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El saqueo de los corruptos

Opinión

Por   | Para LA NACION

Los acontecimientos de violencia de los últimos días nos dejan un sabor amargo y una preocupación seria a futuro.

Quienes me conocen saben que no soy de pensar que todo tiempo pasado fue mejor, pero debemos reconocer que en algunos valores sociales hemos tristemente involucionado. Pongo un ejemplo: hace décadas, si un niño regresaba a casa con un lápiz que había encontrado en el suelo del aula, el papá o la mamá lo obligaban a darlo a la maestra al día siguiente para preguntar a quién se le había caído. Como contracara, en esta semana vimos familiares de diversas generaciones robando juntos. Pero no quiero distraerme de lo que quiero contar.

En varios comentarios de noticieros o programas periodísticos se censuraba duramente a quienes robaban electrodomésticos y no comida. Un argumento de dudosa solidez. Robar está mal. Mentir también. Y matar, ni te cuento.

Pero a la hora de señalar la seriedad de los delitos, debemos aclarar que coimear para la trata de personas es más grave que robar un plasma. La corrupción que usurpa los dineros del pueblo también aprieta gatillos con balas de hambre o de mala atención de la salud.

Los sobreprecios en contrataciones de obras públicas. Los sobornos para pasar cargamentos de droga. Los funcionarios policiales y judiciales prendidos en redes de trata. Los saqueos morales que nacen en la incoherencia -"haz lo que yo digo pero no lo que yo hago"- son más violentos y dañinos para el tejido social. Incluso habría que pensar si los gastos excesivos en bienes (o males) superfluos, viajes y estilos de vida lujosos no son un insulto a la cultura del trabajo y deterioran la moral del pueblo. Los dirigentes (sociales, políticos, religiosos, judiciales), los comunicadores, debemos dar ejemplo de honestidad e integridad moral.

Como sociedad hemos visto violencia en los saqueos a los comercios o casas particulares y debemos rechazarla y reprobarla.

Pero no debemos mirar para otro lado ante la violencia de la inequidad y la injusticia.

El papa Francisco escribió hace unas semanas algo que nos viene como anillo al dedo: "Hoy en muchas partes se reclama mayor seguridad. Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres, pero sin igualdad de oportunidades las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad -local, nacional o mundial- abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad".

San Juan Crisóstomo, uno de los padres de los primeros siglos del cristianismo, lo decía con claridad: "No compartir con los pobres los propios bienes es robarles y quitarles la vida. No son nuestros los bienes que tenemos, sino suyos".

Y también San Basilio lo predicaba: "El que despoja a un hombre de su vestimenta es un ladrón. El que no viste la desnudez del indigente cuando puede hacerlo ¿merecerá otro nombre? El pan que guardas pertenece al hambriento. Al desnudo, el abrigo que escondes en tus cofres. Al descalzo, el zapato que se pudre en tu casa. Al mísero, la plata que escondes".

¿Entonces? Llamemos a las cosas por su nombre y su realidad. Es cuestionable la acción de robar, saquear y destruir.

Pero también es cuestionable, y tal vez con más fuerza, el vandalismo de los ricos y el saqueo de los corruptos.

Jesús se quejaba de la hipocresía de los líderes de su tiempo y les decía "guías ciegos" que "filtran un mosquito y se tragan un camello".

La amistad social y la paz anhelada se construyen sobre la justicia y la equidad. Lo demás es papel picado fuera del carnaval.

© LA NACION.

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