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El perfil

Un jugador eximio, que mostraba y escondía

Política

El 28 de octubre de 2010, Oscar Lescano tenía previsto comer a solas con Néstor Kirchner. La cita había sido concertada, en secreto, por un funcionario del equipo económico que todavía está en su puesto. Pero no llegó a hacerse. El 27, Kirchner murió. Lescano quedó intrigado por esa convocatoria, cuyo motivo conoció tiempo después: "Néstor quería planear con vos la salida de Moyano de la CGT".

Kirchner conocía bien el mundo de los gremios. Había crecido en él, al amparo de Armando Mercado, su ex cuñado, que fue secretario general de los petroleros santacruceños. Debe haber sido esa experiencia la que lo llevó a elegir a Lescano como socio en la operación más riesgosa que emprendía en el campo sindical: el divorcio de Hugo Moyano. La tarea se hizo igual, como si se tratara de un mandato. El dirigente que murió ayer fue el agente clave de la defenestración del camionero.

A quienes lo conocieron no les ha de resultar extraña aquella predilección de Kirchner. Lescano combinaba la inteligencia del sentido común con una gran simpatía personal. Podía decir cosas que a otros les hubiera costado una condena. Como el día en que el diario Página/12 ilustró su tapa con su rostro de morocho suburbano y una frase: "Este Turco nos va a cagar a todos". Era secretario general de la CGT y explicó de esa manera la primera huelga general contra Carlos Menem. Cuando tuvo que justificarse, contestó con una sonrisa: "Me sacaron de contexto".

Cristina Kirchner conoció esa frontalidad muchos años después. Lescano pidió una entrevista en Olivos y le dijo, con el tono tanguero que tenía: "Si no aumentás las tarifas te vas a poner la energía de sombrero". Poca gente en el país conocía como él ese sector. El kirchnerismo le debe mucho. Sobre todo su silencio.

A lo largo de décadas de actuación pública, esa crudeza atenuada por una risueña calidez le valieron a Lescano amigos en los campos más insospechados: la política, los tribunales, el empresariado, la banca. El último de todos fue Axel Kicillof, a quien conoció negociando subsidios salariales. Era una red en sí mismo.

Desde el 11 de febrero de 1977, día en que los militares secuestraron al "Gato" Oscar Smith, Lescano ocupó una posición discreta pero central en la escena pública. Esa capacidad de supervivencia se debió, sobre todo, a su certeza para los pronósticos, aun en dinámicas en las que no estaba involucrado. Comprendía el proceso del poder. La última demostración estaba en curso cuando lo sorprendió la enfermedad: Lescano fue, igual que Carlos West Ocampo, determinante en la irrupción electoral de Sergio Massa. Mientras la enfermedad se lo permitió, se dedicó a esa tarea, que terminó reconciliándolo con Moyano. La unificación sindical que está en curso se aceleró después de un almuerzo de Lescano y Moyano a instancias de otro sindicalista, Oscar Mangone. Empezaba otra época.

Pero tal vez la longevidad política de Lescano deba ser atribuida también a otra peculiaridad: en la tradición de Vandor y de Triaca, era un gran jugador. Tenía, por lo tanto, una especie de distancia frente a las idas y vueltas del azar. En un país como la Argentina, quizás haya sido una ventaja.

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