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La vanguardia corrosiva de Witold Gombrowicz

PARA LA NACION
Sábado 16 de noviembre de 2013
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El mejor teatro siempre es provocativo. Sin necesidad de remontarnos a las fiestas dionisíacas, griegas y romanas, que fundan el hecho teatral, el 10 de diciembre de 1896 Alfred Jarry estrenó su célebre Ubú Rey , y más de un espectador huyó despavorido de la sala. Cuando en mayo de 1950 subió a escena La cantante calva , de Ionesco, no fueron pocas las críticas que se ensañaron con el autor rumano. Y ni hablar del desconcierto que provocó Esperando a Godot , la gran obra de Samuel Beckett, cuando se vio por primera vez el 5 de enero de 1953.

El teatro es por definición políticamente incorrecto. Nadie hablaría bien de Medea, que mata a sus hijos en una disputa con Jasón, su marido, fuera del espacio de la ficción. Tampoco andar ahorcando a la mujer, como hace Otelo, es una conducta destinada al aplauso. Pero si el teatro no parte de un conflicto potente, si no es capaz de sacarnos de nuestras rutinas cotidianas, si no tiene las herramientas para poner al descubierto otras realidades, no es teatro. Es más: no es arte. Es puro entretenimiento, respetable, por cierto. Artaud lo decía con claridad: "El teatro es como la peste, un azote vengador, una epidemia redentora". Sin ir más lejos, uno de los espectáculos más logrados de los que se presentaron en el Festival Internacional de Teatro de Buenos Aires (FIBA) fue La caja de la gloria de Finucane & Smith . Y no sólo por las exóticas rutinas que desplegó en el escenario de La Trastienda la extraordinaria Moria Finucane, al frente de una tribu tan inclasificable como talentosa, sino también por la mirada amarga, pero plena de vitalidad, con la que supo describir algunos aspectos del mundo contemporáneo.

En esa línea de permanente vanguardia se ubica Historia , de Witold Gombrowicz, dirigida por Adrián Blanco en Hasta Trilce, uno de los espacios más atractivos con los que cuenta la ciudad de Buenos Aires. La matriz de Historia es la misma que la de Ivonne, princesa de Borgoña y El casamiento . Lo explica el mismo Gombrowicz en Recuerdo de Polonia : "Escribí Ivonne con pena y desgana. Decidí aprovechar para el teatro la técnica que había elaborado en los cuentos, esa capacidad de seguir un tema abstracto y a veces absurdo, un poco como un motivo musical. Nacía, bajo mi pluma, un absurdo virulento que no guardaba parentesco alguno con las obras de teatro que por entonces se escribían. Luchaba encarnizadamente con la forma".

Recordemos que a Gombrowicz lo sorprendió el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en Buenos Aires y decidió quedarse, entonces, hasta 1963. La extrañeza de un idioma que desconocía y de un país del que poco o nada sabía lo convirtieron en un extranjero diferente. Esa sensación de desconcierto y perplejidad, que seguramente sintió al verse compelido a vivir lejos de su tierra y de sus costumbres, están presentes en toda su obra. De ahí esa forma, entre abstracta y absurda a la que hace mención el autor de Transatlántico , y que Adrián Blanco, en la puesta en escena de Historia , rescata con admirable talento. Es evidente que Blanco conoce la obra de Gombrowicz en profundidad. Lo ha dicho en distintas entrevistas, pero, aunque no lo hubiera sostenido verbalmente, el conocimiento del gran autor polaco se nota en su manera de aproximarse al texto y en la construcción formal que desarrolla en escena. Gombrowicz era un polaco que quería ser argentino y a la vez seguir siendo polaco. Esto me lo contaron dos amigos de Gombrowicz: el excelente escritor tandilense, apenas leído, Jorge Di Paola, a quien todos le decían "Dipi", y con quien coincidí en la redacción de la revista Confirmado, que dirigía Miguel Briante, y Juan Carlos Gómez. Era lógico que un hombre que aspiraba a esa suerte de doble nacionalidad, no desde una carta de ciudadanía sino a partir de una mezcla de culturas y de lenguas, creara un estilo que bordea el absurdo y el grotesco.

Historia es un boceto teatral inconcluso. Y allí reside parte de su fuerza dramática. No se editó nunca en español y fue escrito a mediados de los años 50 y rescatado después de la muerte del autor, en 1969. Biografía, historia y ficción aparecen mezclados en un relato en el que se cuestiona la idea de madurez desde la mirada de un muchacho ubicado frente a la guerra y a las tinieblas de un momento trágico para la humanidad. ¿Qué significa ser maduro mientras Hitler y Stalin destruyen el planeta? ¿Cómo seguir el ejemplo de los adultos si en ellos hay tanta hipocresía? ¿La madurez supone aceptar las atrocidades del mundo de los mayores con resignada naturalidad? Familia e instituciones políticas se imponen en Historia como representantes de cierta arquitectura criminal que Adrián Blanco expresa en una puesta en escena dominada por el humor y la parodia.

No se trata de un teatro complaciente ni nada que se le parezca. Quien vaya a ver el espectáculo sólo encontrará excelentes actores narrando una historia fantástica. Al finalizar, saldrá a la calle con más preguntas que respuestas. Es probable que lo invada cierta incertidumbre. Pero hay una satisfacción que lo acompañará: ha visto teatro.

© LA NACION

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