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Empresarios & Cía.

El poder detrás del simulacro

Opinión

Por   | LA NACION

 
 

Fue en la mañana del último 19 de marzo, en Roma. La Presidenta y la delegación oficial se preparaban para ver, desde la primera fila del palco, la asunción de Jorge Bergoglio como papa. Estaban Aníbal Fernández, Alfredo Scoccimarro, Héctor Timerman; el presidente de la Corte, Ricardo Lorenzetti; Ricardo Alfonsín; los sindicalistas Omar Viviani, Omar Suárez y Antonio Caló; los intendentes Carlos Espínola (Corrientes) y Julio Pereyra (Florencio Varela), y un empresario de inmejorable relación con Cristina Kirchner, José Ignacio de Mendiguren, entonces todavía líder de la Unión Industrial Argentina (UIA).

El viaje terminaría revelando cuestiones de fondo y, para los menos habituados, aspectos psíquicos sustanciales de los protagonistas. En un momento de distensión, la entonces princesa Máxima Zorreguieta, que ocupaba el palco de atrás con su marido, Guillermo, y los príncipes españoles Letizia y Felipe, levantó el brazo y saludó a Mendiguren, conocido de su padre azucarero, Jorge Zorreguieta.

El textil se acercó. Máxima le presentó a Guillermo y a los españoles, que contaron que vendrían en septiembre a Buenos Aires a promocionar la candidatura de Madrid para los Juegos Olímpicos de 2020. "Podemos hacer un encuentro en la UIA", propuso el empresario, y se quedó un rato conversando. Cuando volvió a su lugar, recibió comentarios jocosos de la comitiva argentina. "Vasco, te codeás con la realeza", bromeaban. Pero la Presidenta intervino, seria: "Mucha realeza, pero en primera fila estamos nosotros".

El industrial volvió convencido de que el kirchnerismo empezaba a declinar. Había demasiados desencuentros internos por Francisco; veía a la Presidenta entre impetuosa por acercársele e incómoda y, por sobre todas las cosas, mientras seguía los movimientos del Papa, sacó una conclusión para sí mismo: estaba, por primera vez en años, frente a un liderazgo argentino con verdadera autoridad en el mundo. Alguien que, sin sobreactuaciones, encarnaba virtudes que el electorado empezaba aquí a reclamar mientras, para peor, se desaceleraba la economía.

Mendiguren conoce bien a Bergoglio. En 2002, como ministro de Duhalde, lo tuvo de confesor. Al volver de Roma contó en la UIA sus percepciones. Fue una novedad para todos porque, hasta ese momento, sólo algunas corporaciones venían pronosticando desde 2008, sin acertar, el declive del Gobierno.

Lo que pasó después es más o menos conocido. Mendiguren renunció públicamente a su anhelo reeleccionista en la UIA -donde se impuso Héctor Méndez- y, una noche, en una comida organizada por el Cippec, se cruzó con Sergio Massa, que no había decidido aún si seguir apoyando al Gobierno o lanzarse solo. Ya había intentado, sin éxito, discutir personalmente sus planes con Cristina y Máximo Kirchner. Los mensajes a un interlocutor de Olivos recibieron una respuesta lapidaria: no lo iban a atender.

Mendiguren se acercó entonces a la mesa de Massa, que lo sorprendió con el saludo: "¿Qué hacés, cagón?" A la pregunta de por qué, el intendente explicó: "No querés seguir presidiendo la UIA". El textil devolvió la ironía: "¿Y por casa cómo andamos?" Y la respuesta volvió a sorprender: "Yo voy a jugar. Necesito que me acompañes".

El posterior salto al massismo sorprendió al establishment, que lo juzgó emblemático por dos razones. Primero, porque se trataba del único líder fabril que podía hablar, con frecuencia y sin eufemismos, con Cristina Kirchner. Pero también porque lo consideran un lobbista con quien no siempre coinciden, pero al que atribuyen un olfato político innegable.

La preferencia por Massa se fue ahondando con los meses, se confirmó después de las primarias y se acrecienta ahora, con la aglomeración de hombres de negocios que pugnan por acercársele. Tanto, que ha redireccionado ciertos vicios criollos: en un país habituado a mezclar los tantos, proliferan los intermediarios de encuentros en los que, al final del día, cuesta discernir qué aporte de fondos fue a la campaña y cuál al gestor.

La apuesta tiene para todos un doble filo. ¿Cómo convivir, mientras se trasluce el entusiasmo por cambios en el Congreso, con un gobierno que debe administrar el Estado dos años más? No debería sorprender que Adelmo Gabbi, ex líder de la Bolsa y hombre influyente de esa entidad, haya rechazado días atrás la invitación a reunirse con Massa. La Bolsa está en plena ebullición por la reglamentación de la ley de reforma del mercado de capitales, juzgada ilegal por sus operadores.

Un buen termómetro será el almuerzo que el Consejo Interamericano de Comercio y Producción, que preside Eduardo Eurnekian, tendrá el 2 del mes próximo en el Alvear con Daniel Scioli. ¿Cabe esperar el éxito de aquel 7 del mes pasado, cuando Massa obligó a agregar mesas? El hombre de negocios es despiadado. En 2011, pocos días antes de las elecciones que ganó Cristina, la presencia de Ricardo Alfonsín, candidato de la oposición, obligó a utilizar sólo una parte del recinto porque sobraban las mesas.

Es natural entonces el nerviosismo del Gobierno. La imagen de Scioli acaba de caer, según mediciones propias, unos 10 puntos. Hace tres semanas, Martín Insaurralde llevó a la Casa Rosada a un consultor de primera línea para que se reuniera con el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, y delineara la campaña. Estaba también el director creativo de la consultora. Mientras intercambiaban posiciones, entró Cristina Kirchner y, para sorpresa de todos, aceptó lo que después fue el comentario del mundo político y mediático: el desfile de funcionarios y candidatos propios por canales del grupo Clarín.

El tiempo develará el éxito de la estrategia, que incluyó la incorporación de Ernesto Savaglio, publicista de Scioli; el desplazamiento de referentes de La Cámpora de esa faena, y la vuelta de Julio De Vido a la relación con los intendentes. No son casuales esos últimos afiches que muestran a Insaurralde solo, sin Cristina, a quien el sciolismo considera "piantavotos".

Lo que no sufrirá modificaciones es, para maltrago de los empresarios, la manera de encarar la economía, ni sus diagnosticadores y curanderos. El martes, ante empresarios, Guillermo Moreno expuso sobre economías regionales. No veía muchas alternativas: como consecuencia de la crisis global, dijo, productos como el aceite de oliva o el jamón italiano están muy baratos y se hace difícil competir, por lo que hay que atender sólo el mercado interno. Nada nuevo en Moreno, de no ser por un detalle: fue el mismo razonamiento, y los mismos ejemplos, que la Presidenta expuso en Río Gallegos en su encuentro con los dueños de la pelota.

Esta semana, luego de conocerse que Claudio Bonadio había procesado a Moreno, la euforia en ciertas áreas de la administración económica se ahogó con una orden directa de Olivos: respaldar públicamente al secretario de Comercio. Julio Alak, jefe de la cartera de Justicia, fue el primero en cumplirla; sólo la Presidenta da instrucciones a ministros. Y algunas empresas de consumo masivo ya recibieron convocatorias para discutir precios con Moreno después de las elecciones.

Cuesta arriba, todo sigue idéntico a sí mismo. Ninguna impostura puede prevalecer sobre la cosmovisión y el carácter, nociones que vienen desde lejos o emergen del alma.

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