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Una cadena humana redobló el desafío catalán

Los independentistas se alinearon a lo largo de 400 kilómetros para reforzar su reclamo a Rajoy

Jueves 12 de septiembre de 2013
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BARCELONA.- "¡Esto no tiene vuelta atrás!" Mezclado en la multitud que rodeaba la Sagrada Familia, a Joan Piner, un médico, 43 años, se le quiebra la voz. Lleva una bandera de listones rojos y amarillos atada al cuello, como una capa, y aprieta la mano de su hija de cinco años. De repente, suenan campanas, petardos y un rugido atraviesa la ciudad: "¡Independencia! ¡Independencia!"

El reloj marca las 17.14: la hora prevista para que más de un millón de catalanes se dieran la mano, en una cadena humana de más de 400 kilómetros para "mostrarle al mundo" su voluntad de separarse cuanto antes de España.

La manifestación por el Día Nacional de Cataluña (la Diada) se convirtió en el mayor desafío soberanista contra el presidente Mariano Rajoy y operó también como una fuertísima presión sobre el gobierno local de Artur Mas, con el fin de que convoque, sí o sí, una consulta en 2014 para definir el futuro estatus político de la región.

Mas puso toda su administración al servicio de la denominada Vía Catalana, que discurrió desde la frontera con la Comunidad Valenciana hasta los Pirineos. El presidente de la Generalitat cree que el impacto de la protesta doblegará la resistencia de Rajoy a negociar una consulta que abra paso a la independencia.

Pero los organizadores -la ONG denominada Asamblea Nacional Catalana (ANC)- advirtió bien claro cuál es el mandato que otorga a Mas: "La independencia es posible, es viable y es necesaria. La queremos ahora, no en 2016", proclamó la presidenta de la ANC, Carme Forcadell, desde un escenario montado de cara al Paseo de Gracia.

El gobierno catalán, de la coalición Convergència i Unió (CiU), intenta conseguir el plebiscito sin saltarse la legalidad constitucional española, para lo cual necesita un pacto con La Moncloa. Se resiste, pese a las crecientes demandas de los sectores más radicales, a una declaración unilateral de secesión o a convocar unas elecciones en rebeldía con la ley. Sostiene que una ruptura traumática le impediría encajar en la Unión Europea (UE).

"Voy a negociar hasta el final para conseguir el objetivo. El Estado español tiene un problema grave si insiste en negarnos el derecho a decidir", anunció ayer Mas en el Palacio de la Generalitat y ratificó su hoja de ruta: consulta, transición nacional, independencia.

En la movilización se mostraron los líderes de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), hoy aliados tácticos de Mas, algunas de las figuras centrales de CiU y dirigentes del partido socialista catalán. El PP rechazó la convocatoria.

El gobierno de Rajoy siguió con atención el acto soberanista. Decidió ser medido en las valoraciones y apuntarles a las autoridades catalanas, sin ofender a los manifestantes: "Lo peor que puede hacer un gobierno es obligar a sus ciudadanos a dividirse", dijo la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría.

La Diada recuerda la caída de Barcelona a manos de las tropas borbónicas al final de la guerra de sucesión en 1714, un hecho que significó la supresión de las instituciones autonómicas catalanas. Ya el año pasado la celebración había sacudido el tablero político, cuando cerca de un millón de personas salieron a las calles e impusieron a Mas la agenda independentista.

A la hora del almuerzo, la capital catalana ya bullía de fervor nacionalista. La estelada -la bandera independentista de rayas rojas y amarillas, con una estrella blanca dentro de un triángulo azul- colgaba de los balcones del Barrio Gótico, se reproducía en la ropa de miles de personas que recorrían el Born, se desplegaba como una gran alfombra por el Paseo de Gracia.

La policía cortó el tránsito en todo el centro para que la denominada "Vía Catalana; camino a la independencia" pudiera dar vueltas por los puntos emblemáticos de la ciudad. Lo mismo pasaba en más de 80 pueblos y en rutas por donde discurría la cadena humana.

La ANC desplegó un operativo de precisión milimétrica: decenas de miles de voluntarios se anotaron para participar de la cadena y recibieron un formulario con el punto exacto en el que debían presentarse. La idea: que toda Cataluña estuviera unida, sin fisuras.

A lo largo de la cadena resaltaban las camisetas amarillas que vendió a 12 euros la ANC, con el logo de la Vía Catalana o inscripciones como "Goodbye Spain" o "Yes we Cat".

Según la ANC, a las calles salieron 1.600.000 personas. La misma cifra calculó el gobierno catalán.

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