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La compu

Los adolescentes tienen algo que enseñarnos

Tecnología

Jack pasó su cumpleaños número 15 en un laboratorio de la Escuela de Medicina Johns Hopkins, trabajando. Poco antes, durante una clase de Biología en su escuela secundaria, se le había ocurrido una idea, una idea que en el futuro podría salvar miles, tal vez millones de vidas.

Su historia, desde ese momento de inspiración hasta el otro, el momento de éxtasis, viralizado en YouTube , cuando gana el Gran Premio de la Feria Internacional de Ciencias e Ingeniería de Intel (ISEF, por sus siglas en inglés), es una constelación de principios rectores sobre los que creo que vale la pena reflexionar. Que la enseñanza de ciencia y tecnología en la secundaria no es opcional, transversal, accesoria o complementaria; es tan esencial como aritmética, historia y lengua. Que la adolescencia no tiene por qué ser sólo un período de desenfado de boliche, sino que ese desenfado, aplicado a cuestiones intelectuales, puede ofrecer ideas revolucionarias. Y que la información debe circular libremente en Internet, no porque suene bien sostener este ideal, sino porque nos hace más eficientes ante las innumerables amenazas que enfrentamos.

El cáncer, por ejemplo.

Muerte, dolor, revelación

Jack Thomas Andraka, hoy de 16 años, es oriundo de Crownsville, una ciudad de menos de 2000 habitantes en Maryland, Estados Unidos. Su inusual historia comienza con la prematura muerte de su tío, al que adoraba y a quien acompañó durante los últimos meses de su vida, hasta que el cáncer de páncreas que padecía se lo arrebató para siempre.

Jack no se quedó sólo con el dolor. Tenía 14 años, acababa de empezar la secundaria, y se puso a investigar por qué el cáncer de páncreas es tan letal. Descubrió, googleando, que este mal cursa asintomático hasta que es demasiado tarde. Se hizo entonces la pregunta más razonable de todas: ¿por qué no se lo puede detectar más tempranamente?

Simple, porque nadie había descubierto un método de diagnóstico mejor.

La mayoría de nosotros posiblemente se habría quedado con eso; si los científicos no han descubierto un modo de hacer algo, entonces ha de ser porque no se puede. Pero ese no es el estilo de Jack, ni suele ser el estilo de los adolescentes.

Siguió buscando en Internet y aprendió que el organismo produce en exceso una proteína específica, llamada mesotelina, cuando contrae un cáncer pancreático, de pulmón u ovárico; incluso en etapas muy tempranas. Es decir, lo que no se había descubierto todavía era la manera de detectar la mesotelina en sangre.

Su padre, que es ingeniero civil, lo había llevado en ocasiones a tomar muestras de agua de la Bahía de Chesapeake para luego evaluar sus componentes por medio de nanotubos de carbono. Jack sabía, por lo tanto, que estas estructuras microscópicas pueden usarse para detectar sustancias disueltas en el agua. Estaba en una clase de Biología cuando ambos datos se unieron en su mente: ¿serían los nanotubos capaces de delatar la presencia de la esquiva mesotelina en la sangre humana?

Siguió googleando e imprimiendo artículos científicos disponibles libremente, esta vez sobre las cualidades de los nanotubos de carbono y de la mesotelina. Es que se le había ocurrido lo siguiente: embeber nanotubos de carbono con los anticuerpos de la mesotelina e impregnar con esta solución una tira reactiva. Al exponerla a una gota de sangre, si la mesotelina estuviera presente, los anticuerpos se unirían a la proteína, se agrandarían y estirarían los nanotubos, cuyas propiedades eléctricas cambiarían. Estos cambios se podrían medir con un simple voltímetro.

Fue reprendido en una ocasión por leer en clase sobre los nanotubos en lugar de prestar atención a lo que se estaba dictando, incluso le quitaron las páginas Web que había impreso. Qué problema. Los documentos seguían en Internet, así que podían arrebatarles los papeles hasta el fin de los tiempos. Sólo conseguirían que el presupuesto en toner de la North County High School aumentara. Porque Jack estaba decidido a dar con una fórmula para detectar a tiempo el cáncer de páncreas.

