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Editorial II

La tinta no destituye

Opinión

En vez de admitir los groseros errores de gestión, la Presidenta prefiere seguir atacando a la prensa independiente calificándola de golpista

Con un comparación tan falsa como absurda y peligrosa, Cristina Fernández de Kirchner ha vuelto a insistir con su teoría destituyente, según la cual la prensa independiente procura "derrocar o destituir gobiernos populares". Fue el jueves último en Berazategui, al reanudar la campaña electoral, cuando hizo suyas las palabras que acababa de pronunciar el intendente de esa comuna, Patricio Mussi. "Me encantó la metáfora -afirmó la jefa del Estado refiriéndose a una frase de Mussi-, lo de las balas de plomo que derrocaron a Perón con las balas de tinta que por ahí intentan derrocar o destituir gobiernos populares. ¡Qué metáfora tan exacta y tan perfecta!"

En boca de la Presidenta, esas palabras revisten una inusual gravedad por el ataque a la prensa que ellas encierran, pues la metáfora, lejos de ser "tan exacta y tan perfecta", es errónea y falaz de punta a punta. Ni las balas de plomo derrocaron a al general Juan Domingo Perón, ni existen balas de tinta, ni, en caso de existir, podrían destituir gobiernos. Perón no cayó por obra de las armas que alzó la Revolución Libertadora en 1955. Cayó, básicamente, porque su régimen se había agotado y abundaban los escándalos y las burdas muestras de autoritarismo.

Las "balas de tinta" no matan ni hieren, ni mucho menos derrocan gobiernos. Esos proyectiles sólo informan, analizan, investigan y critican. Forman opinión. Si esa opinión, al convertirse en el voto que se deposita en las urnas, resulta políticamente letal, es pura y exclusivamente porque la tinta, al margen de los errores que se puedan cometer, ha sabido transmitir la realidad en la que viven los lectores.

La sustancial hemorragia de votos que sufrió el kirchnerismo en las primarias abiertas, en las que perdió en los 24 partidos del conurbano nada menos que 27 puntos porcentuales respecto de las elecciones de 2011, no obedeció a lo que publicó la prensa independiente. Se debió, entre otros factores, a la inflación imparable, a la creciente falta de seguridad y a la corrupción impune. El periodismo independiente no creó esos fenómenos. Los reflejó, los reveló, los investigó, los analizó y los difundió. Y si a los lectores de esos medios les resultaron convincentes esas "balas de tinta" fue porque la inflación sobre la que leen en las columnas periodísticas es la misma que sufren en sus bolsillos y presupuestos, y porque la inseguridad, lejos de ser una invención o una "sensación", los deja inermes en la calle o en sus hogares ante una delincuencia en aumento y una policía cada vez más ausente, cuando no está actuando en complicidad con los delincuentes.

Veamos el caso inverso. ¿Por qué las "balas de tinta" y las "balas de aire" de las numerosas publicaciones y de los medios audioviosuales oficialistas resultan inocuas y fracasan sin remedio en su propósito de formar opinión? Porque difunden discursos sin el menor correlato en la realidad. De ahí la escasa cantidad de lectores de esos medios. Porque también, seamos francos, es en función de ese correlato en la realidad que los lectores eligen el tipo de periodismo que han de consumir.

Los gobiernos pierden popularidad y caminan hacia su ocaso definitivo exclusivamente debido a sus errores, a las medidas que toman y a las que no toman. Si existe la inflación y aumenta, de poco sirve falsear los índices del Indec. Si aumentan sin pausa los delitos graves a manos de la delincuencia homicida, de nada sirve negar el fenómeno, como finalmente parece haberlo advertido el Gobierno días atrás. Si los fondos jubilatorios son saqueados para invertirlos en proselitismo y los jubilados cobran sus haberes sin actualizaciones, debiendo hacer juicio al Estado durante años, de nada sirve proclamar la defensa de los derechos humanos, una defensa que, además, termina por mostrar su índole falaz cuando se repara en los dudosos antecedentes del nuevo jefe del Ejército. Éstas son las balas, y no de tinta, que han herido al kirchnerismo. Sus propias balas.

Y podemos agregar otras tan letales como perseguir a opositores y críticos empleando para ello los organismos del Estado; pretender el sometimiento de la Justicia para obtener impunidad en la avalancha de escándalos de corrupción que involucran a altos funcionarios; maladministrar empresas estatales; permitir que concesionarios amigos del Gobierno produzcan catástrofes ferroviarias por haber desviado fondos destinados a la infraestructura ferroviaria, y así podríamos seguir.

Ante ese panorama, es entendible, aunque inadmisible, que la Presidenta prefiera culpar al periodismo de fabular esa realidad. Entendible, porque la opción honesta sería la de asumir su enorme e intransferible responsabilidad. Inadmisible, porque es una mentira más de un relato oficialista que sólo busca ocultar las heridas que se autoinfligió..

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