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Galería / Hoy, Margarita Stolbizer

Virtudes racionales

Opinión

En muchos países, la carrera política de Margarita Stolbizer sería vista con expectativa, no sólo por su fidelidad a algunas ideas sino por su decisión de encarar elecciones difíciles. En lugares donde no se piense que el que gana debe arrasar con todos los premios, Stolbizer tendría algunas medallas más.

En 2007 abandonó la UCR, su partido desde siempre, para fundar el GEN cuando los radicales decidieron llevar como candidato a Lavagna, un peronista cuyo prestigio nadie discute, pero que no les trajo los votos esperados. Stolbizer se alejó previendo los errores y el fracaso de su partido. Aceptó el desafío de una construcción política alternativa en territorio bonaerense, la plaza más fuerte de los radicales.

No abundan los datos sobre su vida familiar, apenas que uno de sus hijos juega al básquet como profesional; silencio sobre su pasado como jugadora de voley; silencio sobre una enfermedad grave que padeció hace años. Stolbizer no usa estas cosas como calcomanías para pegar en el parabrisas. No busca caer simpática ni aproximarse a potenciales votantes con atributos ajenos a los que necesita para legislar o gobernar. No piensa, por ejemplo, que un torneo de voley en alguna quinta de Morón sería una iniciativa inteligente para el armado político de la provincia de Buenos Aires.

Seducir no es un verbo de su léxico. No quiere "humanizarse", como ahora se dice de las operaciones de marketing de candidatos. Stolbizer es un cuerpo ocupado por la política. Ni siquiera hay lugar en ese cuerpo para una buena voz, esas voces que abundaron en la historia de su partido de origen. Ignoro si consulta asesores de imagen. Pero si los consulta, su efecto es invisible.

A diferencia de otros, Stolbizer no llama en su auxilio a la familia. Se presenta sola. Rechaza el color pintoresquista y el quiebre sensiblero. En las formas actuales de hacer política esta actitud puede parecer soberbia o insensata. Los políticos viven perseguidos por la idea de que con "ser político" no alcanza. Que hay que mostrar que también se es otra cosa importante para sus posibles electores: celebrity , transgresor, deportista, empresario exitoso, figura mediática, padre o madre felices, recién casado o recién ennoviado, buena onda invariable. Se cree que la política es algo tan poco interesante, que se la decora como si fuera un viejo arbolito de Navidad que, en el fondo de un armario, aguarda que le cuelguen farolitos y guirnaldas.

Ni Stolbizer ni la gente más conocida de su partido, como Gerardo Millman o Jaime Linares, hacen esto. Están convencidos de que la política es la solución a una serie interminable de problemas y, si es verdaderamente la solución, no hay motivo para disfrazarla de otra cosa. Stolbizer quiere que se la entienda: el peronismo, que ya lleva 25 años gobernando la provincia, no pudo solucionar los problemas que agita como propaganda electoral. Y punto.

Es probable que esta apuesta sea demasiado extrema. En la era de la hegemonía mediática, el pintoresquismo, el sentimentalismo, el trazo hiperbólico y la dramaticidad, todos los recursos video-ficcionales parecen obligatorios. Macri se ha puesto en la indiscreta obligación de comunicarle al pueblo de Buenos Aires que es un hombre feliz. No esperen una declaración parecida de Stolbizer. Aunque nacida en 1955 (o sea, miembro de la misma generación que Macri) piensa que no está obligada a regar su discurso con efluvios. No ha dado señales de pagar ese pesado tributo de intimidad.

Juzgada según el estilo de la época, Stolbizer se equivocaría. De todos modos, viene de un partido donde las efusiones personales son bastante moderadas. Se formó en un ambiente laico. Y cuando digo "laico" no me estoy refiriendo sólo a la separación de los asuntos divinos y los humanos, sino a la temperatura que los mismos asuntos humanos deben alcanzar en público: no pasarse mucho de la raya en las revelaciones emotivas, ni sacarse demasiadas fotos conmovedoras. Laico en el sentido en que se considera mejor no usar argumentos privados en escenarios abiertos. Ricardo Alfonsín, idéntico físicamente a su padre, debió pagar los costos de un parecido que lo agobió en lugar de favorecerlo.

Stolbizer, libre de ese peso, puede presentarse como la self-made woman . Aguanta la presión por acercarse, acolcharse y colapsar con su votante. Por otra parte, llegó adonde llegó por sus propios medios: rompió con la UCR, se alió con Carrió en un vínculo de mutua necesidad; después rompió esa alianza y siguió su camino en el FAP, ahora nuevamente aliada al radicalismo. Si algo mostró en todos estos movimientos es la autonomía.

Antes de las PASO, algunas encuestas le adjudicaron menor intención de voto que lo que obtuvo. Un encuestador sincero confesó, por televisión, que era difícil medirla porque sus votantes estaban principalmente en las ciudades chicas de la provincia de Buenos Aires. Inferencia: medir allí sale caro y nadie quiso pagar más plata para conocer la intención de votos de Stolbizer. Entre las PASO y octubre la medirán invirtiendo más recursos, sobre todo porque puede ser la pacwoman de De Narváez y comerle votos como en el viejo juego de los fichines.

Stolbizer sostiene que las encuestas generalmente la han subvalorado. Hay algo de simbólico en esto: la baja visibilidad de una política racional, que no es carismática y, además, rechaza las tácticas de acercamiento "húmedo" a sus posibles votantes. El racionalismo de Stolbizer tiene algo de extraño a la poco admirable argentinidad del aguante venga lo que venga y sea lo que sea, el aguante futbolero y peronista.

No pide identificación sino acuerdo. Sustituye los anzuelos de lo sensible con una racionalidad política que hoy pocos buscan. En este sentido, su persistencia tiene también algo de aguante.

© LA NACION.

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