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Un signo claro de impotencia y fatiga

Domingo 02 de marzo de 2014
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PARA LA NACION

Se está acabando un ciclo", dijo ayer Cristina Kirchner. Tiene razón. Su discurso sorprende por la negación de los problemas del presente y por la ausencia de referencias al futuro, síntomas del temprano agotamiento de su gestión.

Cristina habló para sí misma y para su menguante núcleo de seguidores. No mencionó la inseguridad ni el narcotráfico, dos problemas que obsesionan a los argentinos. Tampoco la inflación, a pesar de que una mayoría considera que es su gobierno el principal responsable del aumento generalizado de precios. El trillado argumento de que su causa reside en el egoísmo de empresarios, que actúan en contra de sus intereses, solamente encuentra eco en su reducida base de sustento, que orilla el 30% de la población.

Prefirió ignorar que el Gobierno está implementando un severo ajuste que incluyó una fuerte devaluación. Su recopilación del pasado reciente, pletórico de supuestos logros y récords (la Presidenta sigue confundiendo la diferencia entre aumentos reales y nominales), evadió curiosamente la derrota electoral de octubre. Suena ilógico que un gobierno, en teoría tan exitoso, sufriera una paliza electoral tan terminal como contundente. Parece que los equivocados no son sólo los empresarios, sino también los ciudadanos.

Fiel a sí misma, el discurso de ayer constituye una síntesis perfecta de cómo piensa la Presidenta. La defensa acrítica y a ultranza del papel del Estado en la economía fue el pilar conceptual a partir del cual elaboró todo su argumento. Para ella, el Estado es bueno y eficiente. No importa cuánto y cómo gaste. No importan la ausencia de prioridades o su flagrante ineficiencia. Para la Presidenta, este Estado es un instrumento de igualdad y progreso.

Esto ocurre cuando es imposible disimular su absoluto fracaso en brindar los bienes públicos esenciales (seguridad, justicia, infraestructura, educación, salud y cuidado del medio ambiente), a tal punto que según el Índice de Confianza en el Gobierno, que elabora la Universidad Torcuato Di Tella, dos de cada tres argentinos piensan que el Gobierno no sabe resolver los principales problemas de la sociedad.

Cristina Kirchner sigue aferrada a ese anacrónico prejuicio respecto de la naturaleza de la globalización en tanto juego de suma cero: si ganan los países ricos, deben perder los pobres. Esto es particularmente notable en una líder de un país emergente tan beneficiado por el extraordinario ciclo de altos precios de los bienes primarios. Su defensa del nacionalismo proteccionista y autárquico surge de ese preconcepto, que ignora el éxito de países en desarrollo que se integran al comercio mundial gracias a su competitividad y al buen clima de negocios, basado en la estabilidad macroeconómica y la seguridad jurídica. Para Cristina, el mundo también vive equivocado, no sólo los empresarios y los ciudadanos argentinos.

Desde el punto de vista político e institucional, utilizó la crisis venezolana para reiterar su supuesta defensa de todos los gobiernos elegidos por el voto popular, independientemente de su ideología. Ratificó, así, su convicción de que para ella el triunfo permite que los gobernantes hagan prácticamente lo que quieran cuando están en el poder, al margen de límites constitucionales o desatinos. Ignoró no sólo las flagrantes violaciones de los derechos humanos del régimen de Nicolás Maduro -cada vez más criticado por referentes chavistas-, sino sobre todo el legítimo derecho de protesta que tienen sus ciudadanos. Cometió una nueva contradicción: nunca condenó a los manifestantes que en diciembre de 2001 contribuyeron a la caída de Fernando de la Rúa.

Eligió sostener en su penúltimo discurso como presidenta un conjunto de viejos argumentos, débiles y gastados. Mientras, implementa un giro pragmático que contradice su reconstrucción de la realidad y acelera su inexorable pérdida de poder. La política comienza a reorganizarse con ella como una influencia decreciente, camino de convertirse en marginal.

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