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Guiños a Brasilia y reproches a Washington

Carlos Pagni

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LA NACION
Martes 24 de septiembre de 2013
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La visita de Cristina Kirchner a Nueva York y, sobre todo, su discurso de hoy ante la Asamblea General de las Naciones Unidas prometen ser una radiografía las ensoñaciones y resultados de su política exterior.

La innovación de este año es la victoria diplomática de Dilma Rousseff sobre la Presidenta. La señora de Kirchner ha decidido convertirse en su abogada en el conflicto con Barack Obama por las denuncias de espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) de los Estados Unidos sobre el gobierno de Brasil. Y lo curioso es que esa generosidad no ha sacado la relación entre Buenos Aires y Brasilia de la crisis en la que está empantanada.

La Presidenta se envolverá en la bandera verde y amarilla para reprochar a Washington aquellas actividades. Ese enfrentamiento ajeno ya ingresó a su campaña electoral. El viernes, en Ezeiza, explicó: "Hay algunos que quieren intentar cosas que uno está viendo que pasan en países hermanos, también por allí gobernados por otra mujer como yo, y da una cosita por dentro como si quisieran darse una vuelta otra vez por el vecindario, para volver a hacer las cosas que pasaron en otro momento".

Cristina Kirchner preserva como una reliquia esa imagen, adquirida en los pasillos de la Universidad de La Plata, en la que los Estados Unidos aparecen como un genio maligno al que deben imputarse los problemas de América latina.

En los últimos meses recurre a más a menudo a ese enemigo externo y oculto para explicar las desgracias nacionales. Al celebrar el Día de la Industria, también se refirió a esas "cosas": "Muchas cosas que se están pergeñando desde afuera y desde adentro tienen que ver con escarmentar a un país que se atrevió a una receta diferente".

Al día siguiente de aquella especulación, Rousseff puso a Cristina Kirchner el caramelo en la boca. Su ministro de Defensa brasileño, Celso Amorim, detalló en la Casa Rosada las denuncias del topo de la NSA, Edward Snowden. Una semana más tarde, el nuevo canciller de Rousseff, Luiz Alberto Figueiredo, el célebre "Afogador" de Itamaraty, se llevó también de Buenos Aires la adhesión de la Presidenta a la cruzada brasileña contra Obama.

Un funcionario kirchnerista intentó convencer al periodismo de que Amorim había comentado que también las comunicaciones argentinas estaban "tomadas por los norteamericanos". Pero, es una pena, en Brasil no confirmaron esa información. La Presidenta no tuvo otro remedio que victimizarse por analogía. Más allá de su pasable altruismo, el reclamo en favor de Rousseff tiene significado en la ecuación doméstica del Gobierno.

El país está pendiente de una decisión de la Corte Suprema de los Estados Unidos en el pleito con los holdouts . Si ese tribunal confirmara las condenas anteriores y pusiera a la Argentina en la situación de un default técnico, la Casa Rosada presentaría la resolución como una de "las cosas que se están pergeñando desde afuera para escarmentar al país". Dicho de otro modo: igual que hizo con los máximos jueces argentinos el frustrado 7-D, Cristina Kirchner sugiere que, si no aceptan su postura, los miembros de la Corte estadounidense quedarán convertidos en "la Corte del 30".

A raíz de las filtraciones de Snowden, Rousseff canceló su visita de Estado a Washington, programada para el próximo 23 de octubre. La reacción fue mucho más agria que la de otros afectados, como el mexicano Enrique Peña Nieto, por ejemplo. Se entiende: Snowden eligió como depositario de sus confidencias a Glenn Greenwald, un periodista de The Guardian radicado en Río de Janeiro, que filtró esos informes al programa Fantástico , el más popular de la TV brasileña.

Sobreactuación

Desde hace un mes, hasta los alumnos de la escuela primaria de Río o de San Pablo están al tanto del monitoreo que hace Obama sobre las comunicaciones de Rousseff y Petrobras.

En Brasil muchos consideran que Dilma sobreactúa su antiimperialismo para atenuar un clima social adverso. De hecho, el viernes pasado, cuando el Consejo de los Derechos Humanos de la ONU trató el escándalo del espionaje internacional, la delegación brasileña participó con una funcionaria de segundo nivel que ni pidió la palabra.

La solidaridad de la Argentina con Brasil por las intromisiones de la NSA tiene derivaciones muy concretas para la política interna de ambos países. En nombre de la "soberanía cibernética", Rousseff pretende prohibir los buscadores de Internet radicados fuera de su país. Esa exigencia, célebre forma de censura en China, otorga a los gobiernos una temible capacidad de control, en especial sobre la prensa y sobre quienes promueven movilizaciones a través de las redes sociales, como está ocurriendo en las grandes ciudades brasileñas.

