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Cristina y la década de la banalización

Opinión

Fernández sintió una fuerte explosión y saltó de la cama. Eran las cinco de la madrugada del sábado y un agudo olor a gasoil le pegó de frente. Percibió con sorpresa que todo el living vibraba y al abrir la puerta de calle vio el fuego. Primero fue una llamarada alta; luego lenguas bajas y ya inofensivas. La bomba molotov había sido arrojada contra la fachada. De haber pegado en la puerta de madera habría desencadenado un incendio y tal vez una tragedia: a pocos metros, en el interior del living, la familia de Fernández atesora varias garrafas. También falta el gas en Ibarreta, la ciudad formoseña de 20.000 habitantes que al día siguiente se haría famosa por la escasez y el infame tráfico de agua que sufren los vecinos más pobres. Luis Orlando Fernández es periodista desde hace 17 años y es el dueño desde hace cuatro de FM Libertad, una pequeña emisora que irradia inconformismo. Pero es sobre todo quien cometió el pecado de ayudar al equipo de Periodismo para Todos a televisar ese drama social que se transmitió el domingo por la noche.

A la represalia no le siguieron muestras públicas de solidaridad, salvo por parte del Foro de Periodismo Argentino (Fopea), que repudió el ataque. El oficialismo prefirió montar una operación para explicar que los vecinos sedientos eran extras y que la bomba era un autoatentado. Estamos siempre hablando de los pagos de Gildo Insfrán, ícono feudal y aliado íntimo del gobierno progresista que funciona en Balcarce 50.

Estos sucesos del Far West argentino derivan de una infección semántica y de un abuso de las analogías bélicas. Los dueños de los medios son, para el lenguaje oficialista, "generales" que preparan un "golpe" y los periodistas somos "sicarios" y "asesinos mediáticos" que disparamos "balas de tinta" y usamos "fierros" (micrófonos) para romper el orden constitucional. La palabra "molotov" desciende entonces del discurso a la realidad más cruda: deja así de ser una metáfora para ser un artefacto incendiario que puede matar. El juego irresponsable de esas palabras violentas habilita odios y también hechos concretos, luctuosos e incontrolables.

El asunto tiene, sin embargo, consecuencias de calado más profundo. Algo de eso percibió Nora Cortiñas, integrante de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora, cuando esta semana comentó los asados que los militantes kirchneristas organizan dentro de lo que alguna vez fue el tenebroso predio de la ESMA: "No se puede banalizar un lugar que fue de terror y muerte", dijo. Jugar al voley en Auschwitz. El verbo que utilizó Cortiñas es una marca de época. Estos años serán conocidos también como la década de la banalización. Un extraño y paradójico período en el que un gobierno que vino a reivindicar la memoria y a terminar de derrotar a una dictadura que ya había sido derrotada, consiguió que el vocablo "golpista" dejara de ser un insulto gravísimo y que la denuncia de un "golpe", por repetición y falsedad, dejara de ser creíble.

Hay gente en el planeta oficial que vive la irrealidad de una ficción épica con remembranza setentista. Porque una de las primeras cosas que se banalizó fue precisamente el setentismo. Resulta útil prestar un poco de atención al final del antológico video donde Mariano Recalde cuenta cómo están luchando contra la derecha pinochetista enquistada en la Argentina. Relajado frente a sus compañeros, el muchacho de La Cámpora muestra descarnadamente el cerrado microclima desde el que miran el mundo: "No estamos todavía con los huevos como para desviar un avión e irnos a Malvinas -dice Recalde-. Pero vamos a poner toda nuestra militancia en la gestión y nuestro compromiso con el peronismo". El discurso fue saludado con un cántico entusiasta: "Borón bombón, las aerolíneas son de Perón".

La referencia aludía a Dardo Cabo, ex militante ultranacionalista y luego montonero que fue asesinado cobardemente por los militares, pero que mucho antes, en septiembre de 1966, secuestró un avión de Aerolíneas, lo desvió a Malvinas, plantó una bandera y pasó tres años en prisión. Hay dos formas de ver aquel episodio: como una emocionante novela de aventuras digna de la picaresca de Soriano o como una reverenda estupidez política. Como al neocamporismo no le interesa demasiado la literatura, colijo que celebra sin riesgos, desde la comodidad del poder, la segunda alternativa. Al realizar este tipo de operaciones de historieta con los 70, con la liturgia peronista y hasta con las luchas federales del siglo XIX, no hacen más que vaciar todas esas cosas de contenido y convertir un difuso linaje en una parodia.

El castillo construido por el kirchnerismo con ese pasado ilusorio, donde se glorifican errores garrafales y se frivolizan gestas monstruosas, debe ser un lugar cómodo, placentero e hipnótico. Confieso una vez más mi afecto y admiración por Horacio González, a pesar de mis discrepancias ideológicas. Me pareció, no obstante, sintomático que en estos días el intelectual más lúcido de Carta Abierta haya entendido que el rechazo de un billete de Evita por parte de dos taxistas implicaba una evidencia de cómo "la vida cotidiana está sometida a la sobreexposición política". En verdad, los taxistas no son gorilas ni están abducidos por los medios. Son simplemente desconfiados, en un país donde se fabrican cien mil papeles de cien pesos por año, donde circulan en la vía pública cinco variaciones distintas del mismo valor y donde ese billete evitista salió a la calle como resultado de una improvisación total: no estaba hecho para permanecer ni para la masividad sino para un homenaje limitado; hubo que fabricarlo de apuro por orden presidencial y el dorso resultó defectuoso. No bien salió hubo falsificaciones, y varios jubilados resultaron víctimas. De hecho, la Anses tuvo que sacar un comunicado alertando a la población.

Esa burbuja ideológica hecha de épicas puede narcotizar a la militancia operativa e intelectual, pero no sería del todo grave si sus efluvios no alcanzaran y envolvieran a quienes deben tomar las máximas decisiones de un país que ha banalizado también la gestión de la economía, llenándola de mitos y esoterismo, y quitándole profesionalidad.

El domingo Mauricio Macri, que por lo opuesto cae en el error de desdeñar tradición y narrativa propias, mencionó en Perfil el "circulo rojo", concepto que utiliza en privado de manera despectiva: "No se puede gobernar para el círculo rojo". Algunos sociólogos denominan así al segmento poblacional hiperpolitizado, que vive obsesionado por la política y que no es fiel reflejo de lo que siente la sociedad. En ese segmento le pedían que hiciera un esfuerzo y se aliara con Massa y Scioli para derrotar electoralmente al cristinismo. De esa anécdota trivial, Cristina Kirchner construyó con sus tuits un nuevo complot. Para ella, el "círculo rojo" está formado de "personas muy influyentes que le hablaron a Macri para frenar el kirchnerismo. Me gustaría que dijera los nombres. Para mí no es necesario. Basta con leer diarios, escuchar radio o mirar televisión. Banqueros, dueños de medios, sus loros mediáticos, empresarios monopólicos, sindicalistas quemaurnas. O expertos en bloqueos, saqueos y otras yerbas. Nada nuevo bajo el sol, una vez más los intentos destituyentes". Luis D'Elía añadió una precisión: el golpe en ciernes será el 8 de noviembre. ¿Les interesarán, a esta altura del delirio, los hechos reales? El golpe y los golpistas son fantasmas de la burbuja. En cambio, las molotov existen y estallan de verdad..

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