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El análisis

Se cruzó una línea roja

Política

La campaña para las elecciones del 27 de octubre tuvo ayer un mal comienzo. Sobre todo para Cristina Kirchner, que encontró un dolor de cabeza, otra vez, en La Matanza.

El ataque con piedras contra la caravana de Sergio Massa cobija dos novedades desagradables para el oficialismo. La primera es la aparición de un tipo de violencia inédita aun entre los peronistas, que no se caracterizan por los buenos modales.

Si se quiere comprender ese fenómeno, conviene advertir la segunda alteración: Massa está provocando una movilización inusual en el conurbano bonaerense, que es la principal cantera electoral del kirchnerismo.

Para las prácticas habituales, los episodios de ayer fueron extraños.

Durante las temporadas proselitistas suelen aparecer locales partidarios incendiados en los barrios más duros del Gran Buenos Aires. O trifulcas entre militantes por el control de una pintada. Como explicaba ayer un viejo puntero de Avellaneda, "enchastrando una pared de madrugada siempre te podés ligar algún balazo". Pero es rarísimo que un candidato consagrado, que encabeza las encuestas, quede expuesto a un ataque con piedras durante una recorrida.

Los asaltos de ayer hacen pensar en algún tipo de preparación. Ambos se produjeron allí donde la romería de Massa, cuyo itinerario de 85 cuadras se conocía por anticipado, se alejaba de las avenidas para introducirse por calles más estrechas. La primera encerrona se produjo en El Tambo, el barrio de Luis D'Elía, quien ayer diagnosticó vía Twitter "total fracaso de la caravana de @SergioMassa en La Matanza. Puros autos y micros vacíos". D'Elía debería quedar fuera de sospecha: ¿para qué iba a agredir a un fantasma? La segunda fue en San Alberto, donde los punteros de Massa identificaron a Daniel Campana, subdelegado municipal de la zona, como uno de los agresores.

Se descartó que hubiera heridos de bala. Pero varios participantes de la marcha terminaron lastimados por los piedrazos. El propio Massa recibió un disparo de gomera en el pecho, mientras gritaba "no contesten, no contesten".

Ya había indicios de que a Massa le resultaría costoso visitar algunas zonas. El jueves pasado, por ejemplo, un piquete le impidió ingresar al Colegio de Abogados de Lomas de Zamora, donde concurrió con Darío Giustozzi y Diego Molea, el presidente de la entidad. Lo tomaron como una picardía de Martín Insaurralde, intendente de la ciudad, o de su subsecretario de Gobierno, Gastón Lasalle.

Mucho más escabrosa fue la intromisión del prefecto Alcides Díaz Gorgonio en el domicilio de Massa, el 20 de julio. El oficial está con prisión preventiva. Cerca del intendente de Tigre profetizan que, cuando se conozcan los pormenores de esa fechoría, habrá un escándalo que tal vez lastime a Aníbal Fernández.

Del subsuelo de las campañas suele brotar este tipo de episodios. Sin embargo, ayer se cruzó una línea roja. ¿Qué hubiera pasado en la política argentina si, por obra del azar, hubiera habido muertos, como ocurrió en Venezuela, durante la campaña de Henrique Capriles de 2012? La pregunta debería inquietar a Daniel Scioli, a quien señalarían, como hicieron ayer, los integrantes del equipo de Massa. Uno de ellos comentó a LA NACION: "Uno de los responsables de la policía en La Matanza nos dijo que no había orden de proteger la marcha". La oposición peronista presentará los altercados como el primer fracaso ostensible de Scioli en su apuesta a mejorar la seguridad con la gestión de Alejandro Granados. Un cable de Télam informaba anoche que la diputada Mónica López, aliada a Massa, señaló a Scioli como el responsable penal de lo ocurrido.

Ni Scioli ni Granados tuvieron rapidez de reflejos como para comunicarse con Massa. En cambio, el intendente de La Matanza, Fernando Espinoza, llamó al colega de Tigre para transmitirle su solidaridad. Tal vez no esperaba que Massa se lo agradecería con un tuit. En el círculo más cercano a Espinoza anoche negaban, por supuesto, cualquier vinculación con los hechos. Preferían señalar a la concejal Verónica Magario, quien, impulsada por La Cámpora, ocupa el tercer lugar de la lista de diputados nacionales del oficialismo. Es la verdadera adversaria de Espinoza.

