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Estrategias para evitar el desarraigo

Muchas ONG trabajan para que pobladores rurales impulsen proyectos productivos en su lugar de origen y no tengan que migrar a los grandes centros urbanos

Martes 05 de noviembre de 2013 • 10:31
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Los pescadores artesanales del Litoral se organizan en cooperativas para vender sus productos. El dilema es tan simple como complejo: ¿llevamos el trabajo a la gente o la gente se mueve hacia el trabajo? Lo que el Gobierno (nacional, provincial y municipal) responda a esta pregunta en forma de políticas públicas determinará –en gran medida– los movimientos migratorios internos más importantes del país.

El hombre se mueve por necesidad: la necesidad de tener un techo, un ingreso digno, un plato de comida para cada integrante de su familia, un servicio de salud eficiente… El problema consiste en que al no encontrar posibilidades reales de cubrir estas carencias con trabajos estables en sus provincias, las personas deciden migrar en grupo a los grandes centros urbanos, en busca de un futuro mejor.

De hecho, según un relevamiento de Techo de 2001, en la Región del Gran Buenos Aires existen 864 villas y asentamientos, en los que residen 508.144 familias con un promedio de 604 grupos familiares por asentamiento. El partido de La Matanza concentra la mayor cantidad de villas y asentamientos (156), seguido por Quilmes (65), Moreno (49), Pilar (48) y Merlo (42).

Los datos muestran que el 68,1% de las personas que habitan en estas villas y asentamientos son provenientes del interior. En la mayor parte de los casos los migrantes provienen de la Región del Nordeste, principalmente de las provincias de Chaco, Corrientes y Misiones. Asimismo se registró un grupo importante de migrantes provenientes de la Región Noroeste, principalmente de Santiago del Estero y Tucumán.

"Las migraciones no son un hecho sorprendente, sino que son bastante previsibles y se dan de manera constante. La migración internacional y la interna tienen la misma lógica. Los grandes centros urbanos son los que atraen a estas personas de bajos recursos. La gente migra joven, entonces en los lugares de origen quedan sólo los niños y viejos, sin ninguna mano de obra. El 99% de los migrantes lo hace para buscar trabajo, que en general es en condiciones de informalidad", sostiene Fabio Quetglas, sociólogo y especialista en desarrollo local. A la vez que agrega: "El principal problema en el país es que la migración no se toma como una política pública y que tampoco se han dado políticas de generación de suelo urbano, lo que deriva en las tomas y los asentamientos. Estas personas sufren problemas de estigmatización, de falta de servicios, y son los que ejercen presión sobre los cordones urbanos, hoy especialmente en el tercer cordón del conurbano y en las villas de la Capital Federal. Migran por el trabajo, pero también para poder acceder a mejores servicios públicos. Porque hay una pulsión de la gente a buscar mejores condiciones de vida"

Sin embargo, estos sueños de prosperidad no suelen llegar a buen puerto. Llegan con poco, pasan a engrosar los números de habitantes en las villas y asentamientos urbanos, viven hacinados con familiares o alquilan a precios privativos, hacen changas y se someten a trabajos informales, y se suman a un espiral de precariedad del que difícilmente puedan salir.

Por eso, una medida preventiva para mitigar las migraciones del interior hacia el centro del país es apostar por el desarrollo local y fomentar iniciativas articuladas entre el sector empresario, el Gobierno y las ONG, para que los pobladores puedan generar proyectos productivos a partir de lo que saben, de lo que tienen y puedan permanecer en su lugar de pertenencia.

"La Argentina tiene un predominio de localidades rurales. De hecho, mientras el 70% de las localidades del país son rurales, con menos de 2000 habitantes, el 39% de la población vive en el 0,14% del territorio. Las comunidades en crisis por despoblamiento representan casi el 40% de los poblados rurales del país. Muchos de estos pueblos pierden población porque sus jóvenes, adultos o familias enteras creen que en su lugar no existen oportunidades de futuro", explica Marcela Benítez, presidenta de Responde, una ONG que busca rescatar los recursos humanos, económicos y naturales de los pobladores, un potencial que resulta invisible para el resto de la sociedad y muchas veces, incluso para ellos mismos.

