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De la jubilación al júbilo

Opinión

Uno de los motivos que más preocupa a los Estados de los diferentes países del mundo (potencias o subdesarrollados) es la crisis de los aportes previsionales, en donde casualmente la mayoría de los trabajadores en relación de dependencia tienen puestas sus esperanzas de retiro.

El objetivo de esta columna es concientizar al lector sobre la necesidad que el ahorro propio y la autogestión del mismo debe tener en su vida a partir de este preciso instante si no quiere que todos sus sueños de tranquilidad a la hora del retiro se transformen en una pesadilla financiera.

Existen fallas intrínsecas que "la idea del retiro" trae aparejada desde su concepción, al afirmar que la norma de la jubilación como zanahoria falla en cualquiera de los escenarios posibles: es muy probable que a la hora de jubilarse el pago de nuestra jubilación dependa de cómo estén las finanzas globales en ese momento (con una crisis cada 5 años, como venimos teniendo, los pronósticos no son muy alentadores) o, en el caso de haber logrado reunir cierto capital para darnos los gustos que siempre quisimos, es probable que nos encontremos con que no tenemos la energía para hacer esas cosas que soñábamos en nuestra juventud o adultez y que postergamos a causa del sacrifico.

Pero para entender lo que está pasando no solo en nuestro país sino a nivel mundial, primero debemos hacer un poco de historia.

El nacimiento de la jubilación

El Imperio Romano dominó gran parte del mundo entre los años 27 antes de Cristo y 476 después de Cristo, y para muchos historiadores, parte de su éxito militar se debió indirectamente a la creación del primer tipo de jubilación que se tenga registro.

Los soldados romanos se organizaban en legiones, que eran estructuras militares disciplinadas y sumamente efectivas. Estas legiones estaban compuestas por ciudadanos que se alistaban voluntariamente a la edad de 25 años y que debían permanecer en actividad durante 20 años. En épocas de guerra, en cambio, esta afiliación era obligatoria.

Cuando estos soldados llegaban a los 45 años se jubilaban y recibían una pequeña porción de tierra y un modesto capital. Incluso en algunas ocasiones se llegaron a fundar ciudades para asentar a los veteranos jubilados: Emérita Augusta (fundada por Octavio Augusto al licenciar a las legiones V y X) e Itálica (fundada por Escipión para los soldados heridos en la batalla de Ilipa).

Mucho más adelante en el tiempo, en el año 1884, el canciller prusiano Otto Von Bismarck creó el primer sistema estatal de seguridad social, al establecer seguros de ancianidad e invalidez con el fin de contrarrestar el creciente desarrollo del socialismo.

En 1911, Gran Bretaña implementó seguros por enfermedad, invalidez y desempleo. Al ver los beneficios que este sistema traía aparejado al responder demandas sociales y formar al mismo tiempo una base de consumo más estable, los demás países del mundo (incluidos los de la periferia) se fueron sumando.

En poco tiempo el régimen jubilatorio se expandió apoyando de alguna manera la revolución industrial y fomentando la cultura del trabajo entre los habitantes.

Las jubilaciones en el ojo de la tormenta: fallas estructurales

Al crecer las jubilaciones y los fondos de pensión (encargados de administrar el dinero de los aportantes), se creó una interesante paradoja: los trabajadores terminaron financiando a las empresas y gobiernos al colocar indirectamente sus ahorros en las bolsas mundiales.

¿Cómo es esto? Muy simple: los fondos de pensión, como cualquier otro fondo de inversión, colocan la mayoría del dinero que reciben de sus afiliados en activos que cotizan en las Bolsas, como acciones, títulos de deuda privados y de gobierno.

Las Bolsas presentan volatilidades (estos es, variaciones muy bruscas de precios) cada vez más frecuentes, e incluso fuertes caídas como en los años 2001 y 2008.

Un crash financiero podría privar a los jubilados en poco tiempo de lo aportado durante toda su vida, al evaporarse el valor de los activos. Pero no es el riesgo bursátil el único que el sistema previsional debe afrontar: desde los años 70, el desempleo estructural y el envejecimiento de la población redujeron los aportes de los trabajadores aumentando al mismo tiempo los gastos por seguro de desempleo, especialmente en Europa. Esto hizo que a partir de entonces, los sistemas jubilatorios y de seguridad social sufran un desfinanciamiento que debe ser cubierto por aportes estatales, aumentando el déficit fiscal de los países.

Idas y vuelas: el caso argentino

La jubilación en la Argentina comenzó a implementarse en los 40, y en sus comienzos colocó al país en un lugar de privilegio en materia de prestaciones sociales. Pero ese prestigio se fue "desinflando" con el correr de las décadas: los gobiernos "echaron mano" en reiteradas oportunidades a esos fondos y, como si fuese poco, la inflación (y la híper de 1989) minó las remuneraciones reales de los jubilados y pensionados.

Más adelante, en los años 90, el gobierno de Carlos Menem aprovechó ese desprestigio para privatizar el sistema mediante las AFJP (Administradoras de Fondos de Jubilaciones y Pensiones). Pero cuando el nuevo sistema entró en vigencia, en 1994, el desempleo ya era del 12% y, lejos de bajar, siguió subiendo.

El nuevo mecanismo no funcionó en ningún momento: elevadas comisiones por parte de las administradoras privadas y un contexto adverso hicieron que se genere un sistema perverso en el que el Estado, que antes percibía dinero de los aportantes de manera directa y sin costo alguno, haya tenido que tomarlo indirectamente emitiendo bonos y colocándolos compulsivamente a las AFJP. Así fue como en el año 2001, el gobierno de Fernando de la Rúa "empapeló" a los fondos de pensión privados con bonos de baja rentabilidad y cobrabilidad dudosa para cubrir un déficit desbocado.

En octubre de 2008, Cristina Fernández de Kirchner nacionalizó de sorpresa el sistema privado de pensiones en una medida que aún hoy genera controversia.

Conclusión

Hago mis aportes como cualquier hijo de vecino, pero no tengo las esperanzas puestas en recibir una compensación que me permita vivir dignamente el día de mañana.

Este accionar está en línea con mi pensamiento de no poner en manos de otros el destino de mi dinero, y hacerme responsable de mi presente y futuro en lo referente a las finanzas personales.

Confiar en la jubilación estatal es una comodidad que se puede pagar muy cara.

Para evitar esto, existen dos caminos: el ahorro propio y la responsabilidad a la hora de invertir ese excedente. Es importante a su vez buscar trabajar de lo que a uno le guste con el fin de no retirarse (o jubilarse) nunca o hacerlo a una edad muy avanzada.

Estos son los ingredientes de la alquimia capaz de transformar la preocupación de una jubilación incierta en el júbilo de una vida plena y responsable..

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