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Su última aparición, un instante eterno que conmovió al mundo desde un estadio de fútbol

Cerró, en pleno invierno de 2010, el Mundial; nunca más estuvo frente a una multitud

Viernes 06 de diciembre de 2013
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LA NACION
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"Madiba, Madiba, Madiba...", no se cansó de rugir el inmenso estadio Soccer City. Ese instante eterno fue más emocionante y conmovedor que el momento de la consagración de España como campeón mundial de fútbol.

El cántico bajó con fuerza desde las tribunas mientras el hombre que inspiró al mundo era paseado en un carrito por el centro del campo de juego. Fue el 11 de julio de 2010. Aquella gélida noche de Johannesburgo resultó ser la última aparición pública de Nelson Mandela. Fue justo allí, en los suburbios del barrio de Soweto, donde había dado su primer discurso masivo después de la liberación.

Su esposa, Graca Machel, le sostenía la mano derecha en alto, en otro gesto victorioso que simbolizó la reconciliación étnica por la que Mandela había dado su vida.

Aunque casi no oía ni caminaba, y la memoria de corto plazo ya lo traicionaba, comprendió el contexto y entregó una sonrisa auténtica a la multitud que lo vivaba emocionada por su apodo.

Mandela estaba enfundado en un tapado negro, llevaba guantes de cuero y un gorro cubría su cabeza. Su rostro estaba surcado por ceños de satisfacción y emotividad, como si se hubiera predispuesto a regalar esa imagen al mundo.

Aquella noche de julio la luna estaba pálida y redonda. Hacía frío. Mandela estaba a un puñado de días de cumplir los 92 años. Así y todo, salió de su enclaustramiento por unas horas para protagonizar un momento histórico y escenificar el primer Mundial de fútbol en África con el retrato que a la copa le faltaba.

Una tragedia familiar -la muerte de su bisnieta Zenani- le había impedido asistir a la gala de inauguración, en la que los organizadores de la gran industria del fútbol anhelaban que diera el puntapié inicial. Eso ya era realmente imposible porque, desde hacía meses, Mandela ya no caminaba y su estado de salud mantenía en vilo a toda una nación y al resto del mundo.

Su familia denunció, por entonces, que la FIFA había ejercido presión para que el ex presidente asistiera a la ceremonia de cierre en el Soccer City. Pero lo cierto es que Mandela cumplió, como pudo, con todos los compromisos del Mundial.

Grabó un mensaje para el sorteo y recibió el trofeo cuando aterrizó en el país. Bendijo a la selección de su país y hasta se calzó la camiseta amarilla y verde de "los Bafana Bafana". Desde lo político, habilitó al Congreso Nacional Africano, su partido, para que facilitara el ingreso de los millones de dólares de la industria del fútbol a un continente desfavorecido.

Previo a la final del Mundial, su anterior aparición pública había sido el 10 de febrero de ese mismo año, cuando se lo vio sonriente y lúcido en la conmemoración de las dos décadas de su liberación tras 27 años en la cárcel. Fue uno de los tantos homenajes en vida que tuvo por su rol pacificador y su gesta para combatir la segregación racial.

Como otras veces, un acontecimiento deportivo ocupó un capítulo trascendente en la vida de Mandela. En 1995, con el apartheid aún vivo en las calles sudafricanas, fue el Mundial de rugby el que dejó una huella profunda en la memoria. El saludo -convertido en leyenda- con François Pienaar, el capitán de los Springboks, llegó hasta Hollywood de la mano de Clint Eastwood.

Bajo el mismo cielo y en la misma tierra, pero 15 años después, Mandela cerró otro Mundial: el de fútbol. La organización lo paseó subido a un carrito de golf como si fuera un trofeo. Sin saber que iba a ser su último encuentro cara a cara con una multitud, el público lo abrazó y lo ovacionó en señal de reconocimiento, en otra muestra contundente que la reconciliación que él puso en marcha es una realidad.

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