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A repetición

La cadena nacional del Twitter

Opinión
 
 

La Presidenta debe de estar viviendo el duelo de comprender que la era Kirchner no es un antes y un después en la historia de nuestro pueblo. Está en el momento exacto en el que debe adecuar la grandilocuencia al tamaño de la realidad. Está en la situación de alguien al que se le está rescindiendo, sin demasiado previo aviso, el contrato de construcción de "la Patria Grande". Y que debe contrastar una doctrina con el texto que va escribiendo, a contramano, día a día, la realidad. Se trata de alguien que debe digerir que no será fundante de una época, sino apenas una pieza de ésta, que ya no será un eslabón entre los próceres latinoamericanos, sino una mandataria más, junto con Néstor, con su historia convencional de aciertos y errores. Su gestión será sólo una adicional, y si no reaccionara de manera adecuada, podría concluir, dentro de dos años, con mucha más pena que gloria.

Siempre será un desafío tratar de discernir la mala o buena fe de algunas afirmaciones delirantes de estos años. Porque hay dos opciones cuando se compara a Chávez con Bolívar, o a Kirchner con San Martín. Que sean afirmaciones cínicas de alguien que sabe que lo son o que sean afirmaciones de alguien que las cree profundamente, que está convencida de que ve lo que otros no ven y de que su misión es iluminar a los rezagados de la historia. A esta altura, resulta más verosímil lo segundo, cosa que, dicho sea de paso, siempre resultó la más riesgosa de las hipótesis. Porque, ¿cómo se retorna de esa gesta, de sentirse la salvación de un pueblo?

Sin duda es muy difícil. Y puede provocar también dos reacciones posibles: una es despertar e incorporarse rápidamente a la vigilia. Pero eso exigiría admitir el colapso de un sueño y exigiría una plasticidad y una capacidad de adaptación que a la Presidenta no se le han visto demasiado hasta el momento. (Algunos utilizan el ejemplo del viraje ante el Papa, pero la adaptación a Francisco fue un movimiento táctico más que estructural.) Supondría la inmediata comprensión de que debe trabajar para que vivamos una buena transición y que quede un buen legado. La segunda reacción a esta situación podría ser la tentación de castigar a tantos ingratos. Ingratos que se han resistido a ser llevados a la tierra prometida, que estaba allí, al alcance de la mano. Tentación de decir: no me merecen, no están a mi altura. Por lo tanto, de ahora en adelante me desentiendo de su padecimiento.

En cualquier caso, es difícil volver de aquellos extremos sin sentir, literalmente, un golpe. Tal vez en estos sueños desmedidos, que se encuentran en aterrizaje forzoso, pueda rastrearse la génesis de tanta denuncia destituyente. Uno de sus tuits recientes dice: "Nada nuevo bajo el sol, una vez más los intentos destituyentes. Y van.". Y otro: "¿Sabés qué? Los intentos de desestabilización nunca han tenido jueces o fiscales independientes". Pero nadie quiere que se vaya antes de tiempo, porque la sociedad ha aprendido de 2001 y quiere verla entregar la banda a otro presidente en 2015. ¿De dónde proviene entonces tanta persecución? Tal vez en que se está operando, en efecto, una destitución, sólo que en el plano de las manías de grandeza. Lo que está en caída es la idea de llevar a un pueblo de la mano a cruzar la cordillera de la historia hacia su segunda liberación. Si prosigue la insistencia, se parecerá casi a una añoranza.

La pasión que la Presidenta siente por tuitearnos permite rastrear, en tiempo real, su visión de las cosas. No es muy habitual para un primer mandatario su uso tan frecuente, y menos que sea utilizado, no para enviar mensajes institucionales, sino como diario de una épica personal, amplificado a todo el país. Aunque con tono de complicidad y de susurro al oído. "¿Sabés qué? Más temprano que tarde, las cosas cambian en todas partes." ¿Es éste un indicio de alguien que simplemente espera que la historia coincida con lo que tiene prefigurado? Por eso cabe también una tercera reacción posible a las planteadas anteriormente, a la que todos tememos, que sería la simple negación de la realidad. Carlos Pagni alude ayer en LA NACION a un presunto comentario de Scioli: "Todavía no advirtió que ha comenzado su partida". Ésa es la brecha que uno quisiera que se cierre. Y del modo como lo haga depende mucho de nuestro destino inmediato.

Twitter, al igual que la cadena nacional, cae como anillo al dedo, porque es un vehículo unilateral de expresión, que no necesita intercambio. En sus tuits no hay dudas, no hay matices, no hay perplejidad. De ese Sinaí virtual desciende, en cuotas, el dictamen de cómo son las cosas. Como si fueran adelantados a su tiempo, los grandes convencidos sienten que deben iluminar al resto. Aunque cabe aclarar que éste es un patrón de formas, y no de contenidos, porque hay predicadores tanto en la derecha como en la izquierda. (Ya en su momento Aldo Rico enarboló su contrameditación cartesiana: "La duda es la jactancia de los intelectuales".) Por eso, si de algo tiene que liberarse todavía nuestro país, es de las convicciones extremas.

Los tuits la emprenden también contra los fondos buitre. A nadie le resultan simpáticos, pero en la ecología de las finanzas ha aparecido quien se ocupa de la basura. Y si uno quiere tener lejos a estos animalitos, lo ideal no es vituperar su existencia, sino no producir carroña en forma de deuda. Otro de sus tuits, de indudable fineza, dice: "El reportaje a Brito! Casi me olvido. Interesante foto, banquero en diván de terapia pidiendo desdoblamiento cambiario". Pedir desdoblamiento en un sitio que está diseñado para unificar personalidades desdobladas.

Habría que apuntar, a lo anterior, que buena parte de la lectura de la realidad de la Presidenta está hecha en clave de desdoblamiento. "Como te decía al principio, aparecen los verdaderos intereses y los jugadores titulares. Por eso tanto silencio de radio de los suplentes." Para usar la expresión de Paul Ricoeur, la Presidenta milita junto con los maestros de la sospecha. Todo lo que ocurre tiene doble lectura, doble intención, y siempre lo que se juega está fuera de la vista. Para explicar el faltante, para subtitular la realidad, se emiten los tuits. Como la inaudita sospecha dirigida a Piñera, además de al extenso círculo rojo local.

Tal vez quien se ve imposibilitado de dirigir la sospecha hacia el propio dogma la acentúa doblemente hacia el exterior. Pero hay una sutileza en todo esto. La voluntad de desenmascaramiento, en el fondo, enmascara que vivimos ya en la obscenidad total. Y la pulsión de levantar los velos de cada cosa lo que oculta es que no hay velos en lo que ocurre en la vida política argentina. Hace tiempo que el rey está desnudo.

© LA NACION.

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