199 veces no

De momento, sin embargo, Jack tenía sólo una idea. Ahora necesitaba un laboratorio.

Según me cuenta por mail, le planteó este proyecto a sus padres, que, entre otras cosas, le explicaron que la edad mínima para que te acepten en un laboratorio en Estados Unidos es 16 años (en ese momento él tenía 14) y le aconsejaron que se buscara algo menos complicado. Pero ya saben lo que es convencer a un adolescente. En general tomamos esta terquedad como un defecto. No lo es.

Con testarudez adamantina les comunicó a sus padres que él iba a encontrar un laboratorio donde probar su idea sí o sí, y como solemos hacer los adultos frente a la porfía adolescente, al final tuvieron que ceder.

Con la asistencia de su (ahora resignado) padre, escribió un protocolo rudimentario describiendo el método de diagnóstico que había ideado y lo envió a 200 oncólogos de la Universidad Johns Hopkins y de los Institutos Nacionales de Salud; 199 se negaron siquiera a entrevistarse con él. Pero el Dr. Anirban Maitra, de la Escuela de Medicina Johns Hopkins, le abrió la puerta de su laboratorio, no sin reparos. Después de todo, ¿cuántas veces te escribe un adolescente que dice haber desarrollado un nuevo método para diagnosticar el cáncer?

Este profesor de patología, oncología e ingeniería biomolecular lo ayudó a poner en práctica su idea. "Por supuesto -me escribe Jack-, el verdadero trabajo recién acababa de empezar y tuve que superar muchísimos más obstáculos antes de poder fabricar el sensor".

Jack iba al laboratorio de Maitra después del colegio, todos los días, incluso los sábados, y trabajaba hasta la medianoche. Supusieron que pronto se cansaría. Pero siguió yendo, sin pausa, durante 7 meses. Pasó su cumpleaños de 2012 en ese laboratorio.

Supo soportar meses de frustraciones y obstáculos hasta que, una noche, sus tiras reactivas detectaron la mesotelina en muestras artificiales de sangre. Poco después lograrían el mismo resultado con muestras tomadas de ratones con cáncer.

Tras 200 días de esfuerzo, probó que su idea era viable. Y después decimos que los adolescentes no pueden prestar atención por más de 10 minutos. Si se aburren, no, claro. A mí me pasaría lo mismo. Si no los ayudamos a descubrir lo que los apasiona, se van a distraer, qué novedad.

La década después

Maitra dice que el método debe pasar todavía por muchas pruebas y calcula que faltan todavía una década para que llegue al público, si es que demuestra ser tan fehaciente en el mundo real como en el laboratorio. Ojalá que sí, porque el test de Jack es 168 veces más rápido y 400 veces más sensible que los diagnósticos actuales. Y 26.000 veces más barato. Cuesta 3 centavos de dólar.

Lo que sigue en esta historia es, por lo tanto, previsible: el premio Gordon Moore en la ISEF de Intel, dotado de 75.000 dólares que Jack piensa usar para pagarse la universidad; el premio al Ingenio Norteamericano del Instituto Smithsoniano de Estados Unidos; sus inspiradoras (y sabias, a mi juicio) conferencias en TED; ex presidentes y estrellas de la música que quieren sacarse fotos junto a él.

Si todo sale bien, el test de Jack Andraka será algún día un método estándar que ayudará a millones de personas a tratar el cáncer a tiempo. Esto es obvio. Y es también obvio que a Jack lo califican de genio; "es un nuevo Edison" dijo de él el Dr. Maitra. De esa forma lo ponemos en el casillero de lo excepcional. Porque el prejuicio es que los adolescentes son seres incompletos, inmaduros. Revoltosos y despreocupados. Sólo quieren divertirse. Hacen ruido, se peinan raro y son unos cabezas huecas. Jack no es normal, es un genio, por eso descubrió un revolucionario método para detectar el cáncer.

