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Empresarios &cÍa

El síndrome del sillón vacío

Opinión

Por   | LA NACION

Mar del Plata.-Julio De Vido, Guillermo Moreno y otros funcionarios participaban hace 20 días de una reunión en la quinta de Olivos. La anfitriona, Cristina Kirchner, llamó en un momento a Alfredo Scoccimarro, su vocero. "Decime, Alfredo, ¿vos seguís siendo mi secretario de Medios?", preguntó. Ante la obvia respuesta del ex periodista insistió, medio en broma: "¿Por qué no me mandaste el resumen de prensa y no me tenés informada?". Scoccimarro quedó extrañado con el episodio, que parecía más bien una puesta en escena. Lo era, en realidad, tal como se lo dieron a entender quienes, en ese entorno reducido, hacen una hermenéutica de cada gesto presidencial: se lo acababa de volver a ungir, delante de dos calificados fieles, como sacerdote de ese bien tan preciado para el kirchnerismo que es la comunicación.

Son espaldarazos. Scoccimarro necesitaba esa ratificación. Venía batallando con dos colaboradores que había tenido que incorporar en su equipo por pedido de Máximo Kirchner. "Dales bola", fue el mensaje. Para el vocero suponía todo un esfuerzo. "Yo les doy bola, pero no escuchan", justificó. "No importa, dales bola", le insistieron. Y así lo hizo. Eran dos militantes cuyos parámetros no cumplen con lo que un especialista en comunicación entiende para ese rol. Ni siquiera en la vestimenta. A la entrevista que Jorge Rial le hizo a la Presidenta, por ejemplo, fueron con jean y suéteres tejidos con bolitas. Y anotaban absolutamente todo en sus libretas.

Una tropa disciplinada, y el kirchnerismo lo es, necesita señales de su conductor. Mensajes tácitos que ayudan a reagruparse, a tener una idea de qué lugar se ocupa a los ojos del jefe y, principalmente, si se está trabajando de manera satisfactoria. Todo eso quedó en suspenso durante la convalecencia de Cristina. No es extraño ver en estos días cierta desorientación en el núcleo del proyecto nacional y popular. O, en algún caso, excesivos cuidados para no exponerse al reproche de los compañeros.

El martes, Amado Boudou, invitado a inaugurar una planta de Eduardo Eurnekian en Chascomús como funcionario en ejercicio de la presidencia, pidió que el acto fuera "bien informal" y sin sillas para el público. Buscaba evitar una parodia escenográfica: esos actos tienen el sello de la verdadera jefa, la irreemplazable, a quien Boudou se preocupa por nombrar ahora en cada discurso. No sea cosa que alguno lo vea con ganas de quedarse. "Sólo confío en mis hijos", reveló Cristina ante Rial.

Es indudable que la salud presidencial ahondó el vacío de poder que había despuntado con la clausura del proyecto de reelección y se cristalizó después de las primarias. Ni el peronismo ni los empresarios perdonan tantas ventajas. Es la razón que le insufló al Coloquio de IDEA, que terminó ayer en esta ciudad, una sensación de cambio de era expuesta en una asistencia inusitada y multisectorial y, más aún, en declaraciones que abandonaron la obsesión de "no provocar" al Gobierno. Que la jueza de la Corte Carmen Argibay haya venido al Sheraton supone seguramente otro hecho político.

Esta nueva dimensión va en sintonía con la reciente disparada de las acciones argentinas en Nueva York. Aunque los viejos fantasmas de la economía no se hayan aquietado. Es la primera vez en diez años que la Cámara de Importadores viene a este foro. Diego Pérez Santisteban, su líder, se encontró aquí con un aluvión de consultas por las demoras con las declaraciones juradas anticipadas de importaciones (DJAI). Se entiende: según admitió últimamente el propio Moreno, llegan por día entre 5600 y 6000 de estos pedidos de autorización a la Secretaría de Comercio Interior. Ni el portero Martín de Porres, santo al que se llegó a atribuir la prerrogativa de estar al mismo tiempo en México, África, China y Japón mientras rezaba en su celda de Lima, sería capaz de resolver ya las DJAI argentinas. Moreno carece de este don de bilocación: el escaso resultado de su convocatoria empresarial para ir a Armenia esta semana, probablemente su primer fracaso en estas giras, lo obligó a enviar a su segunda, Beatriz Paglieri.

Que los hombres de negocios se hayan entusiasmado ante la posibilidad del fin del kirchnerismo no los exime de ser cuidadosos frente al poder. Más ahora, cuando es más evidente la debilidad. En Olivos dan casi por sentado que los 30 días de reposo presidencial no son la plataforma de un regreso triunfal, sino apenas un plazo a partir del cual Cristina Kirchner analizará cómo encara su propia recuperación. Difícil saberlo: sólo habla ahora con Carlos Zannini, Oscar Parrilli y sus hijos, grupo que sólo la informa sobre lo que ella pregunta.

La mejor muestra de los reparos empresariales son los últimos anuncios de inversión de los Bulgheroni y Eurnekian, todavía imprecisos, pero sin duda alentadores para un gobierno necesitado. El líder de Aeropuertos Argentina 2000 viene llevando esta prudencia a niveles increíbles. El lanzamiento de Matías Patanian, flamante CEO del grupo, como candidato a presidente de River duró apenas 15 días. El proyecto parecía incluso contar con el respaldo de Eurnekian, que bajó a saludar, en febrero, a una de las primeras reuniones en su restaurant Bodega del Fin del Mundo. Pero el nombramiento de Patanian en la jefatura de Aeropuertos fue la excusa perfecta para abandonar la iniciativa, que quedó en manos de Rodolfo D'Onofrio, a quien acompaña Jorge Brito (h.), gerente general e hijo del dueño del Banco Macro.

Al Gobierno lo perturba la gesta riverplatense. Héctor Icazuriaga, secretario de Inteligencia, se comunicó la semana pasada con D'Onofrio y le advirtió sobre la inconveniencia de participar de un plan que involucrara al banquero, a quien la Casa Rosada observa muy cerca de Sergio Massa. Los malpensados recuerdan que el jefe de la campaña que D'Onofrio perdió hace cuatro años contra Daniel Passarella era Juan José Álvarez, actual operador del intendente de Tigre.

Pero la carrera está lanzada. Una encuesta le dio en estos días a D'Onofrio cuatro puntos de ventaja sobre la lista competidora, encabezada por Antonio Caselli, hijo de Esteban, ex embajador en el Vaticano.

Es atendible que todo empresario argentino dispuesto a entrar en el fútbol tenga presente, aunque sea entre sueños, los pasos de Mauricio Macri en Boca. Y tampoco resulta antojadizo que la Casa Rosada vea aquí un proyecto de poder y horizontes incalculables. La imagen de un sillón vacante envalentona a varios, aunque los movimientos pretendan ser silenciosos.

© LA NACION.

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