Como la pobreza rural se debe principalmente a la falta de acceso a recursos productivos, como la tierra, el crédito, el conocimiento y las nuevas tecnologías agrícolas, el foco tiene que estar puesto en brindarles estas herramientas a los pobladores. Esto es, precisamente, lo que diversas organizaciones sociales están implementando hace varios años, con la idea de fortalecer el desarrollo local.

"El progreso de las tecnologías agropecuarias, el cierre de los ramales ferroviarios y el pésimo estado de los caminos internos han producido un éxodo de los habitantes de los pequeños pueblos hacia los centros urbanos. Se ha quebrado y perdido el entramado social y económico. La realidad es que estos pueblos subsisten porque sus pocos habitantes se niegan con mucho valor a salir de sus lugares en el mundo, quieren seguir en sus pueblos y desean trabajar y continuar sus vidas allí. Esta fuerza hace que cada vez sean más los ejemplos de ideas de desarrollo en estos lugares que tienen como particularidad la de ofrecer una opción genuina de vuelta a lo pequeño, a pensar el progreso con un valor humano; el desarrollo de las economías rurales es el camino a un cambio hacia una economía comunitaria", dice Leandro Vesco, presidente de la Asociación Civil Proyecto Pulpería, que trabaja, fundamentalmente, para que nadie más tenga que irse de los pueblos que tienen graves riesgos de desaparecer del mapa.

Uno de los proyectos que acompañan es el de Corral de Piedra, un proyecto artístico-cultural, abierto y participativo, que desarrolla actividades en el ámbito rural de Cura Malal, provincia de Buenos Aires, en el que según el censo de 2001 viven apenas 104 habitantes.

La Cooperativa Eléctrica de Saavedra-Pigüé provee de energía eléctrica, el gas hay que adquirirlo envasado en garrafas, la calefacción es con leña y el agua es de pozo. No hay cloacas, cada casa cuenta con pozos ciegos; tampoco hay recolección de la basura. El servicio de correo llega una vez a la semana desde Coronel Suárez.

La historia de Mercedes Resch es la de muchos pobladores que después de haber hecho camino en el resto del país deciden volver a su lugar de origen. Novena de diez hermanos, nació en La Alhucema, una plantación de lavanda muy cerca de Cura Malal, donde trabajaban sus padres. Cuando tenía 2 años se mudaron al pueblo Cura Malal, ya que la plantación se trasladaba al norte del país.

"Cursé los estudios primarios en la escuela N° 6 de Cura Malal y durante el secundario estuve pupila seis años en el colegio de monjas, San José, de Coronel Suárez. Finalizada esta etapa me mudé a la ciudad de Pigüé, donde cursé parte de mis estudios terciarios, recibiendo el título de profesora para la enseñanza primaria. Finalmente me trasladé a la ciudad de Buenos Aires para seguir estudiando. Hace 10 años decidí regresar al pueblo donde nací . Compré parte de una casa abandonada, para reciclar, lo que antiguamente era el boliche de Leonardt", cuenta Resch, quien hoy maneja junto a su marido esta iniciativa, que incluye un espacio de arte llamado "La Tranca", donde se realizan muestras, talleres y venta de obras de artistas, publicaciones y ediciones.

En 2011 se restauró una parte de la casa para destinarla como hospedaje rural a quienes quieran pasar unos días en el campo y disfrutar una experiencia diferente entre sierras, arroyos, arboledas, cardos y toscas como escenario privilegiado. "El Gallinero", así se llama, cuenta con una habitación amplia para tres personas, con cocina equipada y baño privado. Tiene vista al campo, con mucha luz de día y calefacción de una antigüa salamandra a leña y también dispone de Wi-Fi.

"El proyecto no ha tenido la experiencia de trabajar con la Municipalidad de Coronel Suárez; tampoco ha gestionado subsidios a nivel privado con empresas a nivel nacional e internacional. Sin embargo, consideramos que es sumamente importante la participación del Estado como regulador del desarrollo local, controlando las inversiones y acciones privadas, sin que estas alteren las características propias de este pueblo rural, su silencio, su tranquilidad y la paz que se respira, defendiendo estas diferencias como patrimonio y riqueza", concluye Resch, cuyo proyecto participa del grupo de turismo rural Cortaderas II de Coronel Suárez, apoyado por INTA, dentro del programa "Cambio Rural".