Esta clase de razonamiento debería encendernos una alarma así de grande. Pero no. Para nada. Aceptamos impertérritos la cotidiana y salvaje discriminación que sufren los adolescentes.

Aceptamos también la idea de que las disciplinas científicas y, en particular, la informática y la genética, son accesorias a las otras disciplinas, las tradicionales.

Aceptamos asimismo la idea de que está bien controlar lo que circula por Internet, balcanizarla, como anticipan, preocupados, Eric Schmidt y Jared Cohen, en su libro The New Digital Age.

La historia de Jack refuta todas estas verdades de cotillón, una por una.

Demasiada casualidad

Primero, la palabra genio. Lo que ocurre con Jack, más allá de su evidente creatividad, su ambición y su voluntad, es que, como ha declarado en varias ocasiones su madre, en la casa de los Andraka hay menos TV frívola y más revistas científicas. En ese clima intelectual se formó Jack, lo mismo que su hermano, Luke, también ganador, en 2010, de la ISEF, y del premio Think del Massachusetts Institute of Technology, en 2011. ¿Dos genios en la misma familia?

Apliquemos la Navaja de Occam. ¿Qué teoría es más simple, que estos chicos sean el resultado de una buena formación que incluyó el razonamiento científico y crítico o que los Andraka ganaron la lotería genética 2 veces seguidas? Creo que hay algo excepcional en Jack, desde luego: su espíritu adolescente formado dentro de un clima de desafío intelectual e imbuido de la cultura del esfuerzo.

Durante la adolescencia, en general, tenemos un número enorme de ventajas: contamos con más tiempo libre que los adultos, nuestras mentes no están todavía contaminadas con la especialización y estamos buscando diferenciarnos de nuestra familia de origen para construir nuestra propia identidad. No es fácil, tenemos actitudes que irritan a padres y maestros, pero ese desenfado y esa testarudez, esa búsqueda de uno mismo, esa batalla por independizarse, esa rebeldía, bien guiados, pueden conducir a ideas revolucionarias. Quizás el 99% de estas ocurrencias no lleguen a nada, pero el 1% restante es tan valioso que no me explico por qué lo desaprovechamos así. Los 199 rechazos que recibió Jack se debieron a una sola causa: era un adolescente, un chico.

Quiero apuntar aquí, ya que estamos, que Albert Einstein era un adolescente cuando se le ocurrió pensar en cómo sería viajar a bordo de un rayo de luz. Ah, cierto, era un genio.

Por supuesto, hay adolescentes que son unos canallas o unos inútiles de tiempo completo, pero, por favor, no es porque sean adolescentes, es porque siempre hay, hubo y habrá canallas e inútiles.

Dejando de lado las obvias cuestiones legales que imponen un límite para la mayoría de edad, lo que es correcto, porque los adolescentes necesitan la tutela y la protección de sus padres, creo que deberíamos tomarnos muy en serio el cambiar nuestra visión de esta etapa de la vida.

Lo que me lleva de vuelta al colegio.

Pienso, luego existo

En mi secundaria aprendíamos no sólo aritmética, sino también análisis matemático. Leíamos latín de corrido antes de los 16. Tuvimos que entender la Relatividad (no fue fácil) y los básicos de la física cuántica. Sabíamos de Euclides, pero también de Riemann y Lobachevksy. Y debatíamos sobre filosofía como doctores.

Es decir, nunca se nos trató como a gente que no le da la cabeza ni como si nuestra única meta en la vida fuera pasarla bien. Todo lo contrario.

Para mí era un misterio. ¿Por qué fuera del colegio era sólo un chico y dentro del colegio me veía sujeto a una exigencia intelectual exorbitante?

Con el tiempo lo entendí. A los adolescentes les falta experiencia del mundo, no cerebro. De hecho, esa mente está más hambrienta de lo que nunca volverá a estar en la adultez, salvo casos excepcionales. Sus actos del presente y su porvenir dependen de qué alimento les proporcionemos.

