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Aerolíneas ante el incómodo espejo de LAN

Opinión

Cuando una nación compite con otras dentro de su propio territorio, el solo hecho de ser "local" le da ciertas ventajas, como el conocimiento del terreno y del mercado donde actúa. Además, el gobierno de esa nación diseña las reglas del juego de la competencia, a las cuales deberán ajustarse las demás empresas que aspiren a competir con ella. Pero estas reglas pueden ser más o menos abiertas o más o menos cerradas en relación con las empresas extranjeras, según sea la vocación competitiva del país receptor.

La imagen que ha prevalecido en esta materia se ilustra con animales, el erizo o el puercoespín de un lado, y el zorro o la liebre del otro. Mientras la liebre y el zorro tienen un espíritu aventurero que los incita a competir, el erizo y el puercoespín se cierran sobre sí mismos para protegerse. Aquéllos aman la libertad. Éstos, la seguridad. Aquéllos son innovadores. Éstos son estáticos. Hay algo en el carácter de cada pueblo que lo inclina, según sea el caso, por la libertad o por la seguridad.

Todo depende también del grado de desarrollo que tenga un país en un momento dado. Los países que se sienten "ganadores" aceptan de buen grado la competencia. Los países que se sienten "perdedores" tratan de evitarla. De los países que evitan la competencia decimos que son "proteccionistas", porque su primer cuidado es proteger, por lo pronto, lo que ya tienen. Otros países, que se tienen más confianza, antes que proteger lo que ya tienen se inclinan por buscar lo que les falta. Estas distinciones valen no sólo para los países, sino también para sus diversos sectores. El campo argentino, porque se siente competitivo, invade el mundo. La industria argentina, al contrario, necesita protección.

Las tendencias proteccionistas pueden ser razonables o enfermizas. En general, los países nuevos han buscado protegerse contra otros más desarrollados hasta que, ellos también, se sintieron competitivos y recién entonces se animaron a salir al ruedo. Es natural por eso que las naciones jóvenes se inclinen por el proteccionismo hasta que les llegue la hora. Pero hay países y hay sectores a los que nunca parece haberles llegado la hora de competir. Son como Peter Pan: eternos niños que, a la primera dificultad, se refugian ansiosamente en el regazo materno.

A partir de estas distinciones preliminares, ¿nos atreveríamos a sostener que Aerolíneas Argentinas tiene un espíritu competitivo o le adjudicaríamos, al revés, la patológica inclinación de Peter Pan? Se conocieron hace unos días gracias al periodista Roberto García las gestiones que hizo el presidente de Aerolíneas, Mariano Recalde, para que el Gobierno intentara prohibir la expansión y hasta la acción de LAN en nuestro país. Pero Recalde no preside una verdadera empresa; su papel es, más bien, asegurar una posición política de privilegio para él y para La Cámpora. LAN es una empresa privada. A Aerolíneas la han convertido, al contrario, en un monopolio en manos del Estado que derrocha a raudales el dinero de los argentinos, sin haberlos siquiera consultado.

¿De dónde proviene el temor a LAN de los gestores de Aerolíneas? Si Recalde tiene en la práctica el monopolio aéreo en nuestro territorio, ¿por qué le teme tanto a LAN, hasta el punto de pretender que se vaya de la Argentina? La respuesta es simple: desde el punto de vista kirchnerista, LAN es un mal ejemplo. Allí donde cunda la libertad de competir, los Peter Pan que abundan entre nosotros se sentirán amenazados. Bastan las andanzas de una sola liebre para inquietar a los erizos.

Si el campo se desarrolló naturalmente entre nosotros, otra historia fue la de la industria. Sería ridículo sostener, en este sentido, que no debimos desarrollar la industria. Todos los países la tienen. Es más: el desarrollo industrial fue, entre nosotros, una política de Estado desde comienzos del siglo XX cuando la visión de Carlos Pellegrini dio nacimiento a la Unión Industrial. Y nos animaríamos a decir, además, que Pellegrini se inclinó por el mismo tipo de proteccionismo racional que caracterizó a los países jóvenes como el nuestro.

La irrupción de LAN en el panorama argentino pudo haberse tomado como un desafío para que entre nosotros se desarrollara el saludable impulso de competir. Lo que predominó en nuestro Gobierno, en cambio, fue la patología de Peter Pan. Habría que preguntarse finalmente por qué chocan las historias de las dos compañías aéreas de Chile y la Argentina. Quizá choquen igualmente que Chile y la Argentina. A los chilenos no les sobra nada. Si Chile hubiera seguido nuestro camino, ya no existiría. Por eso no lo ha seguido. Por eso LAN es una empresa altamente competitiva, mientras que Aerolíneas es otra más de nuestras cajas políticas. La función del Estado moderno es obligar a sus empresas, sean ellas estatales o privadas, a competir. ¿Hace falta verdaderamente esto en la gorda Argentina?

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