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Pensamientos Incorrectos

La nueva Patagonia

Opinión

Hablo por teléfono con mi nuera, que es holandesa, de Utrecht, y le explico que debo viajar a San Martín de los Andes para visitar parientes y presentar un libro.

- Ah - responde - ¿Vuelves por la noche?

- No - explico -Es un viaje bastante largo. En avión, varias horas.

- ¿Varias horas en avión? ¡Caray! ¿Pero cuántos kilómetros son? ¿Dos mil?

- Sí, algo así.

- ¿Y cuando aterrices, todavía estarás dentro de la Argentina?

- Sí, y todavía queda más territorio: para el Sur, para el Norte, para el Este y para el Oeste.

- ¡Por Dios, que enormidad de país!

Seguramente, es lo que pensó Sarmiento cuando afirmó que el mal de la Argentina era la extensión. Claro que (esto también lo habrá pensado) la extensión tiene remedio. Se llama transporte. Las grandes naciones requieren, para desarrollarse, una poderosa y variada red, pública y privada, de trenes de carga y pasajeros, puertos y aeropuertos, rutas, autopistas, autocares... y hasta bicicletas. Los Estados Unidos ya lo tienen resuelto, la emergente China está en eso, como Rusia, y después vienen Canadá, Brasil, Colombia, la Argentina, México, los extensos territorios de Asia y Europa Oriental, etcétera. Nosotros, en realidad, vivimos este drama de la distancia y el transporte como si fuera una pavadita: no hemos pensado mucho en ello.

Las grandes naciones requieren, para desarrollarse, una poderosa y variada red, pública y privada, de trenes de carga y pasajeros, puertos y aeropuertos, rutas, autopistas, autocares... y hasta bicicletas

Dado que mi trabajo no me permite ausentarme salvo emergencias graves, tuve que armar el siguiente schedule de viaje. Primero: avión de Buenos Aires a Bariloche, viernes a las 19 hs, llegando a las 21. Segundo: auto por carretera hasta San Martín (200 kilómetros) por ruta buena, aunque sinuosa. De noche. Arribo a las 02:00. Sábado, actividades varias. Domingo, partida a las 13:00. Llegada a Bariloche: 16:00. Salida del avión a Buenos Aires: 17:00. Llegada de los viajeros a la ciudad de origen: domingo noche. Son 1700 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Una carnicería.

Pero acá terminan las quejas.

Pasaron 30 años desde mi última visita a la Patagonia. Recordaba a Junín de los Andes como un pueblo feo y polvoriento. Ahora veo una ciudad espaciosa, con casas bien construidas e iluminadas, con el fondo impactante de la Cordillera. Llegamos a San Martín y la encontramos moderna, muy cinco estrellas, con magníficas tiendas de ski, rafting, pesca, hoteles espléndidos. En la construcción se usa generalmente la madera clara, tanto para las paredes como para los letreros, las cercas, los techos, las vigas. Se ha impuesto decididamente la impronta alpina, con un toque yanqui, porque todo es muy grande.

Hace tres décadas, cuando vine con una cámara de Videoshow, visité Quila Quina para entrevistar al cacique Pancho Curruhuinca. Me mostró la placa de bronce que tenía colocada en el patio de tierra de su rancho, al pie del mástil donde se izaba cada mañana la bandera argentina. Dice así: "De la patria a sus hijos araucanos, 1883". Hoy leo en los diarios de aquí que la comunidad curruhuinca sigue negociando un asunto de tierras. Esas cosas que nunca terminan de arreglarse. Mientras tanto, se ha naturalizado el uso del término "mapuche". Por suerte no hablan de "pueblos originarios" sino de "antiguos pobladores", que es mucho más exacto. Invitamos a los lectores a repasar todos los textos de historia y crónicas de Indias, desde 1500 hasta aquí. En ninguna parte se menciona el término "mapuche". Se habla de pampas (genéricamente) y luego tehuelches, puelches, huiliches, pehuenches, serranos, vorogas, ranqueles o ranculches, araucanos o chilenos. Los mapuches no están en la historia. Según el profesor Ponce de León, de la Universidad del Comahue, el término mapuche lo inventa un antropólogo norteamericano, el respetable Profesor Sidney Smith, en 1860. Si se googlea el término mapuche se dará con un "mapuce link" con domicilio en Bristol, Inglaterra. Curiosidades.

