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Complicidad social y falta de igualdad estructural

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PARA LA NACION
Viernes 07 de marzo de 2014
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El femicidio es una de las formas más extremas de violencia contra la mujer, y aparece como el último eslabón de una cadena de violencia y maltratos que es sostenida por las desigualdades estructurales de nuestra sociedad. El femicida siente que la mujer le pertenece y, por lo tanto, que puede hacer con ella y con su cuerpo lo que desee, incluso asesinarla.

Debemos, sin duda, reconocer que la violencia de género cobra cada día mayor visibilidad en los medios de comunicación en nuestro país, pero este dato positivo no puede de ningún modo opacar las terribles consecuencias de la violencia contra las mujeres, en esta ocasión expresadas en los números del Informe de Femicidios. Estos números representan las historias de vida de mujeres que en algunos casos no pudieron acceder a la Justicia, y en otros encontraron que la Justicia no respondió como debía para protegerlas.

Desde el Centro de Asistencia de La Casa del Encuentro observamos diariamente cómo las mujeres en situación de violencia encuentran trabas judiciales, sociales y económicas, que sumadas al aislamiento social y familiar en el que el agresor las encierra se convierten en barreras para salir del círculo de la violencia.

Emociones como la culpa, la vergüenza y el miedo son frecuentes en las mujeres que sufren violencia de parte de sus parejas, y son la consecuencia de agresiones reiteradas que tienen el objetivo de minimizar a la mujer y hacer de ella una persona dependiente, de baja autoestima e insegura. "La culpa de haber elegido al hombre equivocado, la vergüenza de contarlo en mi entorno, el miedo a su reacción y a la reacción de las personas que me rodean, sentirme sola y sin fuerzas..." Estos sentimientos, sumados a la complejidad del entramado judicial y a la normalización de la violencia de género en nuestra sociedad, sumergen a las mujeres en una situación en la que cada vez les resulta más difícil pedir ayuda.

Argumentos como "los trapitos se lavan en casa" o "en las cosas de pareja no me meto, son privadas" mantienen a las mujeres en el terreno del silencio, que es rodeado de una complicidad social que debemos romper. Asumamos como ciudadanos y ciudadanas nuestra responsabilidad en la visibilización de la violencia contra la mujer y en la lucha para su eliminación, y en este sentido, derribemos mitos y armemos redes de contención y ayuda para todas aquellas mujeres que las necesiten.

Cuando pensamos en los femicidios como conclusión extrema de un proceso de violencia, debemos pensar también en qué haremos antes para evitarlos, no sólo desde el lugar del Estado, cuyo rol es fundamental, sino también desde el lugar de cada persona. Encontramos en la contención, el respeto, el fortalecimiento y el apoyo social herramientas fundamentales para ayudar a las mujeres en situación de violencia a transitar el camino para salir de ésta. Todas las mujeres tienen derecho a vivir una vida libre de violencia.

La autora es coordinadora del Área de Psicología de La Casa del Encuentro.

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