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El relato de la antipolítica

Opinión

Los ideólogos del kirchnerismo sostienen que lo propio de lo político en la democracia moderna, su núcleo vital, radica en el reconocimiento y legitimación del conflicto. El conflicto alienta y asegura el debate entre posturas que encarnan distintas formas políticas de identificación colectiva. Y dicen que las propuestas que se basan en el diálogo y el consenso tienden a eliminar aquel núcleo vital, suprimiendo la diversidad de voces mediante la imposición de un orden autoritario. De esto se llega a la máxima simplificación: toda alternativa que no se sustente en el conflicto es la antipolítica, algo vacío, inconsistente, que no moviliza las pasiones políticas y, por lo tanto, no merece ser tenido en cuenta.

El Gobierno aprendió bien esta lección teórica. En la práctica, con la mira puesta en beneficio personal y de otros pocos, se preocupó por definir explícitamente las voces que constituyen formas políticas de identificación colectiva. En consecuencia, cualquier otra voz que se haga escuchar por encima de las legitimadas atenta contra la versión de su modelo y hay que callarla por cualquier medio. Cuando esto no se puede, en el llano se la califica de destituyente; desde la teoría política se la bastardea públicamente bajo el mote de "la antipolítica".

Desde el regreso de la democracia, las nuevas generaciones han aprendido de sus mayores que los autoritarismos, las dictaduras y los fanatismos no solucionan los problemas

Más allá de no compartir este argumento teórico, y su particular bajada a la tierra por el actual gobierno, muchos argentinos creemos que se necesita construir una alternativa distinta para el país. Pero lo cierto es que, por distintas razones, en los últimos tiempos también hemos entrado en este juego de amigos y enemigos, buenos y malos, egos y divismos. Pensando entonces en salir del letargo y en la construcción de un modelo alternativo de futuro que permita unir voces que tienen mucho más en común que diferencias, paso a enunciar convicciones y premisas que pueden sustentar esta nueva alternativa.

Desde lo político no se trata ya de un combate o lucha contra un modelo o persona en particular ni de pretender eliminar las clásicas divisiones entre lo nuevo y lo viejo, izquierda y derecha, partisano o independiente, pasado y futuro, conservadores y progresistas, peronistas y radicales o socialistas, etcétera. Hemos evolucionado, y la realidad nos mostró que cada uno de estos pares tiene sus cosas buenas y malas y que una alternativa distinta para un país unido requiere rescatar lo mejor de ellos.

Desde el regreso de la democracia, las nuevas generaciones han aprendido de sus mayores que los autoritarismos, las dictaduras y los fanatismos no solucionan los problemas. Que el Estado debe estar presente sin asfixiar la iniciativa privada. Que el mercado no lo es todo y que sin desarrollo económico no se alcanza la justicia social. Que debemos proteger lo nuestro, sin que ello espante la inversión y elimine la sana competencia, que a su vez desalienta la cultura del trabajo y nos aísla del mundo desarrollado.

Hemos aprendido que la sociedad requiere de cierto orden. Que el país puede y debe ser más democrático, y que su implementación requiere siempre de algún tipo de ingeniería, instituciones y reglas de juego a respetar. Que la corrupción, chica o grande, debilita personas y países haciéndolos in-creíbles. Que sin división de poderes y una justicia independiente resulta insostenible una democracia republicana, pero que también es insostenible sin controles, frenos y contrapesos entre e intra poderes, más aun con el híper presidencialismo que nos rige. Que se puede luchar contra la inseguridad sin mano dura, pero siendo firmes en el respeto y cumplimiento de la ley.

Hemos aprendido que es fundamental asistir a los más necesitados y que en el mediano plazo es indispensable diseñar herramientas que les permitan trabajar y alcanzar su inclusión en la sociedad. Que las minorías tienen derecho a exigir una plena integración, sin que ello resulte en mayor discriminación o ahondar la división de la sociedad. Que debemos cuidar el medio ambiente y los recursos naturales, y que ello no se logra con reacciones espasmódicas o chauvinistas, sino con políticas equilibradas y transparentes de mediano y largo plazo.

Hemos aprendido que el desarrollo tecnológico democratiza la información, pero que no se trata solo de tuitear o repartir notebooks, sino que puede y debe ser orientado a la inclusión

Hemos aprendido que el desarrollo tecnológico democratiza la información, pero que no se trata solo de tuitear o repartir notebooks, sino que puede y debe ser orientado a la inclusión, a mejorar la calidad de servicios que brinda el Estado y a desarrollar una economía basada en el conocimiento.

Hemos aprendido, en definitiva, que el diálogo y el respeto por el otro es la única manera de unir a los argentinos y de poder llevar adelante una vida normal. Que podemos alentar la diversidad y reconocer la existencia de conflictos, pero también la necesidad de administrarlos y resolverlos con el mayor equilibrio posible, sobre la base de reglas comunes y dentro de la ley. Y que los gobernantes deben dar el ejemplo.

Para muchos argentinos este aprendizaje, resumido en las convicciones y premisas citadas, forma parte de lo político y moviliza pasiones políticas. Prudentemente, ni siquiera me interesa definirlo como "lo propio" de la política -quién tiene la verdad-, ni hablar de nueva política, ni nuevo modelo, ni tercera vía. Simplemente, llamarlo la alternativa..

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