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Revisionismo

Colón, el nuevo miembro del círculo rojo

Opinión

Pródigo en la dualidad de escribir con una mano el relato del presente y reescribir con la otra una versión del pasado para disimular incoherencias del modelo nacional y popular, el kirchnerismo fracasó en el intento de mudar el monumento a Cristóbal Colón y reemplazarlo por el de Juana Azurduy. Lo que consiguió fue estrellarse contra él. No sólo abortó la movida sino que se enfrentó, una vez más, con el gobierno de la ciudad, que reclamó su autoridad sobre un monumento que ha estado allí durante noventa años. Hubo un castigo adicional: la indiferencia de la opinión pública ante un conflicto fuera de agenda, caído del cielo, que la Casa Rosada intercaló entre los grandes problemas sin resolver que se debaten en la campaña.

La estatua de Colón, acostada boca arriba desde hace meses, lejos del alto pedestal, pero a tiro de piedra del despacho de Cristina Kirchner, remite a una de las imágenes más conmovedoras de El otoño del patriarca , la novela en la que Gabriel García Márquez nos recuerda, como si hiciera falta, hasta qué punto la memoria, el poder y el olvido están hechos de una misma sustancia.

La mudanza no obedeció a un plan. Fue una sugerencia que entusiasmó a la Presidenta. Lo explicó en estas páginas el colega Carlos Pagni cuando recordó el último encuentro en Buenos Aires de Hugo Chávez con Cristina Kirchner. Al observar la estatua a través de la enorme ventana del despacho presidencial, Chávez preguntó: "¿Qué hace ahí ese genocida?" Son las cinco palabras con las que durante años se dirigió a George W. Bush. Las mismas con las que el 12 de octubre de 2004, una fecha inequívoca, alentó a los militantes que derribaron y decapitaron en Caracas la estatua de bronce de una tonelada de peso conocida como "Colón en el Golfo Triste".

Un año antes, en el Día de la Hispanidad, con la convicción de siempre, Chávez convocó a la multitud para desmitificar el aura de Colón. Negó que fuera un descubridor sino "el personaje que inició una de las matanzas más grandes de la historia". Además, rebautizó el Paseo Colón como Paseo de la Resistencia Indígena. El otro monumento, el que estaba en la cercanía del Palacio de Miraflores, sede del gobierno nacional, tuvo el mismo final. Fue bajado del pedestal con el exótico pretexto de que se trataba de "un bien patrimonial del Estado", y desapareció sin dejar rastros. El alcalde que dio la orden aseguró que "tan injustificado como mantener a Colón en Caracas es colocar una estatua de Hitler en Berlín".

Eric Hobsbawm, considerado el mayor historiador del siglo XX, fue un apasionado de un fenómeno que de tanto en tanto reaparece en el continente y al que, a falta de un nombre mejor, podría denominarse la paciente demolición de Colón. El verdadero contexto en el que se libra el embate revisionista, advierte Hobsbawm en el brillante ensayo que presentó en Sevilla con motivo del Quinto Centenario, no es otro que la disputa de la memoria. Los regímenes autoritarios y populistas son, para él, los más entusiastas en una tarea que persigue un objetivo político de largo plazo: reafirmar los aspectos negativos de ciertos hechos y responsabilidades históricas para esgrimirlos como parte de una herencia trágica que condiciona el presente.

Hobsbawm, que en 1992 se negó a firmar un manifiesto de protesta que le acercaron los pueblos originarios de México, comprendía los sentimientos que inspiran esa clase de gestos. Reconoció, incluso, que sentía simpatía por ellos. Pero se negó a convalidar el eslogan revisionista más popular del momento: "La larga noche de los quinientos años". Desconfiaba de la frase. Entendía que encerraba una cuota de arbitrariedad suficientemente alta como para ignorar las contribuciones que durante siglos habían aportado las sucesivas corrientes migratorias llegadas al continente, primero desde los puertos de España; más tarde, desde toda Europa.