*** "Más que pensar en cómo llevar el trabajo a los pueblos debemos preguntarnos qué es lo que debemos hacer para mejorar las condiciones de vida y oportunidades de desarrollo de los pobladores rurales en situación de alta vulnerabilidad social y ambiental.¿Cómo ponemos en valor la riqueza y capacidades existentes en la interculturalidad para que emigrar no sea una obligación circunstancial sino una opción disponible para poder elegir con libertad?¿Cómo planificamos políticas públicas y privadas que favorezcan el desarrollo local y regional?¿Quiénes son los jóvenes y adultos con mayor potencial para liderar procesos de desarrollo comunitario local?", se pregunta Patricio Sutton, director ejecutivo de la Fundación Red Comunidades Rurales.

Para él, algunos de los factores que generan emigración del ámbito rural al urbano son la falta de acceso a educación secundaria, terciaria o a instancias de capacitación laboral o de desarrollo de capacidades para la puesta en marcha de emprendimientos productivos; la carencia de oportunidades para ejercer derechos y cubrir necesidades básicas como agua potable, vivienda, educación, salud, trabajo, energía, transporte, comunicación y acceso a la información; la modificación drástica del ambiente natural, empobrecimiento de la diversidad biológica y reducción de la posibilidad de uso de las tierras, y la pérdida de dignidad, cultura y/o tradición debido a la desvalorización de la rica diversidad cultural y a la fuerte penetración de otros modelos culturales orientados a una sociedad basada en el consumo de bienes y servicios.

Una experiencia exitosa que logró identificar una oportunidad de desarrollo en función de los recursos locales es el Programa Agregar Valor de la Fundación Proteger, que apoya a cooperativas de comunidades ribereñas y de pescadores para la producción sustentable con recursos de los humedales, comercio justo y desarrollo local integral.

Ubicadas en Villa Ocampo y Puerto Reconquista, provincia de Santa Fe, cuatro cooperativas de pescadores artesanales trabajan con apoyo de los municipios locales y la fundación para agregar valor a los bienes y servicios del río Paraná y sus humedales.

De esta forma, son más de 100 familias las que se sostienen a través de un trabajo digno, que protege los recursos naturales y le da un valor agregado a sus conocimientos como pescadores. "Son personas de alta vulnerabilidad y carencias, en su mayoría jóvenes que nacen arriba de la canoa y cuando caminan ya están ayudando a sus padres. Van a la escuela, pero hay mucho analfabetismo en este sector. Es muy doloroso ver a un chico de 20 años firmando con una cruz en un papel o ver que se destruye este sector porque es una cultura única en el país", resalta Jorge Capato, director de la Fundación Proteger, para quien el desarrollo local se traduce en calidad de vida, aumento de los ingresos, protección del trabajo y también tiene el doble propósito de mejorar la situación de los trabajadores que de otro modo se verían obligados a migrar.

"Apostamos mucho a la autoestima y a la organización social de los grupos que están disgregados. Nosotros comprobamos que la fórmula del éxito es cuando la ONG trabaja con la comunidad pero donde el municipio no puede estar ausente. Esta combinación es la ideal y es imprescindible", dice Capato, quien gracias a este proyecto, logró valorizar la pesca artesanal, actividad muy importante para las economías regionales de todo el literal porque es la base de una pirámide mucho más grande que incluye hotelería, turismo, gastronomía y festivales, entre otras cosas.

Esta fundación que comenzó trabajando en la protección del ecosistema de los humedales en el río Paraná, descubrió que los pescadores artesanales eran grupos dispersos, que vivían en lugares aislados, muchas veces sin teléfono, señal de Internet ni de celular, con caminos difíciles de transitar. "Los índices de educación y salud no son los mejores, por no decir que están entre los sectores más vulnerables. Cuando uno va al terreno, esto no se puede hacer sin la gente. Y ellos son los primeros que están en contacto con los recursos. Entonces nosotros trabajamos en institucionalización, capacitación en conservación de recursos naturales o pesca responsable, en infraestructura y equipamiento", agrega Capato.

