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Los jóvenes, en la trampa del "me gusta"

Los cambios culturales y la irrupción de la vida digital, con la consecuente desmaterialización del criterio de realidad, han diluido la noción de autoridad y la diferencia entre el bien y el mal, dejando a los adolescentes sin referencias

Miércoles 05 de marzo de 2014
Corriere della sera
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Con creciente frecuencia, la crónica periodística nos informa de los actos de autodestrucción por parte de adolescentes, como si una invisible marea les hubiese arrancado toda su energía vital. Más allá de las noticias, que pueden estar falseadas por la compulsión sensacionalista, cualquiera que tenga contacto con jóvenes sabe que el emblema fundamental de muchos de ellos es la desesperación. Una desesperación resignada y en sordina que los conduce a una vida de desenfreno autodestructivo, cuando no de patológica apatía.

Los jóvenes que de la noche a la mañana deciden abandonar la escuela sin verdaderas razones para recluirse en su habitación a vivir una vida puramente virtual -un síndrome ya muy difundido la década pasada en Japón- constituyen a estas alturas una realidad que se ha extendido mucho, al igual que la búsqueda de un estado de aturdimiento continuo, ya sea a través del exceso de alcohol o el consumo sostenido de drogas. La sensación que experimentan al frecuentar esos consumos es la de surfear una ola que los mantiene siempre sobre la superficie de la realidad.

La irrupción del mundo digital, con la consecuente desmaterialización del criterio de realidad y el predominio del charloteo; el derrumbe de todo aquello que hasta hace 30 años eran realidades educativas -la escuela, la Iglesia, la familia-, y el triunfo de un mundo a estas alturas sumamente feminizado -vale decir, privado de cualquier sentido de autoridad que los ayude a extender la mirada más allá del horizonte corto del sentimentalismo- hacen que sea cada vez más difícil imaginar una forma de intervenir para cambiar las cosas.

Sin embargo, por algún lugar hay que empezar, porque el tormento de estos adolescentes que ya no logran utilizar la magnífica energía de su edad se ha vuelto intolerable. Y como no somos mónadas sin puertas ni ventanas, sino que venimos al mundo en un contexto social -del que un día seremos llamados a ser parte activa-, debemos preguntarnos, sobre todo, qué tiene para ofrecerles nuestra sociedad a los que vienen al mundo.

El primer ambiente social que recibe a los niños son los jardines de infantes, que suelen estar sucios, descuidados y con las paredes escritas. Después viene la escuela. La mayor parte de los edificios escolares están en un estado de degradación absoluta. Y no estoy hablando de pizarras electrónicas, sino meramente de las paredes, los pupitres y los gabinetes. Sin embargo, esa degradación no se limita al entorno, sino que atañe también a la enseñanza. Maestros mal pagos, sometidos a la tiranía continua de la precariedad, reducidos a la impotencia educativa por la permanente injerencia de los padres. Maestros desalentados en su deseo de ser parte fundamental de un proceso educativo necesario para la persona y para la sociedad.

Una sobrina mía dejó la secundaria italiana donde estudiaba para irse al exterior, donde asiste a una escuela alemana. Lo primero que me contó fue esto: "Tía, es increíble. Acá te respetan. Te alientan siempre a dar lo mejor de vos, y entonces los alumnos competimos para ser el mejor. Pero cuando vuelvo a Italia veo que mis ex compañeros hacen lo contrario: compiten para ver quién es el peor. Al que se saca la nota más baja, los compañeros lo llevan en andas".

Por lo tanto, un verdadero cambio debería empezar por dejar de considerar que la escuela es exclusivamente un espacio de negociación electoral y sindical, para priorizar, por el contrario, la reconstrucción de un tejido social educativo basado en el respeto intergeneracional y en la renovación edilicia, y en recomponer la autoridad de los docentes y limitar fuertemente las continuas y nocivas intromisiones de la familia en la escuela.

Alentar a todos a dar lo mejor de sí mismos es la única base sobre la que construir una sociedad civil digna de ese nombre. Los jardines de infantes letrina y las escuelas subsiguientes colaboran para generar la situación que se presenta todos los días frente a nuestros ojos: una sociedad que se hunde cada vez más en la incivilidad, el cinismo, la ignorancia y la arrogancia más obtusa. Es cierto que también están los medios de comunicación que lo amplifican todo, y están los tiempos, que cambian vertiginosamente. Pero, por encima de todo esto, está siempre el ser humano. El ser humano, a pesar de las continuas tentativas de manipulación a las que asistimos, posee su propia naturaleza específica, y es justamente sobre esa naturaleza que debemos intervenir si queremos intentar cambiar algo de verdad.

"Pero ¿en serio usted cree todavía en la existencia del bien y del mal?", me preguntó una periodista hace unos quince años. La pregunta me descolocó, porque hasta ese momento siempre había considerado la existencia de esos dos extremos como una realidad a todas luces evidente. Pero de pronto descubría que no era así, que lo que para mí era un cimiento, no era otra cosa que el residuo de una creencia arcaica.

En el mundo que exaltan los medios de comunicación, de hecho, el bien y el mal no tienen la menor razón de existir. El "me gusta" y el "no me gusta" se han convertido en los confines éticos del mundo. Pero ¿acaso el ser humano se realiza plenamente con un "me gusta" o "no me gusta"? ¿O se trata más bien de una anestesia piadosa para impedir que levantemos la mirada y así corramos el riesgo de hacernos preguntas más importantes?

Haber borrado la frontera entre el bien y el mal, transformando esa opción imprescindible en algo voluptuosamente relativo, ha contribuido enormemente a arrastrar a las jóvenes generaciones a este estado de desoladora degradación carente de horizonte. El ser humano, para convertirse verdaderamente en tal, necesita desafíos. Y el primer desafío es saber discernir lo justo de lo injusto, para poder entonces escoger de qué parte ponerse.

El otro eje cartesiano de referencia es el del tiempo. Sin conciencia de que la vida, antes que nada, tiene un final -vale decir, esa oscuridad que nos aguarda a todos-, es imposible construir un camino real de crecimiento. Envejecer quiere decir crecer en sabiduría, y con ese crecimiento debería llegarnos el verdadero sentido de nuestra vida. Si el tiempo es medido por el sometimiento a los impulsos y el consecuente consumo, no queda esperanza alguna de poder ayudar a los jóvenes a salir del círculo vicioso de banalidad que esta sociedad nos impone.

Desde que el mundo es mundo, el sentido de la vida de los seres humanos siempre estuvo comprendido entre esas dos coordenadas. El tiempo que me ha sido concedido y el desafío de elegir entre el bien y el mal. De lo contrario, se termina deambulando en lo indistinto. Y lo indistinto es algo que genera en las personas una profunda angustia. Por eso, para escapar de la opacidad tristemente destructiva que los está fagocitando, nuestros jóvenes necesitan de adultos capaces de plantearles desafíos actuales, que los sustraigan del marasmo del "me gusta". Necesitan escuchar hablar de nuevo del bien, del mal y de la conciencia, lugar en el que tiene lugar ese discernimiento. Un bien y un mal no relativos, sino absolutos, cuyo primer mandamiento universal es "No le hagas a otro lo que no quieres que te hagan a vos mismo".

Necesitan, sobre todo, de un Estado y de una política que crea realmente en su futuro, y que se ocupe, de inmediato, de las cosas más simples, empezando por los jardines de infantes.

La autora, italiana, es escritora. Entre otros libros, escribió la novela Donde el corazónte lleve,Traducción de Jaime Arrambide

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