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Sin dogmas políticos

La fe está por encima de las ideologías

Opinión

Los gestos del Papa hacia la Teología de la Liberación deben entenderse como un intento de dar por superados los desencuentros del pasado

Por   | Para LA NACION

En el bullente escenario del nuevo pontificado, algunos puntos son especialmente sensibles y poseen una capacidad de estruendo que provoca una resonancia de mayor intensidad en la sociedad mediática. Uno de ellos es el de la Teología de la Liberación, un asunto con olor a pólvora.

El caso es que algunos datos, como la visita del teólogo peruano Gustavo Gutiérrez -nada menos que el padre de la criatura-, o incluso ciertas expresiones ("Iglesia de los pobres", "jamás he sido de derecha") han erizado la piel de integristas, fundamentalistas y tradicionalistas, pero también la de muchos fieles cristianos de sensibilidad conservadora.

La contraofensiva ha comenzado en las ciudadelas más radicales, como el lefebvrismo, pero también entre quienes se resisten a abandonar una cultura a la que han acomodado su propia fe. Las acusaciones de ingenuidad, temeridad, ambigüedad, imprudencia, sospecha, claudicación, e incluso traición, habrán así de multiplicarse.

Esta nueva actitud reactiva replica la protagonizada a partir de fin de los años sesenta por el liberacionismo y su eje común reside en que ambas han construido una ideología de la fe. El carácter dogmático de la ideología les confiere un sentido incluso, ocasionalmente, sustitutivo de lo religioso.

En ambos casos a derecha y a izquierda, los elementos culturales han sido categorizados por encima del dato teológico, introduciendo signos extraños a la pureza o a la ortodoxia de la misma fe.

La instrumentación de la política mediante una creencia religiosa o, inversamente, de la creencia religiosa mediante un criterio político constituye el vicio del clericalismo, frecuentemente padecido por los cristianos a lo largo de su transitar en la historia, que el papa Francisco ha criticado en más de una ocasión.

Su antecesor Benedicto agotó su paciencia para llegar a un acuerdo sobre el significado mismo del Concilio Vaticano II y abrir a la derecha un camino de reconciliación e incluso de regreso a la Iglesia. Ahora, Francisco invierte el signo, pero lo hace con la misma función pastoral.

Han transcurrido más de cuatro décadas desde que la Teología de la Liberación rasgó como un rayo el sereno cielo eclesiástico. Tratándose de un asunto complejo, no faltaron malentendidos y simplificaciones que suscitaron situaciones pintorescas, pero también trágicas.

El nuevo cuadro eclesial acredita preguntarse si el Papa no habrá considerado que, tras casi medio siglo en el que ha pasado mucha agua bajo el puente, acaso haya llegado la hora de dialogar con el otro, a quien se consideraba el malo de la película.

En una mirada ideológicamente desprejuiciada y objetiva, la figura de Jesucristo resiste su ubicación a la derecha o a la izquierda, y no puede identificarse con una actitud integrista o progresista, sino que en sus dos brazos abiertos en cruz incluye a todo el género humano.

Con esta nueva instancia inaugurada en la vida de la Iglesia, podría arribar también un momento de purificación y de integración, y hay motivos para preguntarse si los cristianos no enfrentan una providencial ocasión histórica para superar esas categorías que no le han hecho un bien al mensaje del fundador.

Un diálogo con el otro distinto o el reclamo de una Iglesia despojada de superfluidades no significa otra cosa que apuntar a lo esencial. Pretender una actitud ambigua o claudicante en el querer desprenderse de ciertas adherencias culturales que no representan propiamente la fe, sino que a veces involucran verdaderas frivolidades (como el color de un par de zapatos), podría constituir un verdadero error de perspectiva.

Cuando sobrevino el movimientismo revolucionario francés de cuño liberal, el magisterio eclesiástico condenó su antropología contraria al concepto de persona tal como lo sustentaba la tradición cristiana, pero con el paso del tiempo es la misma Iglesia la que ha reconocido como propias sus intuiciones legítimas, como la libertad, la igualdad y la fraternidad.