Esa es la misión de la escuela y de los padres, y el principal problema es que no existe nada más fácil de aburrir que una mente curiosa. Sistemáticamente, fallamos en captar la atención de los adolescentes porque, en mi opinión, les estamos enseñando menos de lo que son capaces de procesar.

He dicho en varios lados que, desde Gutenberg para acá, es menester enseñarles a los alumnos de primaria a leer, y escribir; pero que hoy, a mi juicio, deberían también aprender a programar .

Por la misma razón tendríamos que darles a la ciencia y la tecnología un lugar central en la secundaria. No enseñarles qué es un microprocesador, qué es el lenguaje de máquina, qué es código fuente, qué es una variable o una estructura de control, cómo funciona la lógica proposicional, qué es la memoria RAM, qué significa cifrar o cómo operan los protocolos TCP/IP es, en estos tiempos, por completo irresponsable.

Saber usar una computadora e Internet no es lo mismo que saber usar un auto. Por las arterias digitales hoy circulan nuestros derechos civiles, no gasoil.

La genética traerá la próxima gran revolución en este sentido; podría alterar profundamente el escenario de nuestros derechos civiles en los próximos 25 años, si no estamos atentos. De esto casi no se habla.

Si no enseñamos tecnología digital y genética, estaremos formando usuarios, no ciudadanos. Los ciudadanos son concientes de sus derechos civiles y los defienden, una actitud esencial para la vida republicana; los usuarios se someten.

Y no, los chicos no saben nada de tecnología, no pueden saberlo, nadie nace sabiendo. Esa idea de que como llegaron al mundo después de la PC e Internet entonces son informáticos expertos es una gigantesca patraña. Lo sé por experiencia, doy clases a jóvenes de 19 a 23 años desde 2006. Cierto, al revés que muchos adultos, no tienen miedo de usar el smartphone o la Web, pero ignoran absolutamente todo lo que de verdad importa acerca de las nuevas tecnologías.

Información de la humanidad

Jack no hubiera podido idear su test sin la ayuda de los datos que encontró disponibles públicamente en Internet. Por buena que sea la biblioteca pública de Crownsville, es improbable que contenga vastas bases de datos de bioquímica o manuales técnicos de nanotubos de carbono. Antes de Internet, Jack jamás lo habría logrado.

Por esta clase de cosas defendemos el que la información circule libremente en Internet. Es toda la idea: libertad de expresión y de acceso a la información. Estas dos libertades nos hacen más eficientes como especie.

Jack usó mucho la Wikipedia, según dice siempre. Ahí tienen por qué apoyo la enciclopedia libre a rajatabla. Mientras una banda de escépticos aferrados a un pasado que ya no ha de volver dice que la Wikipedia no es de fiar, este muchacho de Maryland la usó para empezar a buscarle la vuelta a uno de los más arduos desafíos de la medicina moderna. Si eso no es una lección, no sé qué es.

Los criticamos, los discriminamos y tendemos a exponer siempre a un puñado de vándalos malcriados como si fueran el estereotipo del adolescente, en lugar de mostrar ejemplos como el de Jack. De verdad, creo que los adultos tenemos mucho que aprender de ellos, tanto como ellos tienen que aprender de nosotros. Creo también que haríamos bien en conservar en la madurez algo del espíritu adolescente. Ser siempre principiantes, como aconsejaría un maestro Zen.

Epílogo y esperanza

Dos cosas que recordé mientras escribía esta nota. Primero, la película Lorenzo's Oil, de 1992. Basada en hechos reales, cuenta la historia de Augusto y Michaela Odone, que hallaron una forma de tratar la enfermedad que sufría su hijo Lorenzo (una adrenoleucodistrofia), hasta entonces incurable. Ninguno de los dos era médico, pero ambos se rebelaron ante la idea de dejar morir a su hijo sin hacer nada. El mismo mecanismo que motivó a Jack. Rebeldía ante la palabra imposible.

Segundo, que Steve Jobs, ese eterno adolescente de sonadas irreverencias y una bien conocida incapacidad para obedecer las reglas establecidas, falleció el 5 de octubre de 2011. Tenía sólo 56 años. Padecía un cáncer de páncreas..

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