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Tolerancia ética

El lado B de la corrupción

Opinión

Si creemos que la deshonestidad es necesaria para llegar al poder y mantenerlo, ¿cómo podríamos darnos un líder honesto, que a la vez sea capaz y no un contraejemplo cultural?

Por   | Para LA NACION

 
 

Recién ahora, cuando todo huele a fin de ciclo, los presos se fugan de una cárcel de máxima seguridad, la economía se resquebraja y Jorge Lanata emite programas taquilleros mostrando paraísos fiscales, supuestamente ligados a operaciones financieras de la Presidenta, la corrupción parece hacerse evidente para una amplia franja de la sociedad, incluso más allá de la clase media, habitualmente sensible a cuestiones éticas. Asociada a otros males -inflación, inseguridad, falta de previsibilidad en la economía-, el vínculo non sancto entre política y empresarios amigos del Gobierno -un engranaje clave del modelo desde los inicios de la era K-, sólo se percibe con nitidez después de una década. Cuando el daño ya está hecho.

Algo similar había ocurrido con Carlos Menem, a fines de los noventa, a pesar de que las denuncias de corrupción se habían convertido, casi, en la razón de ser del periodismo de aquella década. Y hoy, el umbral de tolerancia a la corrupción de la centroizquierda ligada al oficialismo merecería un capítulo aparte. O un tratado de psiquiatría. Un buen ejemplo lo ofrece Martín Sabbatella, el actual titular de Afsca y ex intendente de Morón, que creció políticamente denunciando escándalos de corrupción durante el menemismo, los mismos que ahora le perdona al kirchnerismo.

¿Será tan alto el umbral de tolerancia en otros países? ¿Por qué la corrupción preocupa sólo cuando está asociada a otros males y no como una cuestión ética?

Hace unos años, en una redacción que integraba, alguien propuso un título: "¿Por qué somos corruptos los argentinos? La idea era hacer foco en el lado B de la corrupción. Es decir, en la parte oscura de nosotros como sociedad y no tanto en la dirigencia. La investigación apuntaría a capturar ese punto ciego que hace que toleremos -y sigamos votando- a los dirigentes corruptos. Como decía Margarita Stolbizer antes de las primarias: "La gente tiene un discurso contra la corrupción, pero al momento de elegir es capaz de taparse los ojos y la nariz, y votarlos".

¿Acaso las sociedades no producen líderes que se le parecen?

La sala de reuniones quedó en silencio, como si cada uno estuviera procesando el alcance de una propuesta que, de algún modo, nos incriminaba.

Algún día habría que listar el top ten de las creencias nacionales. ¿En qué creemos los argentinos? Es muy probable que la naturalización de la corrupción figure entre las creencias populares más arraigadas. La enunciación podría ser así: en la Argentina, nadie demasiado honesto puede llegar al poder y, mucho menos, conservarlo. Idea que se complementa con esta otra: corruptos son todos los gobiernos porque una cuota (de corrupción) es necesaria en la real politik. Y una tercera: si la corrupción coexiste con un buen fin - un fin superior, digamos, como podría ser "el modelo" -, podemos hacer la vista gorda.

¿No somos responsables por lo que elegimos creer? ¿Hay creencias inocuas? ¿Acaso no actuamos siempre en base a un sistema de creencias, personal o colectivo? Estas creencias, por caso, fueron las mismas que formatearon el ascenso de Néstor Kirchner al poder: "Para hacer política, hay que tener platita", fue la idea-eje que le permitió crecer, pero que se terminó transformando en una obsesión por acumular dinero. La justificación final es conocida: fortalecerse frente a "las grandes corporaciones", aliándose con empresarios amigos.

Tal vez sea políticamente correcto condenar estas prácticas en voz alta ante un encuestador; sin embargo, los hechos demuestran que en la Argentina la corrupción no afecta sustancialmente el voto mientras no se sumen otros deterioros.

Si creemos que la corrupción es un ingrediente necesario para llegar al poder y mantenerlo, ¿cómo fabricaríamos un líder honesto, que a la vez sea potente, eficaz e inspirador, un líder que funcione como ejemplo visible y no como contraejemplo cultural? Hace unos años, un grupo de politólogas alemanas descubrió que una de las ideas que más obstaculizaban el ascenso de las mujeres en la carrera política era la creencia de que el poder es malo, sucio y corrupto. ¿Quién querría obtener algo es percibido como oscuro y destructivo?

La cultura de la corrupción se alimenta de una mentalidad extractiva. Una ideología que se pregunta qué puede extraer de una determinada situación o persona, en lugar de pensar en lo que puede aportar. Una cultura que confía en los resultados y poco en los procesos. Tiene fe en las soluciones rápidas, cultiva una visión de escasez. Descree de la honestidad como camino para obtener beneficios, sobre todo materiales.

¿Y no hay comportamientos sociales, de la vida cotidiana, que pertenecen a esa misma familia? Sólo para enumerar algunos: pagar coimas para obtener beneficios; tergiversar las finanzas personales para pagar menos impuestos; hacer gambetas para evadir la ley (y gambetearla sin culpa); no hacerse cargo de las propias acciones intentado descargar la culpa en algún otro; comprar objetos que podrían ser robados para ahorrarse unos pesos (repuestos del auto, por ejemplo); trabajar en un lugar donde se practica la corrupción, aunque no la practiquemos nosotros directamente; usar un cargo o una profesión para obtener ventajas o privilegios; traficar influencias ("tocar contactos para"); apropiarse del tiempo ajeno, deseando que quien trabaja para nosotros (en casa, la empresa, la pyme) lo haga por el máximo de tiempo y el mínimo de dinero.

En cierta ocasión, durante una charla en off the record, un político con quien solía hablar a menudo me contó que una vez había estado a punto de quedarse con un aporte de campaña pero que, al final, se arrepintió y devolvió el dinero. Con la protección del off the record, me contó una experiencia reveladora de la corrupción, en primera persona. Algo que yo no había escuchado jamás, menos con ese nivel de honestidad.

El asunto había sido así: el hombre se había pasado del peronismo a la Alianza y, en la elección de 1999, había conseguido que un grupo empresario aportara 100.000 pesos (entonces dólares) para hacer campaña en su distrito. Era mucho dinero para un distrito pequeño, mientras él tenía deudas, varios hijos y una economía descalabrada. Además, eran recursos que él había conseguido. ¿No merecía una parte? ¿Quién se iba a enterar, si no había recibos, facturas ni nada? Todas esas ideas se le pasaron por la mente durante una semana, hasta que finalmente sintió que no podía hacerlo. Y terminó devolviendo la plata a su destino original. Quedó aliviado, pero sorprendido de sí mismo. "Después de haberme pasado la vida criticando la corrupción de otros -me dijo-, nunca me había dado cuenta de cuán vulnerable podía ser yo mismo". Había tocado su lado B y hasta se atrevió a contarlo.

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