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Un workshop de percusión, o cómo sentir el ritmo del cuerpo

Un cronista participó del taller del célebre Naná Vasconcelos para descubrir, entre otras cosas, su propio latido interno

Sábado 14 de septiembre de 2013
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LA NACION
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La percusión es la frecuencia sonora de la vida. A cada ser humano lo impulsa un tambor que crea una melodía única y personal de años y años de latidos. El primer percusionista, también el más noble, es el corazón. Mientras siga tocando no hay nada de qué preocuparse. Y si deja de tocar, siempre habrá otros cerca para retomar el ritmo de la misma canción.

Ahora yo debería decir que eso me lo enseñó el gran percusionista brasileño Naná Vasconcelos en el workshop que hace unos días dictó en Buenos Aires, historia y asunto de esta experiencia. Pero no, la verdad es que no llegué a esa conclusión durante el taller, sino después, o mejor dicho hace un rato, cuando me dispuse a recordar los detalles de la clase para contarlos en este texto. Para hacer memoria, hace unos minutos apenas, me paré en medio de mi casa, golpeé fuerte el piso con mis pies, luego estiré mis manos y di palmas, dejé que el tempo de mis pasos se uniera al de mis manos y finalmente grité una y otra vez tum baramba tum en una gran marcha triunfal de mi cuarto a la cocina, con el acento puesto en el último tum reforzado por el resto de mí.

Así estuve unos 15 minutos felices en los que me di cuenta de todo. Primero: que la música es una vibración que va y vuelve del cuerpo, con o sin instrumento, y que sobre esa vibración sólo se navega si la mente se permite fluir sin pensar. Segundo: que la percusión es tan antigua como el hombre, ya que debe haber nacido con el primer ser humano que golpeó una piedra, un tronco o lo que tuviera a mano, para acompañar con ese ritmo el pulso secreto de su propio corazón. Y tercero, y último (quizá): que si todos tenemos un cuerpo, el instrumento natural y primigenio, todos podemos tocar. Lo único que se precisa aprender es la técnica para sumergirse mejor en esa vibración, que en definitiva tiene más que ver con serenar la mente que con el virtuosismo de los dedos o las manos. A la música no se la interpreta, se la sintoniza. Aprender a tocar es aprender una forma de vivir.

Nobleza obliga, debo admitir que Naná Vasconcelos no dijo absolutamente nada de todo esto en su workshop del miércoles 4 en el Salón Real. También creo que no necesitó verbalizar, es decir, racionalizar, lo que todos sentimos y aprendimos durante dos horas de golpes, palmas y gritos alrededor de la manta sobre la que descansaba un viejo y hermoso berimbau. Ex compañero de aventuras de Gato Barbieri, ejemplo extremo de formación autodidacta y socio musical de Jan Garbarek y Don Cherry (miembro, como él, del mítico grupo CoDoNa), Vasconcelos fue el primer músico en creer en el berimbau, hasta entonces confinado a la ceremonia tribal de la danza africana capoeira. Naná sacó al berimbau del gueto ancestral, lo puso a la misma altura que la trompeta de Don Cherry y el sitar de Collin Walcott, y le otorgó un estatus musical que hasta entonces no tenía. El miércoles de la semana última, hizo lo mismo con los cuerpos del centenar de percusionistas profesionales o improvisados que nos acercamos hasta la sala de Sarmiento y Santiago del Estero con la curiosidad como única aliada. "Vamos a descubrir el instrumento que todos tenemos cerca: el cuerpo", me había dicho él, con una sonrisa amable, cuando recién llegado al Real lo consulté para saber qué estilo de percusión aprenderíamos.

Naná es un hombre pequeño que habla muy bajito, en susurros con acento de Pernambuco, y tal vez por eso no escuché o no entendí si entre frase y frase había hecho referencia a algún tambor brasileño o africano, de los que él tocó durante décadas en sus participaciones junto con John Zorn o Egberto Gismonti. Minutos después, cuando formado en un círculo golpeaba mis palmas mientras sacudía mis pies contra el piso, advertí que, para bien o para mal, le había escuchado perfectamente. No estaba allí para ser evaluado ni para conocer los secretos de los timbales o las congas. Estaba en ese cuarto enorme y mágico para aprender a sentir una longitud de onda común, el tipo de lenguaje que hablan la vibración de las campanas o las gotas de lluvia al caer sobre la piel de un río siempre en movimiento. ¿Hay algo más conocido que el cuerpo de uno? A medida que mis manos se ponían rojas de tanto batir palmas, mientras intentaba coordinar la marcha inmóvil de mis pasos con los gritos que pedía Naná, descubrí que sólo entonces el instrumento con el que había convivido desde mi nacimiento comenzaba a afinarse. Si miraba al maestro, erraba el ritmo una y otra vez. No necesité pensar en lo que hacía para darme cuenta de que la única manera de no perderme era dejar de mirarlo a él y observar a la chica de mi izquierda o al canoso de mi derecha. O a mí mismo. Al pulso que me marcaba el corazón.

Desde el centro del círculo, Naná nos dirigía a unos y a otros como si fuéramos una gran orquesta dispuesta a entrar en acción en cualquier momento. Y contra todo pronóstico, nos convertimos en una. Bajo su batuta invisible evocamos el sonido de la lluvia sobre el Amazonas, reinventamos el ritmo del maracatú de Pernambuco y, para terminar, recreamos Hey da ba doom, una de las canciones más bellas de CoDoNa. El gurú musical nos dividió en dos grupos, unos palmeábamos y gritábamos saravan-dan-dué, los otros golpeaban contra el piso y respondían ¡zumbarié!; al final hicimos una ronda y el camino grupal se unió al rumbo sideral que nos sugería la canción. La música se nos revelaba como una creación colectiva en la que todos aportan algo singular e intransferible, tan fugaz como una palmada, pero aún más profunda que su eco. ¿De veras todo eso surgía de los cuerpos? "Con la música se ríe, se sueña, se llora, se medita –había dicho Naná un rato antes–. Y cada una de esas cosas depende de la sencillez. No hay música que no sea simplicidad en movimiento. ¿Y por qué es importante sentir lo que puede hacer nuestro cuerpo? Porque todas las músicas parten de los mismos golpes con los pies y las manos. Y cuando alguien lo aprende así, no se lo olvida jamás." Mientras añado las últimas palabras a esta crónica, me dejo llevar por el sonido de los golpes de los dedos sobre las teclas. Si no ejecutara esa partitura mental de percusión sobre el teclado, no podría contar lo que viví. Pero Naná tiene razón, el idioma de sus lecciones se escribe con el cuerpo. Primero con un pie bien fuerte sobre el piso, luego con el otro todavía más fuerte, después con las manos para palmear mientras la voz suelta un alto y potente tum baramba tum. Cada vez que lo hago, sólo temo por la convivencia con mis vecinos. A su manera, ellos aportan un buen ritmo con sus golpes contra mi puerta. Seguramente no saben que la música no tiene fronteras y nos une a todos.

Sobre el gran maestro

Naná es brasileño, ganador de ocho premios Grammy y una autoridad mundial en percusión. Grabó con Gato Barbieri, Miles Davis, Talking Heads y Pat Metheny, entre otros. Desde hace 12 años está a cargo de la apertura del carnaval de Recife, donde dirige 600 tambores de maracatú. El martes último concluyó la gira argentina de su show El latido del corazón.

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