aires.

A los lectores les queda, mientras tanto, esperar que pueda seguir sorprendiendo con los libros que elija editar

Pero Chitarroni no es sólo un editor. Cada tanto, muy cada tanto, publica algún libro de ensayos (Mil tazas de té), una colección de breves biografías imaginarias ( Siluetas ) o una novela ( Peripecias del no, señalada por Beatriz Sarlo como el "hecho más destacado de la literatura argentina", en 2007). Su primera novela, El carapálida, distribuida originalmente hace más de quince años, fue reeditada poco tiempo atrás. En sus páginas, Chitarroni reconstruye el último año de cursada de la escuela primaria (estamos en 1971) de un grupo de alumnos bonaerenses, pero esa es sólo la premisa principal: lo cierto es que, pese a ser algo así como una Juvenilia del siglo XX, El carapálida es en verdad una novela que desconfía del pasado, de la percepción, de los mecanismos de la memoria e incluso de la propia narración literaria. Alejada de la prosa delgada, de papel de calcar, que tanto abunda en la literatura argentina comtemporánea, la de Chitarroni es de un espesor difícil de encontrar: como decía Borges de Kipling, es un autor que parece usar todo el diccionario a la hora de escribir (y es por eso que en sus libros uno puede toparse con palabras como "gaviero", "conticinio", "ocelo", "grébano", "hipocorístico" o "anacrucis", sin que por ello la historia se resienta un ápice; más bien todo lo contrario).

Volviendo al tema de las condiciones oftalmológicas de los profesionales de la edición, la próxima novela que Chitarroni entregará en breve llevará el título de.... Miopía progresiva. Quien desconfíe de esta suerte de apología desinteresada tendrá la posibilidad de cotejar en persona cada una de estas afirmaciones, a partir del miércoles que viene, cuando Chitarroni comience a dictar el seminario "La ficción no nos deja mentir", en el Centro Cultural San Martín. A los lectores les queda, mientras tanto, esperar que pueda seguir sorprendiendo con los libros que elija editar. Y que lo haga por mucho tiempo más..

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