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Redefiniciones en el mundo tras el acuerdo sobre Siria

Opinión

Como consecuencia del acuerdo alcanzado entre los Estados Unidos, Rusia y Siria respecto de la inmediata inutilización y posterior destrucción del arsenal químico sirio, la altísima tensión que generara la posibilidad de una acción militar unilateral norteamericana contra las fuerzas del clan Assad por su utilización de armas químicas contra su propio pueblo, ha disminuido sensiblemente.

Las consecuencias de ese acuerdo son de todo tipo.

Primero, la diplomacia, como instrumento para conducir las relaciones internacionales, ha mostrado -una vez más- que puede ciertamente ser eficaz y logra evitar el uso de la fuerza y sus siempre graves consecuencias.

Segundo, la asediada Siria ha reconocido -por primera vez en décadas- que (como se suponía) posee un enorme arsenal de armas químicas y ha manifestado, además, que está dispuesta a destruirlo bajo la vigilancia directa de la comunidad internacional. Para ello, ha expresado su disposición inmediata a someterse a la Convención sobre Armas Químicas, aceptando los requerimientos que su membrecía supone. No es poco, aunque lo sucedido no diluya -en modo alguno- las responsabilidades que corresponden por haber usado esas armas, circunstancia que configura un crimen de guerra. Esto es, un delito de lesa humanidad perpetrado durante un conflicto armado interno.

Lo sucedido no diluye -en modo alguno- las responsabilidades que corresponden por haber usado esas armas, circunstancia que configura un crimen de guerra

Tercero, Rusia ha obtenido un triunfo geopolítico, realmente de proporciones. Porque se ha vuelto a instalar en el centro mismo del escenario internacional. Como potencia indispensable, al menos en la solución de la crisis siria. Por un buen rato.

Después de haberlo neutralizado con su accionar durante más de dos años, Rusia ha revalorizado ahora el sistema de seguridad colectiva, cuyo eje es el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Frente al mundo aparece, entonces, como la potencia que finalmente pudo modificar el rumbo duro de los norteamericanos.

Cuando en su propia casa la popularidad de Vladimir Putin ha caído notoriamente, por la imagen de elevada corrupción que flota sobre su gobierno y por la situación de una economía que hoy coquetea abiertamente con la recesión, al tiempo que ha aparecido un líder opositor carismático que supone un claro desafío político para Putin -Alexei Navalny-, lo sucedido en materia de política exterior es oportuno para el líder ruso. Particularmente frente a una sociedad en la que muchos padecen de evidente nostalgia respecto del protagonismo que tuvieran en tiempos de la Unión Soviética.

Para los rusos, impedir que Siria caiga en manos del fundamentalismo violento "sunni" es bien importante puesto que en varias de sus propias regiones el fundamentalismo islámico "sunni" es ya un peligro real. De allí que el tema, que por lo demás tiene que ver con su zona de influencia inmediata, sea para el gobierno ruso absolutamente prioritario.

Cuarto, respecto de Irán, lo sucedido supone evitar un ataque que previsiblemente hubiera obligado a su liderazgo a reaccionar de alguna manera, para mantener la pretensión de liderazgo regional. Y evitado un golpe repentino que pudo haber involucrado -y debilitado- significativamente a Hezbollah. Pero, además, ha mostrado que el presidente norteamericano luce débil, atento a que no tiene el endoso de su ciudadanía, ni el de su Congreso, realidad que es importante cuando Irán está cerca de tener que decidir cruzar (o no) otra de las "líneas rojas" definidas por el dubitativo Barack Obama; en este caso, la de su programa nuclear, si Irán intentara utilizarlo para, pese a los riesgos que ello supondría, producir armas nucleares.

