Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí

El Magnificat de Russo, con ideas y vigor

Concierto de la Orquesta Sinfónica Nacional, con participación del Coro Nacional de Jóvenes, dirigido por Néstor Zadoff. Programa: Sinfonía Nº 4, en Do menor, D. 417 la "Trágica", de Franz Schubert, y estreno del Magnificat para mezzosoprano, coro y orquesta, de Antonio María Russo. Solista: Alejandra Malvino. En el Auditorio de Belgrano. Virrey Loreto y Cabildo. Nuestra opinión: bueno.

Viernes 26 de noviembre de 1999

En la historia de la música sacra será difícil encontrar un músico que haya escrito dieciséis Magnificat, como el sevillano Cristóbal de Morales. Pero también escribieron algunos Palestrina y Victoria. Los demás, sólo uno, como Bruckher y Berio.

Antonio María Russo, que dio a conocer hace poco su Misa de Corpus Christi, estrena hoy su Magnificat, construido musicalmente con el lenguaje de nuestro tiempo.

Ya las primeras notas que canta el coro junto a los vientos con el texto "Magnificat anima mea Dominum" prenuncian el lenguaje politonal en el que el descomunal empuje rítmico llega al borde de la crispación.

Un nuevo desafío asume el compositor: expresar el texto mariano. De allí que sorprende cuando acude a la introspección sonora -de sugerente suspenso- precisamente para el siguiente verso de espléndido regocijo como es "Et exultavit spiritus meus..." (y se alegró mi espíritu...).

De todos modos, la música escrita por Russo es atrapante por sus sorpresas. Ya por el politonalismo empleado en la primera incursión de la solista: "Quia respexit humilitatem ancillae suae" (porque contempló la humildad de su sierva), ya por el poderoso élan para las contundentes palabras del "Quia fecit mihi magna qui potens est" (porque hizo grandes cosas el que es poderoso), aunque el "qui potens est" termine en un paradójico pianissimo.

El compositor ya expresa, ya se aparta musicalmente del sentido del texto. No obstante, a medida que avanza la partitura, parecería resultar más empática con la palabra, sobre todo a partir del verso "Et misericordia eius" que concluye en las notas graves del "timentibus eum" (para los que le temen).

Las mayores sorpresas de esta compleja obra son el portentoso colorido tímbrico y el arrollador impulso rítmico, propios del estilo de Russo. El dramatismo musical atraviesa el encendido texto de gratitud y alabanza a Dios. Y en su arrebato roza las profundidades de lo ominoso y las exaltaciones de lo apocalíptico en el ensamble de voces y orquesta.

La voz solista está unida estrechamente a la trama sinfónico-coral, lo que constituye un gran acierto al obviar un inútil y operístico lucimiento de cuerda elegida (mezzosoprano).

El estupendo coro de jóvenes demuestra que es capaz de asumir el difícil compromiso de cantar politonalidades y atonalidades con seguridad y unción. Y la Orquesta Sinfónica ratifica otra vez su ductilidad para expresar, compacta y precisa, los endiablados planos sonoros, la proliferación de síncopas y sus certeros contrapuntos con la masa coral.

El concierto se había iniciado con una intensa versión de la Sinfonía Nº 4, en Do menor, de Franz Schubert, entrañable en su cantabilidad y diáfana en el diálogo que entablan -a veces con signo premonitorio- las secciones de la orquesta.

Te puede interesar