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Consumo abusivo de medicamentos

Domingo 02 de marzo de 2014
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El ser humano recurre a diferentes drogas por razones medicinales , por motivos psicológicos o bien por fines que se han denominado placenteros. Consumos con esos distintos propósitos se han conocido durante siglos en todas las sociedades y culturas.

Cuando se habla de personas que se drogan se alude específicamente a hábitos riesgosos contraídos por el uso desmedido de sustancias, más allá de los límites de una prescripción médica. Corresponde distinguir entre drogas legales e ilegales: las últimas se han separado de las primeras por sus consecuencias para la salud individual y el comportamiento social, lo que ha determinado la prohibición de su venta al público.

Cuando las drogas medicinales legalmente admitidas son empleadas de manera desmedida hasta convertirse en objetos de adicción para el paciente, los peligros quedan a la vista. Puede analizarse el caso de las drogas analgésicas y ansiolíticas, cuyo consumo ha ido creciendo de manera alarmante en el mundo y en nuestro país, donde el año pasado aumentó en un 5% su venta. No resulta sorprendente, entonces, que sea "la segunda causa de intoxicación" que se atiende en las guardias de los nosocomios, según lo informa el doctor Carlos Tamiz, jefe del área de Toxicología en el Hospital Fernández.

Tarde se descubre luego que la automedicación puede tener severas consecuencias para el organismo; incluso, nefastas. Las drogas que intervienen en la composición de esos productos ejercen su acción en el sistema nervioso central y se denominan depresoras porque atenúan o inhiben el funcionamiento cerebral de la vigilia y, como consecuencia, provocan relajación, somnolencia, anestesia y aun estados de coma. En ese cuadro entran los barbitúricos, las benzodiazepinas y otros tipos de drogas tranquilizantes o hipnóticas. Puede resultar sorprendente que el alcohol sea considerado un depresor, puesto que la reacción inicial del bebedor se suele manifestar en formas de euforia y desinhibición. Pero luego derivan en estados de somnolencia, visión borrosa e incoordinación en los movimientos.

Los barbitúricos producen sueño y, aun en pequeñas cantidades que sobrepasen las indicaciones terapéuticas, pueden resultar tóxicos, lo que implica un peligro latente que obliga a insistir en la necesidad de que se respete la dosis indicada por el médico y no se ingiera el barbitúrico con una bebida alcohólica. Las benzodiazepinas tienen efectos tranquilizantes e hipnóticos que, en el corto plazo, alivian de la ansiedad, pero en el largo plazo generan hábitos de dependencia.

En suma, la variedad de estos medicamentos y su dosificación exigen un cuidadoso empleo y control médico. Es evidente que su consumo generalizado es típico de la sociedad contemporánea y de una concepción de la vida que busca eludir las situaciones difíciles y dolorosas que se presentan naturalmente mediante recursos artificiales que no resuelven los problemas, sino que los ocultan o postergan. En ese sentido es importante la palabra del doctor Pablo Abadi cuando afirma que vicisitudes de la vida, como la tristeza, no son síntomas de trastornos que requieran medicaciones. Por lo tanto, las penas, las esperas, los amores, las separaciones y los duelos no requerirían medicarse para invitarnos a prescindir del alma y las emociones.

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