No estaba de acuerdo tampoco con la mirada esquemática del investigador que pone la lupa, de modo casi obsesivo, sobre el salvajismo y la crueldad que practicaban algunas de las culturas con las que se encontraron los primeros conquistadores. Como la imagen de diez mil prisioneros sacrificados en la inauguración del templo mayor de México; o los trescientos mil cráneos que contó Bernal del Castillo de cautivos que fueron enterrados en un mismo sector de la ciudad de México; o el rito de multitudes aztecas esperando al pie de las pirámides para alimentarse con los cuerpos de enemigos arrojados por las empinadas escaleras.

Es muy posible que ya nadie crea o imagine que el Nuevo Mundo fue alguna vez un paraíso salvaje. Pero un hipotético contrapunto de los horrores cometidos hace siglos por civilizaciones que crecieron separadas por la inmensidad del océano no puede convertirse en el precedente que justifique eliminar los símbolos del Descubrimiento, de mundos que se encontraron de la peor manera posible. Lo comprobado es que fue Colón quien dio vuelta la página: la Tierra dejó de ser una infinita mesa de billar sostenida por enormes elefantes, cuya dimensión cada uno imaginaba a su antojo, para convertirse en una esfera que ocupó el centro del universo hasta que Galileo la hizo girar alrededor del Sol.

Fue esa convicción de enorme epopeya la que, a comienzo de los años 80, durante una escala en el puerto de Nueva York, nos transmitió el comandante del buque escuela español Sebastián El Cano a los tres periodistas argentinos que invitó a almorzar en su camarote. La expectativa era hablar sobre su largo viaje de instrucción alrededor del mundo, pero, de manera inevitable, la conversación derivó en su antepasado más ilustre. El comandante se llamaba Cristóbal Colón de Carvajal y Maroto, y tenía, además de media docena de títulos de nobleza, una estrecha amistad con el rey Juan Carlos, que lo honraría al regreso de su viaje nombrándolo miembro de la Comisión del V Centenario del Descubrimiento. El linaje de los grandes navegantes sobrevoló la charla: Magallanes, Vespucio, Gaboto, Juan de la Cosa, Malaspina. Cuando llegó el turno de Colón, no esquivó ninguna pregunta sobre el rechazo que provocaba el apellido entre los pueblos originarios, repudio que, en esa época, era acompañado por protestas de estudiantes, marchas de campesinos, reclamos de organizaciones sociales y violentos choques de militantes con la policía en varios países.

El anfitrión aceptó que las campañas de desprestigio habían tenido éxito en separar al Descubridor de su hazaña. A diferencia de lo ocurrido con otros grandes exploradores, el verdadero papel del imperio español en la conquista y de instituciones como la Santa Inquisición quedó relegado ante un hombre acusado de casi todo, incluso de haber traído el pecado original a América. Colón es un caballo de Troya abandonado a su suerte. Encarna, en soledad, lo que décadas más tarde se materializó en el sometimiento y en la sustitución de una cultura pagana por la verdadera fe llegada desde Europa.

Carvajal y Maroto vivió lo suficiente como para ascender a vicealmirante, pero no llegó a ver las celebraciones del Quinto Centenario. En febrero de 1986, mientras viajaba a su despacho en Madrid junto a su asistente y el chofer, el coche oficial fue ametrallado desde ambos lados de la calle por un comando de la ETA. Antes de huir, para asegurarse, los terroristas arrojaron una granada de mano en el interior del auto.

La última imagen de aquel almuerzo en el buque escuela es la sonrisa y el silencio con los que el comandante evitó responder una pregunta que tal vez no tiene respuesta: si creía que el impacto histórico, económico, cultural, político, religioso y social del viaje de Colón había sido más relevante que el descenso de Neil Armstrong en la Luna.

Hay otro interrogante menos complejo y más actual. ¿Por qué una sociedad con una amplia mayoría de descendientes de quienes bajaron de los barcos estaría de acuerdo en desterrar a Colón al círculo rojo, que es donde el kirchnerismo ubica a los réprobos?

© LA NACION.

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