Lo importante: el viaje por carretera desde Bariloche hasta San Martín de los Andes. En la oscuridad de la noche, nos cruzamos con liebres y una gran hembra de ciervo colorado, que confundimos al principio con un caballo. Pasamos junto a los nuevos miradores que se han instalado para observar las evoluciones del águila mora. El camino es perfecto y todas las señales hablan de un gran amor por la naturaleza.

Hoy, la flotada del río Chimehuín es un programa turístico de renombre mundial. Los guías traen a los turistas y pescadores en grandes gomones que impulsan a remo por el curso, de exquisita belleza. No más de dos pescadores practican flycasting desde cada barcaza, cómodamente sentados. A veces amarran junto a una isla o remanso, donde está todo previsto para un picnic o asado de campo: chivito patagónico o trucha. Así está naciendo un nuevo país, amplio, fuerte, rico y frío. La nueva Australia.

Este bucólico Chimehuín fue escenario de sangrientas batallas, hace pocos años. La última fue el 6 de diciembre de 1882, hacia finales de la Campaña del Desierto. El mayor Vicente Bustos, con 26 hombres pertenecientes al Segundo Regimiento de Infantería de línea y cumpliendo órdenes del Teniente Coronel Roque Peiteado, atropelló los toldos del cacique Platero, instalados sobre la margen izquierda del Chimehuín. El jefe indio levantó bandera blanca para iniciar lo que entonces se llamaba "un parlamento". Pero luego atacó por sorpresa con 90 hombres, confiado en su superioridad numérica y el buen armamento de carabinas Remington, bolas y lanzas con que contaban sus "conas" o guerreros. Por otra parte, este batallón indio formaba parte de la tropa del capitanejo Ñancucheo y contaba con el respaldo del gran cacique Namuncurá, que aguardaba no lejos con 400 lanzas.

Allá lejos se encuentra nuestro hogar: la turbulenta Buenos Aires, donde nos amontonamos a los gritos en casas chiquitas con su zaguán, su balcón y su patio (todo de un metro y medio) de espaldas al río y cerrando los ojos al campo

Esta vez, la victoria favoreció a los blancos. El parte de Bustos a su jefe habla de diez indios muertos, trece capturados de chusma (indiada no combatiente integrada por mujeres, viejos y niños) y una cantidad imprecisa de aborígenes que saltaron al río y murieron ahogados. Entre los hombres del Ejército Argentino, murieron los soldados Pedro Bustos y Telmo Domínguez. Se encomienda el digno comportamiento del teniente Vicente Grimau, los cabos Toribio Oliva, Juan Guilleguer, Ignacio Taboada, Jacinto Morales y José Lacasa, el sargento Samuel Pérez, el sargento Cayetano Rosas y los soldados Venancio Zárate, Bernabé Sosa, Doroteo Barrios, Balbino Baquinta,Hermenegildo Montenegro, Calixto Arias y Sandalio Villarreal. Todos los cuales fueron heridos. Algunos de balas de Remington. Otros de lanzazos (el soldado Arias recibió 25, pero sobrevivió) y muchos de "bola perdida", una piedra esférica que arrojaban los indios con gran pericia y puntería increíble, teniendo en cuenta que iban montados, al galope y revoleando una cinta de cuero con la pesada bocha, destinada a fracturar un cráneo enemigo con toda prolijidad.

El parte de aquel combate está fechado el 10 de enero de 1833 en Collón Curá, otro paraje que hoy es una maravilla turística.

En cambio, esta nota encuentra su punto final un 14 de septiembre de 2013. Al terminarla contemplamos, por los ventanales, los cerezos, florecidos en color rosado, que flanquean la avenida principal. Esta es la versión grandiosa de la Argentina: la inmensa y generosa, la del Lago Lácar, la del volcán Lanín, la de Futalafquén y Choele Choel. Allá lejos se encuentra nuestro hogar: la turbulenta Buenos Aires, donde nos amontonamos a los gritos en casas chiquitas con su zaguán, su balcón y su patio (todo de un metro y medio) de espaldas al río y cerrando los ojos al campo, no sea que se nos manchen los zapatitos blancos..

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