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LA NACION
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Graciela Guadalupe
Domingo 01 de septiembre de 2013
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"Cristina va a cambiar si se le antoja." (Del senador Aníbal Fernández.)

Ni síndrome de Hubris, ni bipolaridad, ni trastornos obsesivos. Todos los pseudopsiquiatras que en los últimos tiempos trataron de diagnosticar a la Presidenta, con sólo observar sus reacciones cambiantes, su exceso de maquillaje tras una paliza electoral, sus absoluciones y condenas a laderos políticos, y su insistencia en cogobernar con el recuerdo de Él, nunca repararon en la raíz profunda de esas conductas. Una vez más, tuvimos que esperar que hable el senador Aníbal Fernández para que nos desasne. Cristina hace todo lo que hace porque "se le antoja", dijo el doctor que, aunque no es médico, le conoce perfectamente la historia clínica.

Listo. Eso explica todo y pone en ridículo las "balas de tinta" lanzadas por la prensa para cuestionar la nueva oferta a bonistas. ¿Por qué Cristina reabrió el canje de deuda después de haber demonizado a los "buitres"? Porque le piace .

¿Por qué decidió subir ahora el piso de Ganancias, que tanto le reclamaban kirchneristas y opositores antes de las PASO? Porque sí. ¿Y la tardía convocatoria a empresarios y a sindicalistas aunque no a todos, tampoco exageremos para buscar consensos? ¿Y autorizar a sus funcionarios para que reconozcan públicamente que la inseguridad es un problema serio, no creado por los medios? ¿Y mandar a Echegaray a explicar las nuevas medidas al canal de cable TN, el corazón de la misma "corpo"?

Porque se le ocurre y punto. Porque no es poca cosa tener que ejercer el poder en medio de una caterva de esbirros desorientados como Recalde junior con su video de estudiantina en el que cuenta que él mismo le había pedido a Cristina que le sacara las rutas a LAN mientras Kicillof tilda de "hangarcito" el predio de la disputa en Aeroparque, pero, por las dudas, extorsiona a esa empresa para que otorgue a Aerolíneas babilónicos hangares en Chile y en Brasil.

Sí, señores. Hay que tener mucho coraje y poco miedo al ridículo para admitir que la compra de una pizza por delivery permitió recapturar a dos de los presos peligrosos fugados de varias cárceles (otros 12 siguen sueltos, pero sólo porque están esperando agarrarlos cuando vayan a alquilar una película).

El antojo, ese deseo pasajero de imponer un capricho, es el combustible ideológico de los grandes y sólo a ellos se les permite. Ya lo dijo Cristina recientemente: hemos llegado al colmo de que, "ahora, una jueza pida ver el contrato entre YPF y Chevron..." ¿Dónde se ha visto? Ese sí que es un capricho inaceptable.

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