El objetivo final del emprendimiento es que el pescado llegue al consumidor en óptimas condiciones, a través de estas cooperativas autogestionadas y autofinanciadas. "Ahora ellos comercializan su pescado, tienen toda la cadena de frío y el equipo que les permite manejar el comercio de su recurso. Ellos venden de forma directa al público, a hoteles y restaurantes. Y esto se traduce en calidad de vida", cuenta Capato, a la vez que agrega que también están incursionando en el rubro del ecoturismo, una opción para el pescador de seguir viviendo en su lugar, seguir protegiendo su cultura y su trama social.

Entre los logros ya obtenidos, Capato destaca a una cooperativa en Villa Ocampo que lleva adelante el proyecto "El Portal del Humedal", una pequeña estancia histórica que funciona como hotel, el estar desarrollando con la Cooperativa Irupé en Reconquista un ambicioso proyecto en gastronomía, mientras que otra cooperativa conformada por mujeres está produciendo conservas de pescado, ahumado y paté y se venden en El Mercado de Economía Solidaria de Bonpland de Palermo.

*** Algunas de las mujeres llegan caminando y otras menos lo hacen en bici. Pero todas, absolutamente todas, llegan con la alegría de saber que encontraron el lugar que estaban necesitando para hacer florecer sus potencialidades.

Son 9 las mujeres que se reúnen todos los martes y jueves en el galpón del Taller San Francisco Nuestras Manos, ubicado en el barrio San Francisco, en Saladillo norte. Arrancaron como un grupo de catequesis que reunía a madres para compartir momentos y sentirse acogidas. "Un día una trajo una aguja de tejer mientras charlábamos. Y así fue como empezamos a tejer y a coser en el patio para hacer algo productivo", cuenta Marcela Bell, directora del Taller San Francisco Nuestras Manos.

En este momento, están cosiendo unas bolsas ecológicas color amarillo flúo que después venden a los supermercados de la zona. Pero su producción incluye productos tan diversos como remeras de egresados para las escuelas, delantales para cocineros o pintores, alfombras de baño, escarapelas y baberos, ente otros, que venden entre 30 colegios, particulares y empresas.

El proyecto, que es liderado por Cáritas Saladillo - y está en vías de ser autónomo- ganó en 2007, el concurso Potenciar Comunidades de la Fundación Los Grobo, lo que les permitió pasar de una máquina de coser a tener siete, a la vez que recibieron la capacitación de la cooperativa La Juanita, de La Matanza. Por su parte, la municipalidad también se comprometió con el proyecto y les construyó en 2012 el edificio en el que actualmente funcionan.

"Somos un taller social. Todas tenemos hijos y por eso no podíamos ir a trabajar a la ciudad, que queda a 5 kilómetros, entonces esta es una buena salida para nosotras. Dejamos a los chicos en el CAP que es una guardería municipal o en el colegio y venimos a trabajar acá. Antes de esto no trabajábamos o hacíamos changas", cuenta Ale Villafañe, una de las integrantes del taller.

Para ella, lo más importante de esta experiencia es que además de una fuente de trabajo, empezaron a valorizarse ellas mismas y también reciben el reconocimiento de su entorno y de la sociedad en general. "Todo parte de la confianza. Y esto me ayuda en mi autoestima y en mis ganas. Uno se siente valorizado porque puede hacer algo. La gente ahora está mirando para el norte y nosotras tenemos un nombre que cuidar y defender", agrega Villafañe, madre de 4 hijos, que están orgullosos de ella y tienen planes de seguir estudiando. El sostenimiento del emprendimiento a lo largo de los años ayuda a este grupo de mujeres a afianzar la constancia, la responsabilidad y la importancia de trabajar en equipo. "Se está generando la cultura del trabajo al tener un emprendimiento productivo. No todas sirven para todo, pero todas sirven para algo y sienten ese orgullo de la pequeña parte que cada una tiene. Ellas rescatan el poder juntarse, generar lazos, mejorar la convivencia y salir", cuenta Bell, a la vez que explica que las productoras cobran por presentismo y se dividen las ganancias en función de las horas trabajadas.

"Nosotras vivimos de las ventas, no tenemos subsidios y generamos nuestros propios ingresos. El producto social tiene el plus de que la gente está apoyando a personas sin tantos recursos y aunque salga un más, si compran este producto, se están llevando un objeto con historia, con familias detrás que buscan una vida mejor", resume Villafañe.

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