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Una excepción que debería ser la regla

Lejos de ser un ejemplo de lo bien que funciona la Justicia, la celeridad con que se logró condenar al asesino fue un triunfo de la familia, que se puso la causa al hombro para paliar las falencias de la investigación oficial

PARA LA NACION
Jueves 03 de octubre de 2013
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Entre la madrugada de febrero de 2010 en la que Eduardo Vásquez prendió fuego a su esposa, Wanda Taddei, y la condena a perpetua por homicidio pasaron menos de tres años y medio. Parece poco para un proceso en el que desfilaron cientos de testigos, peritos, testimonios desgarradores de sus hijos menores en cámara Gesell, litros de tinta en los diarios, tres jueces subrogantes. Se llegó a un juicio oral y público que c ondenó a 19 años de prisión al ex baterista de Callejeros, con el atenuante de su shock pos Cromagnon . El caso fue revisado luego por Casación, que consideró que no hubo atenuantes: la quiso matar y la mató, y por eso a Vásquez le dieron el máximo permitido en nuestro ordenamiento penal, treinta y cinco años.

En medio de una seguidilla de prescripciones anunciadas y juicios interminables (el del ex presidente Carlos Menem por la omisión maliciosa de bienes; el de María Julia Alsogaray por sobresueldos; el de privación ilegítima de la libertad en los hechos que terminaron con la muerte de Walter Bullacio), el caso Taddei daba cierto oxígeno frente a una sensación colectiva de impunidad dominante en los tribunales. Tres años y medio entre el hecho y la condena. En el tiempo en que a algunos jueces les toma empezar a mover un expediente, el caso estaba resuelto, y la familia Taddei supo quién había matado a Wanda y cómo. La lloraron sus padres, sus hijos y su hermano, que pudieron recrear, sobre la base de la sentencia, esos últimos minutos del 19 de febrero, cuando el clic de un encendedor desataba el peor final.

"Es una falacia exponer este caso como un ejemplo de lo bien que puede funcionar la Justicia. Este caso es una excepción que sólo se explica porque la familia de Wanda tuvo los medios que otros no tienen para llevar la causa adelante. Económicos y físicos, porque no cualquiera puede dejar de trabajar y cargarse la investigación al hombro." Leonardo Rombolá, abogado de la familia Taddei, pulverizó en una reflexión breve cualquier viso de optimismo. Los tiempos se aceleraron sólo porque pudieron acelerarlos. No se trata de una familia vinculada al poder ni de un estudio con capacidad de lobby, dos de las variables que en determinadas circunstancias sobran para garantizar el éxito.

¿Cómo lo hicieron? Jorge y Beatriz Taddei enterraron a su hija el 21 de febrero. Y el 22, en lugar de llorarla y acompañar a sus nietos de 6 y 8 años, se sentaron frente a un fiscal. Habían pasado los últimos diez días viéndola agonizar en una cama del Santojanni. Estaban exhaustos. Y, aun así, eligieron sentarse frente al fiscal porque desconfiaron del relato que había hecho Vásquez en sede judicial. El ex marido de la víctima repetía su libreto: "Llegué tarde, ella me recriminó mal, discutimos, me corrió por la casa con alcohol, yo hice yoga, prendí un pucho, me encendí las manos, quiso ayudarme y se quemó".

Empresario maderero de Mataderos, Jorge Taddei hasta ese momento se manejaba con un abogado laboralista. Pero le alcanzó esa breve reunión con el fiscal para entender que iba a necesitar mucho más que el amable asesoramiento de quien se ocupaba de los contratos de sus empleados si quería llegar a la verdad: la Justicia no iba a ocuparse del caso de su hija a menos que él lo hiciera. El fiscal les pidió que aportaran pruebas. A ellos, que acababan de volver del cementerio de Flores, les sugirió que buscaran testigos, filmaciones, alguien que pudiera haber visto algo. Como si se tratase de un accidente de tránsito al mediodía, les pedía que lleven testigos que hubieran visto u oído algo a las 3 de la mañana en el ámbito privadísimo de un PH de Pizarro 7083.

Fue trabajo del tándem Taddei/Rombolá pedir que se indagara sobre lo evidente: ¿por qué no habían declarado los hijos de Wanda que esa noche estaban en la casa? Cuando lo hicieron, el menor fue contundente: "Mi mamá gritaba: «No me mates?»". Un año más tarde, llegó la reconstrucción que selló el destino de Vásquez. Las contradicciones que la Justicia parecía haber ignorado con un falta de mérito surgieron una tras otra: las quemaduras de Wanda hasta la ingle dieron cuenta de que se prendió fuego sentada y de que el alcohol fue derramado sobre su cuerpo. La escena de los dos parados discutiendo, que había relatado Vásquez, nunca había existido. La botella de alcohol jamás entró de una patada bajo el sillón, como él relataba, y Vásquez tuvo que intentarlo tres veces hasta caer en la cuenta de que su libreto se estrellaba con la realidad. Una brasa no inicia una combustión, sí lo hace la llama de un encendedor. Vásquez había relatado que, en medio de la discusión, Wanda le cortó la luz, que eso le recordó la noche de Cromagnon y detonó su emoción violenta. Pero las simples fotos del reloj del microondas que nunca se había apagado dejaron en evidencia que no estaba diciendo la verdad.

En cada testimonial, cada vez que sus nietos estuvieron frente a la Justicia, en la reconstrucción de los hechos, en la búsqueda de pruebas, siempre estuvo Jorge Taddei presente. Haciendo de fiscal y de juez, cubriendo los huecos absurdos que dejaba la Justicia.

Cuando decidió tomar la causa, aquella noche en su estudio de Caballito, Leonardo Rombolá fue claro: " Van a necesitar medios económicos. Y voy a necesitarlos a ustedes. ¿Tienen la plata y el tiempo?". Los Taddei no dudaron. Tres años y medio después de enterrar a su hija, Jorge maneja el lenguaje jurídico con la misma soltura con la que en otros tiempos se refería a la madera. "Me pregunto todos los días qué hubiese pasado si yo hubiese sido un albañil con cuatro hijos para mantener. Y sé la respuesta: Vásquez estaría libre", asegura el papá de Wanda .

El abogado y su cliente conviven con una sensación ambigua, la satisfacción personal por ver al asesino condenado y el fracaso social por la forma en la que se lo consiguió. Porque un papá como tantos hizo el duelo en los pasillos de tribunales. Porque tuvo que ver las fotos del cuerpo de su hija quemado en lugar de recordarla sonriente en alguna de las tantas comidas familiares. Porque en lugar de esperar la sentencia en su casa tuvo que salir a perseguirla. Como si se tratara de un favor de la Justicia y no de un derecho. Porque después de Wanda, en Paternal, murió quemada una mujer hace 2 años y todavía no se hizo la reconstrucción del hecho. Y en La Matanza está libre un hombre acusado de quemar a su mujer y no fue siquiera llamado a indagatoria.

Porque los tres años y medio desde el fallecimiento de Wanda hasta la condena de Vásquez no alcanzan para medir la eficacia de la Justicia si el costo fue, en todo sentido, tan alto. Y un costo que tan pocos pueden afrontar.

© LA NACION

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