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El sacrificio de los jóvenes en el altar de la política

El uso espurio de los jóvenes no es nuevo y hoy se sigue exacerbando el narcisismo juvenil al exaltar esa condición en sí misma, sin tener en cuenta otros valores

Jueves 30 de enero de 2014
PARA LA NACION
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En sintonía con la tendencia a idealizar los tiempos de juventud (algo que suele ocurrirle a quienes ya han atravesado muchas décadas), en diferentes ámbitos, pero en particular en la política, se tiende a alabar a los jóvenes con intención utilitaria y a ubicarlos en funciones que sobrepasan sus capacidades, con lo que se los hace pagar precios altos por el hecho de saltear etapas de manera acelerada, sin tiempo de que se generen los recursos y habilidades que solamente los años ofrecen.

Es verdad que los jóvenes suman energía vital a los sistemas en los que se incorporan, ya sea en la familia, en el mundo del trabajo, en la vida cultural y comunitaria, entre muchos otros. El ambiente político es un ejemplo. El fervor de aquellos que están listos para enamorarse de personas y de causas porque así lo demanda su momento vital nutre movimientos políticos de toda índole. Ese tipo de participación tuvo y tiene aspectos fecundos y otros no tanto, como cuando esa energía, en clave épica, nutría ejércitos a los cuales se despedía con desfiles y flores para, luego, tras la sórdida pesadilla de la guerra, recibir sus despojos con tristeza y desencanto.

Se suele creer que la flexibilidad corporal de la juventud puede ser extrapolada al aspecto mental/ideológico de esos mismos jóvenes. No ocurre así. Los jóvenes no son demasiado flexibles en lo que a ideas y posturas se trata. Están fundando los cimientos de su vida adulta o, como mucho, jugando sus primeros partidos "en primera". Lo hacen repitiendo las nociones y prácticas que van incorporando (mapas ideológicos, mandatos, etcétera), de manera similar a cuando, hasta no hace mucho tiempo, aprendían el abecedario y las tablas de multiplicar.

Es verdad que la rebeldía es parte de la identidad de la juventud, con toda la tensión vital que eso significa. Pero esa rebeldía no implica necesariamente creatividad (por eso es tan errada la sinonimia entre transgresor y creativo), sino que apunta sobre todo a poner a prueba o refutar las premisas establecidas en la educación previa. En ocasiones, esa puesta a prueba agrega elementos nuevos, creativos y fecundos, y otras veces queda simplemente en un movimiento reactivo, sin agregado de novedades al paisaje.

Muchos jóvenes que se rebelan contra ciertas pautas aprendidas en su infancia se aprestan, paradójicamente, a alinearse a otras pautas diferentes, a las que obedecen con fervor y que, en contextos perturbados, puede llevarlos al fanatismo. Lo hacen así porque el ordenamiento dogmático, predecible y seguro en sus premisas, cumple el rol de suplir aquel cobijo parental que hoy ha quedado atrás. La política, pero también, por ejemplo, el mercado o las religiones diversas, en sus peores versiones, han hecho uso de esa condición de la juventud para su propio provecho.

El problema es adjudicarles a los jóvenes aquello que ellos no tienen o no son, seducirlos con elogios excesivos y lanzarlos cruelmente a que pongan el cuerpo en escenarios en donde deberían estar quienes han sumado años y frustraciones. Así, se abusa de los jóvenes sin que ellos mismos se den cuenta. Se suele engordarlos para, luego, devorarlos, tal como ocurre con algunos famosos íconos juveniles caídos en desgracia o, más cerca de nuestra actualidad vernácula, con algunos ministros del gabinete nacional.

La Argentina conoce mucho de la utilización espuria de la juventud, en especial, en el campo político y, a pesar de tantas muertes y sacrificios hoy idealizados, se sigue exacerbando el narcisismo juvenil al exaltar la condición joven en sí misma sin tener en cuenta otros valores.

En una familia no hay nada más tiránico que un niño con un poder de mando que no debiera detentar. A su vez, podríamos decir que nada hay más dogmático y rígido que un joven cuando cumple una función de autoridad para la cual no está capacitado.

Subidos al tren de una función que los excede, siguen las directivas de su GPS, confiando en él, pero con la rigidez de quien jamás recorrió el camino real. No sabrán qué hacer si aparecen baches en la ruta, si se cruza un perro, si la estación de servicio está cerrada o si de repente algún acompañante pide parar porque se siente mal. El avatar inesperado muchas veces ofende a quien había cifrado su noción de la vida en la valoración superlativa del mapa, creyendo haber atrapado en ese plano todas las variables de lo posible.

En este contexto entra la perversidad de los lisonjeros que usan su poder para manipular la pasión juvenil con fines egoístas. No es fácil ver que la vida propia se va, mientras ellos, los jóvenes, se quedan en la fiesta. Lo antedicho quizás explique parte de por qué se lleva tantas veces al sacrificio a los jóvenes inexpertos, otorgándoles potestades y misiones que no son viables, engañándolos y adelantando tiempos artificialmente con la letanía de que la "sangre nueva" (como elemento único) será la que pueda comandar de mejor manera la nave, mientras que lo "viejo" es vilipendiado por anquilosado.

La mejor versión de lo joven es el ímpetu, la nobleza, la sinceridad, el desparpajo creativo y el respeto por aquellos que han sumado años y experiencia de buena manera. La peor es la prepotencia, la soberbia del asustado, el dogmatismo, la ciega subordinación al GPS (cuando se lo confunde con la vida misma) y, también, la falta de respeto a la experiencia bien ganada de los mayores, el creer que el mundo empieza con el propio nacimiento. Si a eso le sumamos la optimización del cinismo, como tantas veces se ve en la vida pública y privada, el combo es preocupante, sobre todo si esa versión de lo joven se adueña de lugares de poder fáctico.

Es obvio que todas estas reflexiones se inspiran en situaciones por todos conocidas, en las que, por ejemplo, ministros asumen cargos sin tener otra experiencia que la académica o se vuelve a entronizar a la "juventud maravillosa" y se propicia que emerja una impertinencia plagada de soberbia, proporcional a la inexperiencia.

Pero en verdad, aunque es evidente la relación con la coyuntura política y económica, el tema de la idealización de la juventud trasciende el escenario político y llega hasta los mismos hogares y espacios educativos de manera cotidiana. La confusión de los lugares, la seducción demagoga ejercida sobre los niños y jóvenes otorgándoles una autoridad que no les corresponde, la dilución de la confianza de las generaciones mayores en cuanto a su propia pertinencia y lugar? No es poco lo que simboliza la situación de la política en lo que hace al estado de cosas intergeneracional de nuestro país y, posiblemente, en gran parte de Occidente.

Será interesante ver lo que acontezca de aquí en más. La juventud, aunque suele ser imberbe, no por ello es estúpida. Ojalá que no vuelva a salir herida, aunque su inexperiencia y naturales veleidades la hagan carne de cañón de los peores intereses.

© LA NACION

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