Lo sucedido en materia de política exterior es oportuno para el líder ruso

Además, la falta de rumbo claro, las instancias de indecisión y las reiteradas vacilaciones y debilidades de Obama, sumadas a la falta de apoyo político antes mencionada, pueden alentar a Irán a seguir adelante con su especialidad indiscutida: la de estirar negociaciones y conversaciones siempre mucho más allá de lo esperado, mientras sigue adelante, a toda marcha, con los programas nucleares que preocupan al mundo.

Quinto, para China ésta es presumiblemente una confirmación más de que el mundo unipolar, en el que los Estados Unidos protagonizaban siempre un rol de liderazgo indiscutido, está -paso a paso- desvaneciéndose. Y que la declinación del poder norteamericano es bien evidente. Quizás esto contribuya a impulsar a China a asumir un protagonismo real. Más allá de la retórica. Porque lo cierto es que todavía el gran país asiático no juega el papel significativo en el andar de la comunidad internacional que su propio liderazgo pretende estar jugando ya.

Sexto, la crisis siria ha mostrado que en América latina los países autoritarios han endosado abiertamente, en todos los foros, al régimen de los Assad. Casi sin generar rechazo. El caso más claro es ciertamente el de Venezuela, socio estratégico de Irán, que desde hace rato provee de crudo y combustibles a los Assad. La Argentina ha acompañado en esto, aunque con algunas distancias menores, a los bolivarianos.

Séptimo, para Israel es posible que las dudas y contramarchas de Obama hayan sido preocupantes. Y confirmado los temores existentes. Es cierto, Israel no quiere a Al Qaeda en su frontera con Siria. Pero Hezbollah está cerca de allí y es, siempre, un enorme peligro. La gran pregunta que Israel ahora debe formularse tiene probablemente que ver con la otra "línea roja", la trazada por Obama respecto de Irán: ¿Estarán los Estados Unidos dispuestos a actuar militarmente si la teocracia iraní se transforma, de pronto, en una potencia nuclear militar? Hay quienes, ante lo sucedido con Siria, dudan. Por esto aquello de que, en materia de seguridad, Israel debe esencialmente "depender de sí misma" parecería crecer como conclusión obligada de muchos.

Para Israel es posible que las dudas y contramarchas de Obama hayan sido preocupantes

Octavo, respecto de Europa, toda una serie de sorpresas. No demasiado inesperadas, por cierto. Empezando por el imprevisto e inédito portazo del parlamento británico a su premier, cuando éste procuró que se aprobara la posibilidad de que Gran Bretaña pudiera intervenir militarmente -con los Estados Unidos- para reaccionar contra el uso reiterado de armas químicas por parte del gobierno sirio. Y siguiendo por el endoso en blanco del gobierno socialista francés a los Estados Unidos en este tema en particular. Pese a la falta de apoyo de sus legisladores y de su opinión pública. Y la abstención esencial de Alemania. En síntesis, Europa continúa su declive en materia de activismo en el escenario internacional. Más allá de las palabras, al momento de actuar, Europa cada vez parecería estar más lejos de la capacidad (y el deseo) de acción.

Noveno, en Medio Oriente crecerá -respecto de Obama- la sensación de que las promesas contenidas en el discurso que pronunciara en El Cairo, en junio de 2009, son poco más que palabras bonitas que, sin embargo, flotan en el aire. Apenas eso.

Para Turquía, en particular, el tema es bien complicado. Debe atender a cientos de miles de refugiados sirios que están en su territorio. Respecto de Assad, hoy el premier Erdogan, que antes lo apoyara, está en sus antípodas. Pese a lo sucedido, los turcos saben que lo probable es que la guerra civil facciosa en Siria continúe, con todo lo que ello supone para Turquía, país que, desde hace rato, como Qatar y Arabia Saudita, ayuda materialmente a los insurgentes.

En síntesis, pese a que la crisis siria está lejos de haber terminado o de haberse encarrilado en un diálogo capaz de ponerle fin, las consecuencias geopolíticas de lo ya ocurrido salpican en los más variados rincones del mundo en que vivimos..

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