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Cate Blanchett: arrojo, precisión, sutileza

Con la atención puesta en la integridad artística, la actriz argentina tiene en su par australiana a su referente favorita

Martes 31 de diciembre de 2013 • 00:00
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PARA LA NACION
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Sobriedad en lo personal, riesgo en lo profesional. Eso define en gran medida a Cate Blanchett y pone un acento necesarísimo sobre la intransitada integridad artística. No sé desde cuándo la admiro, ni cuál fue el primer trabajo que vi. Pero sí recuerdo que supe en el acto de su hondura y su singularidad, cosa seria en un mundo atiborrado de clones que no apuestan y se limitan a cultivar la corrección –la corrección, nada más alejado del arte–. Esta rubia angulosa a quien escuché relatar que la habían rechazado de un proyecto "por tener ojos chicos"; esta taurina que se formó como debe formarse todo actor: en teatro, para luego aventurarse en cine y recién después intentar el zarpazo; esta mujer luminosa elige el camino de la expresión creativa del modo más digno y menos obvio, todo con un encanto paralizante. Hablando de hechizos, me decían Galadriel (por el personaje de Tolkien) cuando era adolescente, porque me identificaban con el espíritu feérico de un personaje de la literatura sin rostro conocido. El día que vi a Blanchett encarnando ese rol me sentí orgullosa de que alguien hubiese siquiera imaginado mi rostro en el de ese hada tan etérea como peligrosa. Pero cuando caí muerta a sus australianos pies fue con la primera Elizabeth, que, como suele suceder en este negocio, no le trajo el Oscar que le correspondía, porque fue a manos de una frágil exponente de la industria americana, Gwyneth Paltrow, por un trabajo fresco pero insustancial. Ese mismo año, Catita pasó de la más inocente adolescencia a la feroz madurez de una monarca que cambió la historia de un país poderoso en 124 minutos de gloria interpretativa. Arrojo, precisión, sutileza y contundencia. Todo en una. Fue a la ceremonia de esos sobredimensionados premios con el pelo suelto, vestido negro translúcido y un colibrí volando entre flores sobre la espalda semidesnuda. Sonrió y siguió su camino selectiva, categóricamente, hasta llegar acá hoy, sin altivez –los seguros de sí mismos no la necesitan–, sino con el aplomo de las personalidades que saben combinar simpleza y presencia. Cité sobriedad en lo personal; está casada desde hace muchos años con un guionista y dramaturgo feo que la debe hacer inmensamente feliz, a juzgar por su impecable derrotero profesional y su estabilidad afectiva. Si hablamos de riesgo profesional, sólo con su rol de Bob Dylan en I’m Not There y la osada interpretación de Katharine Hepburn en El aviador, de Scorsese, tenemos sobrada prueba de ello. Ahora termina noquéandonos con Blue Jasmine, versión actualizada y genial de Un tranvía llamado deseo, donde encarna a esa Blanche Dubois excesiva, rota, perdida de sí misma. Una cámara que la indaga y la veja con planos cortísimos no sólo no la opaca, sino que es el envidiable testigo de una entrega tan lúcida como arrojada, refinada y descarnada a la vez. Si un referente es un símbolo, una influencia, un exponente; repasando, aquí tenemos a una mujercita singular, audaz, inteligente, discreta y con principios artísticos. Me quedo pensando si no funcionaría cada vez mejor el medio, si al menos el cincuenta por ciento de su población tomara a Cate Blanchett como referente.


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