¿Se asociará Cristina Kirchner a esta reivindicación nacionalista? Ya dio un paso. Con la misma excusa de sustraerse a la vigilancia externa, Amorim y Agustín Rossi suscribieron un acuerdo por el cual las Fuerzas Armadas se encargarán de la "ciberdefensa". Los militares accederán así a un formidable poder y a un apetecible negocio que deben haber entusiasmado al general César Milani. El jefe del Ejército conduce el espionaje militar y se ha convertido en el verdadero ministro de Defensa.

Estas iniciativas llaman la atención no sólo por su raíz autoritaria, sino por su evidente incongruencia. A la condena del espionaje internacional debería seguir la clausura de los organismos de inteligencia militar. Porque, si no se orientan hacia el exterior, ¿a quién supervisarían sino a la población local? La izquierda mercosuriana aparece escindida de sí misma. La pulsión nacionalista la lleva a convalidar el espionaje interno, que su retórica garantista debería repudiar.

Agresividad

A diferencia de lo que ocurre con Rousseff, la agresividad de Cristina Kirchner con los Estados Unidos se integra en una escalada de más larga duración. Una de sus manifestaciones más notorias fue el acuerdo con Ahmadinejad por el ataque terrorista contra la AMIA. El balance de esta estrategia, se volverá a advertir en Nueva York, es muy negativo.

Ahmadinejad abandonó el poder sin que la asamblea nacional de su país convalide el pacto. Lo sucedió Hasán Rohani, quien ganó las elecciones con el apoyo de Akbar Rafsanjani, uno de los acusados por la Argentina, con pedido de captura en Interpol. Es difícil que Rohani quiera cumplir con los compromisos de su rival y antecesor.

La novedad es que Rohani se aproxima a Occidente. No sólo liberó a 11 de los centenares de presos políticos iraníes. Prometió también no fabricar armas nucleares. En Nueva York mantendrá reuniones inesperadas con líderes europeos. Entre ellos, Mariano Rajoy. Y comenzó a enfriar su relación con la Venezuela de Nicolás Maduro.

Algunos expertos pronostican que Rohani podría incorporarse a un acuerdo mucho más amplio que el que sellaron Obama y Vladimir Putin sobre la utilización de armas químicas en la guerra civil de Siria, país con el que Irán tiene lazos estrechísimos.

La señora de Kirchner cambió en vano de posición en una guerra. Ahora llega tarde a una escena que ha cambiado. El viejo problema con la puntualidad.

Rohani se diferencia del negacionista Ahmadinejad integrando a su comitiva al único miembro de la comunidad judía en la asamblea iraní. La Presidenta no estará escoltada por dirigentes comunitarios. Sólo la acompañarán familiares de las víctimas del ataque contra la AMIA.

Sin haber podido explicar los beneficios, la Presidenta debe soportar los costos de su acuerdo con Ahmadinejad. Algunos se registran en el frente externo que más la inquieta: el pleito con los houldouts . Esos financistas, denunciando la aproximación con Irán, consiguieron que el Departamento del Tesoro y el Fondo Monetario Internacional renuncien a presentarse en los tribunales como amicus curiae favorables a la Argentina.

Es difícil que el dramatismo con que la señora de Kirchner presente hoy el conflicto con los holdouts disimule otros desaguisados objetivos. El Gobierno insinuó alguna voluntad de pago, que no va más allá de lo simbólico, cuando los tribunales neoyorquinos ya lo habían sancionado como "deudor recalcitrante".

La embajadora argentina en Washington, Cecilia Nahón, intentó explicar la posición oficial en el Congreso de los Estados Unidos. El número de legisladores asistentes fue muy bajo: cero. Por este tipo de errores, la burocracia de la Cancillería, siempre despiadada, denomina a Nahón " chicken or pasta "; un sarcasmo sobre su nivel de experiencia internacional.

Una rareza más de la relación con Brasil: a pesar de su generosidad en la controversia por el espionaje, la Presidenta no consiguió de Rousseff siquiera una mención de apoyo a la Argentina. Tampoco logró que postergara siquiera una semana un nuevo repudio a las prácticas proteccionistas de Cristina Kirchner y Guillermo Moreno. El propio canciller Figueiredo expresó que tal vez su país busque otro socio. Es decir, amenazó con romper el Mercosur.

Cuando se presta atención al método de la Presidenta para hacer política, estas desventajas argentinas asombran un poco menos. Ella lo explicó en su discurso de Ezeiza: "Aunque no haya agua, nosotros igual nos tiramos a la pileta".

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