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Al margen de la semana

Competir sin ser competitivo

Economía

A la inversa de lo que ocurre con el fútbol, resulta desconcertante la mezcla de resignación e indiferencia ante el hecho de que la Argentina haya caído a la "zona de promoción" en los rankings internacionales que miden la competitividad de su economía; su capacidad para atraer inversiones o la calidad de sus instituciones. En estos días se publicó el último informe del World Economic Forum (WEF), que la relega al puesto 104º en competitividad -sólo por delante de Venezuela, pero detrás de una decena de países de la región- y casi no hubo reacciones políticas. Ni siquiera se aproximaron a las que provocó la arbitraria comparación presidencial con Canadá y Australia (ubicados allí en las posiciones 14º y 20º).

Que la Argentina deba competir en un mundo más complicado y competitivo con menos condiciones para hacerlo, parecería ser una cuestión secundaria. Sin embargo, es clave para su futuro. Correr fuera de ese circuito aleja las perspectivas de desarrollo productivo, innovación tecnológica, creación de empleos calificados, inclusión y movilidad social y, en definitiva, mejor calidad de vida para sus habitantes. En cambio, incentiva la puja entre sectores o empresas por obtener ventajas a costa de otros, en detrimento del conjunto. El actual conflicto Aerolíneas-LAN es un ejemplo de esa competencia de "cabotaje".

Muchas veces el debate sobre competitividad no es tal, sino una excusa para abordar problemas colaterales a falta de políticas consistentes y sustentables. Sin ir más lejos, el "diálogo social" convocado por Cristina Kirchner para discutir el "modelo", nada tuvo que ver con ese objetivo. No incluyó como punto de partida el reconocimiento de la alta inflación que lleva implícito. Ni tampoco que el constante aumento del gasto público, necesario e innecesario, obliga a mayores dosis de presión tributaria y de emisión monetaria para financiarlo. De ahí que sólo fuera una pantalla para justificar la rebaja preelectoral -y transitoria en términos reales- del impuesto a las ganancias para un millón y medio de asalariados (que el Gobierno venía resistiendo con uñas y dientes hasta las PASO del 11 de agosto), a cambio de la creación de dos nuevos impuestos a las empresas, cuya recaudación ni siquiera cubrirá la mitad de su costo fiscal. Según el Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), el impuesto extra a la distribución de dividendos (ya gravados) eleva de 35 a 45% la tasa legal de ganancias (que no admite el ajuste de balances por inflación), frente a 20% en Chile; 25% en Uruguay y 25% en Brasil (donde se reduce a 15% para montos inferiores a 100.000 dólares).

Difícilmente esta medida aliente inversiones; o, en todo caso -según augura FIEL- favorecerá proyectos financiados con deuda (cuyos intereses nominales son deducibles) y complicará a las pymes que suelen hacerlo con capital propio. Esto se suma a la prohibición de girar utilidades al exterior, subproducto del cepo cambiario, que también ahuyenta inversiones extranjeras directas, una carrera donde la Argentina ya venía perdiendo posiciones: cayó del 3º al 6º puesto en el ranking latinoamericano en menos de 15 años.

Deterioro cambiario

En su atípica celebración del Día de la Industria, que este año reemplazó por un seminario sobre competitividad con la notoria ausencia de funcionarios oficiales, la UIA se cuidó muy bien de no colocar en primer plano el deterioro cambiario para no recibir el mote de "club de devaluadores", que suele aplicarle CFK. Allí los industriales destacaron que una devaluación aislada puede traer más problemas que soluciones; pero que también reducen la competitividad medidas oficiales como las aleatorias trabas a las importaciones, las demoras en reintegros de IVA o los cambios en los plazos de liquidación de exportaciones, en un marco de mayor presión tributaria.

Todo esto es tan cierto como que el tipo de cambio oficial acumula un deterioro frente a la suba de costos internos, que en términos reales lo ubica en niveles similares a los de fines de 2001. Pese a que el Banco Central aceleró en los últimos meses el ritmo de devaluación (a 25% anualizado en agosto) para acompañar la depreciación del real brasileño, a lo sumo frenó el deterioro acumulado sin mejorar la paridad real del peso frente al dólar. Es decir, una figura similar a la de un hamster corriendo a mayor velocidad dentro de una rueda, que no le permite moverse de lugar.

Según el economista Dante Sica, el atraso cambiario afecta mayormente a las empresas productoras de bienes transables que no invirtieron en tecnología para mejorar su productividad y escala. "Hay industrias que se parecen a la NASA y otras a las del siglo XIX", suele graficar. Pero más allá de la cuestión cambiaria y de esta heterogeneidad competitiva, admite otros problemas sistémicos que no encuentran eco oficial, como el mal estado de las rutas, los altos costos de logística por regulaciones aduaneras, la inseguridad (robo de camiones) o las trabas a importaciones de insumos y equipos, que no logran contrarrestar el creciente déficit energético.

La combinación de deterioro cambiario, mayores costos y alta presión tributaria también ha frenado las exportaciones de las economías regionales, que encuentran además mercados externos más protegidos.

En los pasillos del XX Congreso Anual de CREA, realizado en Córdoba, fue palpable el contraste entre la incertidumbre por la arcaica política para el agro y las mejores perspectivas que pueden surgir a mediano plazo si se apuesta a liberar potencial productivo en forma sustentable, con una política fiscal que favorezca un uso de tecnologías aún más intensivo que en las últimas dos décadas. No por casualidad Sergio Massa buscó aprovechar esa oportunidad, al presentarse allí fuera de programa y proclamar, en una peculiar conferencia de prensa paralela (de pie y rodeado de micrófonos y cámaras de TV), que su objetivo es que el campo llegue a 150 millones de toneladas y a 75 millones de cabezas de ganado. Para ello, dijo, se necesita debatir "una nueva matriz tributaria" y que el Estado "le saque el pie de encima" al sector. Música para los oídos de los productores.

Aún así pocos se ilusionan, en rigor, con el fin de las retenciones y menos para la soja. Pero sostienen que, si se eliminaran para el maíz, el costo fiscal podría compensarse con el efecto derrame de cosechas récord sobre otras actividades conexas como el transporte (la relación de uso de camiones es de 3 a 1 a favor del maíz frente a la soja), además de incentivar una rotación de cultivos más racional. Una medida así sería más efectiva que la prometida devolución de retenciones a los productores trigueros que, según el titular de la Sociedad Rural, Luis Etchevehere, no fue instrumentada y hará que el área sembrada suba apenas de 3,5 a 3,8 millones de hectáreas en campaña 2013/14.

Con los actuales problemas de competitividad, estas cuestiones exceden lo microeconómico. Sobre todo cuando la mayoría de las estimaciones privadas calcula que el superávit comercial se ubicará este año entre 8000 y 9000 millones de dólares (muy lejos de los 13.000 millones previstos en el presupuesto nacional para 2013) y las perspectivas para el próximo son aún menos favorables..

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