¿Se propone ahora Francisco valorar los aportes igualmente legítimos del socialismo, como confusamente lo intentaron en los años 70 los teólogos de la liberación? Esta posibilidad hace del momento actual una instancia sugerente.

Si se han de poner los puntos sobre las íes, hay que decir que la Teología de la Liberación no es un movimiento homogéneo, sino surcado por una diversidad de elementos muy distintos e incluso opuestos. No hay una Teología de la Liberación, sino muchas. De ahí que no sea posible trazar un juicio unívoco sobre ellas.

Pero hay que puntualizar también que la Teología de la Liberación como tal nunca fue condenada por la Iglesia. En efecto, ninguno de los dos documentos en los que, a mediados de los años 80, la Santa Sede trató a fondo la cuestión -con la intervención del entonces cardenal Joseph Ratzinger- consideró tal posibilidad.

La pura verdad es que el primero de esos documentos sólo puntualizó algunas objeciones, fundamentalmente sobre la utilización del análisis marxista (que no tuvo un carácter general), y el segundo confirmó que la liberación, no sólo la liberación del pecado sino de sus consecuencias temporales, es una misión esencial de la Iglesia.

De este modo, la descalificación de la Teología de la Liberación que muchos cristianos realizan en términos absolutos aún en nuestros días debe explicarse por su ligereza, sus preconceptos o su desconocimiento de la cuestión, o bien por otorgar a sus opiniones personales un valor superior al del propio magisterio eclesiástico, sin descartar una lisa y llana mala fe.

Pero eso no es todo. Varios aportes de las corrientes liberacionistas, luego de depurados sus aspectos ambiguos o inconciliables con la doctrina del propio magisterio, han sido incorporados a él. Interpretarlos de un modo simplista como una infiltración de izquierda en la doctrina de la Iglesia representa un desconocimiento del más puro mensaje evangélico, una instrumentación ideológica de la fe cristiana, y constituye, en definitiva, una verdadera falsedad.

Pueden darse varios ejemplos: la opción por los pobres, las estructuras de pecado, el pecado social, la Iglesia de los pobres, la dimensión política de la fe e incluso el mismo concepto de teología de la liberación. Todos estos contenidos teológicos se entroncan con el más puro corazón del auténtico cristianismo y, ciertamente, ellos estaban ahí presentes, pero gracias a la Teología de la Liberación se han podido ver con más hondura y claridad.

En la historia del cristianismo las herejías han tenido también un efecto saludable porque han permitido que asomen aspectos de la fe que no habían sido advertidos o habían sido olvidados u oscurecidos, y así, el patrimonio religioso se ve enriquecido: del error surge la virtud.

Hay que reconocer que los cristianos han dado un espectáculo lamentable cuando en los años 70 se enfrentaron a tiros, matándose unos a otros. Todo eso ahora ha quedado atrás y el Papa parece querer invitar no sólo a los fieles, sino también a todos los hombres de buena voluntad a unirse en la construcción de una sociedad más justa y más humana, sin preguntarles si son de izquierda o de derecha.

Los cristianos que comparten una misma fe gozan de una legítima libertad en materia política, por la cual, en el amplio marco de la doctrina social expresada por el magisterio eclesiástico, pueden elegir distintas opciones igualmente válidas, todas ellas situadas en diversos lugares identificados tanto en la izquierda como en la derecha.

Con su nuevo estilo fundamentalmente inclusivo que remueve las mentalidades farisaicas en la Iglesia, el Papa invita ahora a todos a dejar de insistir en estas categorías como si fueran absolutos morales, a sacudirse una pesada carga de rencores, prejuicios y desconfianzas y a comprender que, por encima de ellas, hay un núcleo fundamental que puede deshacer, si ellos quieren, cualquier división entre los hombres. Algo muy sencillo de comprender, pero no tan fácil de vivir.

El Papa ha leído los signos de los tiempos y asume la radicalidad del mensaje evangélico. Ahora el mundo espera de los cristianos esa misma fidelidad a su identidad fundamental. Todo un desafío para quienes han asumido la vocación esencial del cristianismo, que es el lenguaje universal del amor.

© LA NACION.

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