Si usted es una persona con dificultades visuales, navegue el sitio desde aquí
lanacion.com | Las noticias que importan y los temas que interesan
Ver página en pdf

17 de octubre de 1945

El día en que nació un nuevo país

Opinión

En esa fecha, se cristalizó una batalla cultural y política en la que se confrontó al pueblo con la "oligarquía", lo cual configuró una matriz social conflictiva y facciosa

Por   | Para LA NACION

El 17 de octubre de 1945 cambió la historia argentina. Quienes eligen mirar las rupturas difícilmente encontrarán un ejemplo más convincente. Un día después, el cuadro político ya era otro; cuatro meses más tarde, Perón era elegido presidente y nacía el peronismo. Pero quienes se interesan por los procesos de cambio más lentos también encuentran en el 17 de octubre una ventana privilegiada para entender cómo era la sociedad de entonces y por qué Perón tuvo éxito. Destaco dos rasgos, entre varios. Primero, el carácter fuertemente igualitario, integrador y democrático de esa sociedad, y los potenciales conflictos que esto supone. Luego, la inseguridad identitaria de sus protagonistas y su predisposición a aceptar apelaciones a la unidad y la unanimidad.

Aquel día los porteños se asombraron cuando irrumpieron en la Plaza de Mayo concurrentes poco habituales. Más que sus consignas y reclamos, todavía imprecisos, los impresionó la presencia de gentes que no conocían, pese a que vivían en los bordes mismos de la capital. Aunque la mayoría vestía traje y corbata, como era común entonces, y su comportamiento fue ordenado y civil, vieron en ellos a los bárbaros que irrumpían en Roma.

La irrupción en la Plaza expresó, de manera sintética y vertiginosa, un aspecto del largo proceso de crecimiento, integración y movilidad social. A fines del siglo XIX habían llegado los migrantes europeos, en cantidades enormes; luego fueron los provincianos, y posteriormente bolivianos y paraguayos. Antes y después de 1945, el país les ofreció a todos empleo y oportunidades, mientras el Estado desarrollaba eficaces políticas para la incorporación, como la de educación pública. La mayoría aprovechó las ventajas ofrecidas y se aplicó con iniciativa y laboriosidad a progresar. Tuvieron éxito y durante muchas décadas, los hijos estuvieron mejor que los padres, ya sea en ingresos, educación o posición social. Se conformó un modelo de aspiraciones que incluía la casa propia, el empleo estable, la educación de los hijos y en general un estilo de vida decente. Solemos llamarlo un modelo de clase media.

Para el historiador, que lo mira de lejos, parece un proceso tranquilo y apacible. Para los contemporáneos, la movilidad era inquietante. Cada uno -criollos viejos, inmigrantes tempranos o más recientes- sintió en algún momento que su lugar estaba amenazado por advenedizos prepotentes. Como explica Juan Carlos Torre, el malestar se tornó tensión cuando la lenta integración se convirtió en rápida irrupción y en acuciantes demandas igualitarias referidas al disfrute de los bienes materiales y culturales. Para decirlo con un ejemplo sencillo: se trata de la tensión entre quien está cómodamente sentado en un banco de la plaza, y una familia que llega, quiere sentarse y lo empuja hacia un extremo. En la igualitaria ideología de la moderna sociedad argentina "nadie es más que nadie". No se reconocían privilegios y todos tenían el mismo derecho al banco. Pero eso no suprimía la molestia de quien estaba, ni la presión quizás algo agresiva de quien no pedía permiso.

Eso mostró el 17 de octubre. De ahí en más, esa incomodidad se manifestó crecientemente en cines, restaurantes o tranvías y, de otro modo, en las relaciones laborales. Hasta en el Teatro Colón, donde llegó el tango. No eran problemas insolubles, pero generaron un conflicto que en el momento fue intenso. Los recién llegados calificaron a quienes ya estaban como la "oligarquía". Éstos respondieron con "populacho" o "cabecitas negras". Eran diferencias culturales que habrían quedado sólo en eso, si no hubieran sido potenciadas por el conflicto político.

