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Por qué negar que el peronismo es un populismo

Para muchos argentinos, el país es un caso tan singular que impide compararlo con otras experiencias similares que matizarían su pretendida excepcionalidad

Viernes 14 de marzo de 2014
PARA LA NACION
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Cuando, hace unos años, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner visitó la New School, la universidad de Nueva York en la cual soy profesor de historia, alguien le preguntó sobre la utilidad del populismo para entender la política. Ella respondió que términos como populismo son típicos de aquellos que quieren interpretar la política pero que no la entienden, pues no la conocen desde adentro, es decir, no son políticos. No es difícil entender este rechazo peronista de un término que le quita originalidad a su tradición política a la que vez que plantea serias dudas sobre sus credenciales pluralistas.

Pero la Presidenta no está sola en su rechazo del término. Para muchos argentinos, la Argentina es muy especial, es misteriosa y, por sobre todas las cosas, es diferente al resto del mundo. En una suerte de traducción histórica de la irónica idea borgeana de que la milonga y el dulce de leche son exclusivamente nuestros, el nacionalismo, el uriburismo, el radicalismo y, por sobre todas las cosas, el peronismo son presentados como ajenos a toda conceptualización que arrime nuestras experiencias históricas criollas a un contexto transnacional que necesariamente engloba sus originalidades para matizarlas, para ver que también corresponden a tendencias que van más allá de nuestras provincias y fronteras. La Argentina es tan original como el resto de los países y sus experiencias históricas pueden ser mejor entendidas a partir de este reconocimiento.

Es cierto que en nuestro país se habla todo el tiempo de fascismo y populismo sin pensar en casos históricos concretos. También es cierto que estos términos son muchas veces usados como adjetivos, como insulto político y no como categoría analítica para comprender la realidad pasada y presente.

Pero la crítica a este uso general del término lo identifica con estas generalidades a la vez que evita reconocer los matices que una mirada transnacional ofrece al análisis. El concepto se confunde con sus usos. Se argumenta entonces que si el populismo es mal utilizado como concepto, debe ser descartado de plano. En este marco, el peronismo adquiere una originalidad sui generis que a decir verdad sólo existe para sus seguidores. No somos tan diferentes al resto del mundo.

Así, una mirada entendiblemente negativa sobre los usos del populismo concluye normativamente que éstos no se corresponden con la práctica de los historiadores y, por lo tanto, proscribe su uso presente y futuro. Lo que se pierde en estas respuestas tan tajantes es justamente la complejidad del contexto de emergencia del populismo. Por otra parte, el uso contextual y analítico del concepto de populismo ayuda a comprender todo aquello que los peronistas no pueden ver: todo lo que su forma de entender y practicar la política comparte con movimientos afines situados ya sea en la izquierda o en la derecha, a ambos lados del Atlántico y en el presente y en el pasado. Existen populismos autoproclamados de izquierda, "nacionales y populares" (casos de la Argentina y Venezuela), y populismos de derecha (casos de Holanda, Francia y Grecia). En realidad, el populismo, como el fascismo, no es "ni de izquierda ni de derecha". Como ha demostrado el estudioso más importante del fascismo, el historiador israelí Zeev Sternhell, el fascismo se plantea como una respuesta a la crisis política generada por el fin de la Primera Guerra Mundial. Esta respuesta combina una lectura no marxista de la tradición de izquierda con el nacionalismo de extrema derecha. Esta respuesta fascista a la democracia pretende destruirla para erigir una dictadura cuyo líder reniega de los medios electorales para justificar su poder. Así fue el caso de Mussolini, de Hitler en Alemania y de los nacionalistas en la Argentina. Todos participaron de la experiencia del fascismo transatlántico.

Luego de 1945, el militar argentino Juan Perón, líder de una dictadura militar en busca de legitimidad, invierte los términos de la cuestión y crea la primera forma de populismo moderno. A diferencia del fascismo, Perón recorre el camino inverso. Como líder práctico de una dictadura, Perón gana las elecciones presidenciales, que lo convierten en líder democrático. El peronismo destruye (o incluso autodestruye) la dictadura militar para construir una nueva forma no deliberativa de entender la democracia.

El peronismo es la primera forma histórica de populismo, pero no la última. Es una nueva forma de entender la democracia que mantiene la noción de soberanía popular a través de la matemática de las elecciones y las formas democráticas de representación, pero que enaltece radicalmente la figura del líder, presentado entonces como el mejor intérprete de la voluntad del pueblo. A los seguidores se les pide fe en sus intuiciones y constantes cambios de políticas. Se les pide que confíen en que el líder posee una voluntad y un saber que no están basados sólo en su capacidad de representación electoral, sino más bien en la creencia de que el líder, innatamente, sabe mejor que el pueblo lo que éste realmente quiere.

En un nuevo contexto de crisis económica global, el populismo, por izquierda y derecha, vuelve a plantear una resolución del problema de la representación en la democracia. No entiende la política como un diálogo, sino más bien como una lucha entre leales y traidores, es decir, por un lado, el pueblo con el que se identifica absolutamente y, por el otro, los opositores que no forman parte de éste. Basado en una definición binaria de los habitantes de una nación, y a diferencia del fascismo que destruye la democracia y establece la dictadura, el populismo es una forma autoritaria de gobierno democrático, que desconfía de las instituciones y la división de poderes y que rechaza el pluralismo, es decir, la posibilidad de que distintas posiciones políticas puedan tener diferentes verdades y legitimidades. Para el populismo, hay una sola verdad que emana de la palabra del líder. Esta verdad cambiante a la medida de los cambiantes pensamientos del líder es la base de la teológica política del movimiento, en sus distintas acepciones de derecha e izquierda. En Europa, los populismos de derecha definen a los "enemigos" como ajenos al "pueblo" y como culpables de la crisis. En América latina, la historia es diferente: por suerte el racismo no es relevante, la imagen del enemigo es más bien abstracta y cambia a la medida de críticos y circunstancias. Los enemigos y los culpables de la crisis no son inmigrantes, sino más bien aquellos ciudadanos críticos del gobierno.

Estas diferencias son relevantes para entender por qué el concepto de populismo debe ser problematizado a fin de pensar originalidades y semejanzas a nivel global. Interpretar nuestra realidad es una tarea difícil y muchas veces frustrante, pero descartar conceptos y plantear solamente las singularidades de nuestra historia, y sobre todo de nuestro peronismo, tampoco ayuda mucho a entender nuestros procesos históricos.

© LA NACION

El autor es director del Departamento de Historia en The New School For Social Research y Lang College en Nueva York, y director del Programa Janey de Estudios de América Latina en dicha universidad

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