La nueva irrupción de la violencia se puede explicar de mil maneras. Entre otras, por los antecedentes del kirchnerismo, involucrado en convulsiones que nunca fueron aclaradas. El Gobierno puso un celo especial en que no trascendiera un solo nombre de los 500 detenidos en comisarías bonaerenses durante los saqueos de la última Navidad. Y tampoco se aclararon las razones del vandalismo registrado en marzo pasado en Junín, la ciudad de Mario Meoni, uno de los aliados de Massa.

Los disturbios de ayer pueden ser, sin embargo, el síntoma de otro tipo de malestar. El kirchnerismo enfrenta una alteración inquietante: por primera vez un candidato peronista que activa en su contra al conurbano. Los que ayer atacaron la caravana de Massa cometieron el error de volver visible ese fenómeno. Es verdad que a las procesiones del intendente de Tigre les falta mucho, en volumen y en fervor, para igualar las que realizaba Carlos Menem en 1988, durante su interna con Antonio Cafiero. Pero hay un dato inocultable: desde aquellos paseos de Menem no aparecía un peronista que, enfrentado al aparato estatal, recorriera con éxito las zonas más humildes del Gran Buenos Aires. El último peronista en producir ese fenómeno fue Néstor Kirchner, entre 2004 y 2005. Pero contaba con el enorme beneficio de ejercer la presidencia.

La popularización que está ensayando Massa es consistente con lo que indican las encuestas. Para el sociólogo Hugo Haime, por ejemplo, más del 50% de los consultados consideran que este candidato tiene imagen muy buena o buena. Y sólo el 15% lo asocia con algo negativo. Sin embargo, el número más mortificante para Cristina Kirchner y los suyos es el siguiente: según las encuestas que consumen los funcionarios, Massa obtuvo más del 44% de los votos entre los beneficiarios de los planes sociales que ellos mismos adjudican. Como suele decir Felipe Solá, "el verdadero rival no es el que habla mal de vos sino el que te saca la clientela". En otras palabras: el peronismo está capturando la atención del tercer cordón del conurbano con una figura que no pertenece al oficialismo, sino a la oposición. Y lo curioso -o lo escandaloso- es que lo hace con un personal reclutado en las entrañas del propio kirchnerismo.

El sufrido Insaurralde parece cada vez más solitario en la tarea de enfrentar ese acontecimiento. Para mejorar su marketing recurrió a viejos contratistas de Massa: el publicista Ernesto Savaglio y el agente de prensa César Mansilla, a quien conoció gracias a su rival. El problema principal de Insaurralde es que debe contrarrestar dos campañas de Massa: la que lleva adelante el propio candidato, y la que realiza en su favor el oficialismo, que ayer tuvo un lanzamiento, a pesar de lo peligroso, insuperable.

El intendente de Lomas de Zamora está sometido, además, a los tironeos del propio kirchnerismo. El miércoles pasado, por ejemplo, recibió instrucciones de Cristina Kirchner y de Julio De Vido para que se distancie de Scioli y vuelva a someterse a las directivas de Juan Manuel Abal Medina y de Andrés "el Cuervo" Larroque, avatar de Máximo Kirchner en la provincia de Buenos Aires. Mientras tanto, Scioli presiona para que en los próximos carteles aparezca el color naranja, una recomendación de Savaglio (a propósito: quizás una de las iniciativas inaugurales de los representantes de Massa en la Legislatura bonaerense sea una investigación sobre los costos publicitarios de la candidatura del intendente de Lomas de Zamora).

Las controversias de su propio grupo tienen un pésimo efecto sobre la peripecia de Insaurralde: la señora de Kirchner lo designó candidato a diputado sin avisarle que sería para enfrentar a alguien que, en parte gracias a ella, se va convirtiendo en candidato a presidente. Para después de los comicios, además de organizar una visita al papa Bergoglio, con quien debe saldar algún viejo malentendido, Massa prepara una gira por los Estados Unidos con la colaboración de Martín Redrado y Jorge Brito, entre otros financistas.

Sería incorrecto, sin embargo, atribuir la evolución del actual proceso electoral a los aciertos o los errores de las campañas. Massa es el beneficiario de una situación objetiva difícil de corregir. Con mayor o menor lucidez, está parado sobre dos males que el Gobierno no puede solucionar en el corto plazo: la inseguridad y la inflación. Consciente de esa ventaja, se presenta como un político interesado en resolver problemas tangibles. Cristina Kirchner, cada vez más comprometida en una gesta intergaláctica, le presta un servicio invalorable..

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