El 17 de octubre fue también el día en que desde el balcón de la Casa Rosada se lanzó una interpelación al pueblo en nombre de una nueva identidad política, nacional y popular. Pronto se la completó identificando al adversario electoral con la "oligarquía", enemiga del pueblo y de la nación: el embajador Braden y el cheque de la Unión Industrial probaban la conspiración de los grandes poderes contra el naciente movimiento y su jefe.

¿Por qué prendió tan rápido el discurso "nac & pop"? En buena medida, se debió a la constitutiva inestabilidad identitaria de la sociedad argentina y su esperanzada demanda de ese tipo de interpelaciones. Según la clásica fórmula de José Luis Romero, aquella era una sociedad aluvial. Desde fines del siglo XIX mucha gente llegó al país o se trasladó a sus ciudades, haciendo y rehaciendo una sociedad que recordaba a Babel. Personas con diferentes orígenes y tradiciones se mezclaban cotidianamente y hasta se casaban entre sí. Necesitaban una respuesta convincente a la pregunta acerca de quiénes eran y por qué estaban todos juntos. ¿Argentinos? ¿Cómo y desde cuándo?

La escuela hizo mucho para elaborar e inculcar una respuesta: la identidad argentina se basaba en las instituciones, la historia, la geografía y la lengua. Era una respuesta racional, pero insuficiente para los cánones de la primera mitad del siglo XX, cuando las grandes naciones exhibían orgullosas la unidad e identidad de su pueblo. Como mostró Lilia Ana Bertoni, ya al comienzo del siglo XX se trató de fundar la unidad nacional en un "ser nacional" obstinadamente buscado. Los intentos no llevaban a la unidad, sino a la querella. ¿Éramos hispanos, criollos, europeos o indígenas? ¿O acaso un crisol del que saldría la futura raza?

Luego tallaron dos actores institucionales fuertes: el Ejército y la Iglesia. El primero sostuvo que la identidad residía en el territorio patrio, esencialmente argentino, cuya custodia convertía al Ejército en el defensor último de la nacionalidad. La Iglesia afirmó que la Argentina era una nación católica y que allí residía su nacionalidad. Ambas definiciones confluyeron en un ideal común, fuertemente antiliberal, en el que la espada y la cruz forjarían, por la fuerza o por la fe, la unidad espiritual de la nación.

Se trataba de una propuesta convincente y movilizadora, que prendió en la sociedad. De la política había surgido otra interpelación paralela. Con Yrigoyen el radicalismo se presentó como la expresión política y moral del pueblo y de la nación. El enemigo era la oligarquía o el "régimen falaz y descreído". Discursos diferentes, sin duda, pero con una forma común: cada voz declaraba ser la expresión del pueblo y de su esencia social y espiritual, y se asignaba la potestad de definir, denunciar y excluir a sus enemigos. Todos eran respuestas a las demandas de unidad y pertenencia, y también fueron herramientas políticas muy poderosas.

Había otras propuestas, sostenidas por los liberales, los socialistas o los comunistas, y por el propio radicalismo después de 1930. Pero el liberalismo y la Constitución conmovían poco y no satisfacían las ansias identitarias de una sociedad inestable. De alguna manera, la batalla ideológica y política se dirimió el 17 de octubre de 1945, cuando Perón dio forma a lo que muchos querían oír. A diferencia del resto del mundo occidental de posguerra, donde el liberalismo dio nueva vida a la democracia, el peronismo reformuló y revitalizó la propuesta nacional y popular y la ensambló con la polarización cultural espontánea, que enfrentaba al pueblo y a la oligarquía. Ambas polarizaciones se reforzaron y configuraron una perdurable matriz política y social, conflictiva y facciosa.

Hasta hace unas cuatro décadas, la Argentina se enorgulleció por tener una sociedad democrática. Era el signo más evidente de su progreso y lo que la diferenciaba del resto de América latina. Pero desde Tocqueville sabemos que con la democracia social no todo son rosas. De ella puede surgir una manera de entender la democracia política en clave de unanimidad, autoritarismo y faccionalismo. Hoy aquella sociedad democrática pertenece al pasado, y los conflictos tienen que ver con la pobreza y la exclusión, antes que con la irrupción igualitaria. Pero la matriz política y discursiva surgida en la sociedad democrática todavía nos acompaña.

© LA NACION.

TEMAS DE HOYArgentina en defaultNarcotráficoElecciones 2015Mundial de BásquetUS Open